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25 de enero de 2026

La alta velocidad en España: un sinsentido económico, ambiental y social

En las últimas décadas, la alta velocidad ferroviaria se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política de infraestructuras en España, presentada de forma casi incuestionable como sinónimo de progreso, modernidad y cohesión territorial. Sin embargo, un análisis mínimamente riguroso de su relación coste-beneficio obliga a matizar seriamente este relato, especialmente cuando es utilizado como un mantra por nuestra casta política. Si se observan los datos de operación y mantenimiento, así como las mejoras reales de tiempo obtenidas en los corredores más representativos, emerge una paradoja difícil de justificar desde el punto de vista económico y social: se realizan inversiones y se asumen costes de mantenimiento extraordinariamente elevados para obtener ahorros de tiempo que, aunque perceptibles, resultan relativamente modestos en proporción al esfuerzo financiero desplegado. El AVE ofrece un ejemplo paradigmático de cómo la obsesión por la velocidad máxima y el marketing político puede conducir a políticas públicas desequilibradas, donde el aumento de costes crece mucho más rápido que los beneficios reales para la mayoría de los usuarios.

Tomemos como referencia el corredor Madrid–Sevilla, con una distancia aproximada de 390 kilómetros. Utilizando valores medios realistas, el AVE circula en España a una velocidad comercial cercana a los 222 km/h, mientras que un tren convencional de larga distancia puede alcanzar de media unos 140 km/h. La diferencia de tiempo resultante es de aproximadamente 60 minutos. El AVE completaría el trayecto en alrededor de una hora y cuarenta y seis minutos, frente a las casi dos horas y cuarenta y siete minutos de un servicio convencional equivalente. Este ahorro de una hora puede parecer significativo en términos absolutos, pero pierde fuerza cuando se analiza en relación con los costes que implica. No se trata de duplicar la velocidad ni de reducir el tiempo a la mitad, sino de una mejora del orden del 36%, lograda a costa de infraestructuras mucho más complejas, rígidas y costosas. La comparación de los costes de mantenimiento de la vía refuerza esta desproporción. Para un corredor de 390 kilómetros, el mantenimiento anual de una línea de alta velocidad se sitúa en torno a los 42,9 millones de euros, frente a los aproximadamente 15,6 millones que requeriría una línea convencional. Es decir, la alta velocidad supone un gasto casi tres veces superior para obtener una mejora temporal que no alcanza ni el doble del rendimiento. Este desequilibrio es crucial: gastar más del doble de recursos no implica ahorrar el doble de tiempo, lo que pone en cuestión la eficiencia económica del modelo. Además, estos costes de mantenimiento son estructurales y permanentes, se repiten año tras año y se suman a los enormes desembolsos iniciales de construcción, que en el caso del AVE se cuentan en decenas de millones de euros por kilómetro. En este ejemplo, tras cuatro años sin AVE hubiéramos ahorrado dinero suficiente para la construcción de un moderno hospital. Es decir, desde la inauguración del primer AVE en el nefasto año 1992, hubiéramos tenido dinero para 8 hospitales nuevos.

Esta lógica de rendimientos decrecientes debería hacernos reflexionar sobre el sentido último de la política ferroviaria española que nuestra casta política ha aplicado desde el funesto año 1992. La alta velocidad no solo es cara de mantener, sino que exige trazados muy específicos, con radios de curva amplísimos, fuertes movimientos de tierras, túneles y viaductos de gran impacto ambiental. La fragmentación del territorio, la afección a ecosistemas y paisajes, y la dificultad de integración urbana de estas infraestructuras son costes sociales que rara vez se incorporan de forma honesta al debate público. Además, esas costosas obras son presa fácil para la corrupción, cada vez más dominante en las Administraciones españolas. Frente a ello, el ferrocarril convencional ofrece una mayor capacidad de adaptación al territorio, permite servir a un mayor número de poblaciones intermedias y favorece una red más capilar y cohesionadora, en lugar de una lógica radial y elitista centrada en unos pocos nodos privilegiados.

Por otro lado, la cuestión de la seguridad, tradicionalmente asociada de forma automática a la alta velocidad, merece también una revisión más matizada. Si bien el AVE presentaba hasta hace poco excelentes registros en términos de fallecidos, no es menos cierto que las líneas convencionales, especialmente cuando están bien mantenidas y modernizadas, han demostrado históricamente un alto nivel de seguridad para los pasajeros. Los sistemas convencionales permiten una explotación más flexible, con menores exigencias tecnológicas y una mayor capacidad de respuesta ante incidencias, lo que reduce la vulnerabilidad sistémica. La reciente preocupación social por la seguridad ferroviaria pone de relieve que no siempre más velocidad implica más protección, y que la robustez del sistema en su conjunto es tan importante como la sofisticación de sus componentes. Cuando hablamos de seguridad el término "la velocidad mata", tan aplicado al tráfico, parece que se olvida en la alta velocidad.

Desde una perspectiva social, la alta velocidad plantea también problemas de equidad. El AVE tiende a beneficiar principalmente a viajeros de larga distancia con mayor capacidad adquisitiva, mientras que el ferrocarril convencional cumple una función social más amplia, dando servicio a estudiantes, trabajadores y pequeñas comunidades que quedan fuera del mapa de la alta velocidad. Apostar de forma casi exclusiva por el AVE implica desatender estas necesidades cotidianas, debilitando el papel del tren como servicio público vertebrador y reforzando una visión del transporte centrada en la rentabilidad simbólica y política, más que en la utilidad colectiva. Además, la liberación del sector impuesta por la globalista y oligárquica UE no ha hecho más que empeorar la situación del tren en España.

En definitiva, los datos muestran con claridad que la política del AVE responde más a una lógica de marketing político que a un análisis racional de eficiencia, sostenibilidad e integración social. Ahorrar una hora de viaje a costa de multiplicar los costes de mantenimiento, aumentar el impacto ambiental y reducir la flexibilidad del sistema ferroviario es una decisión que debería ser, como mínimo, objeto de un debate mucho más crítico y transparente. Además, el accidente ferroviario de Adamuz pone en evidencia que la tan cacareada seguridad del AVE no es tal, ya que "la velocidad mata", como nos recuerda machaconamente la DGT, cuya política consiste en reducir la velocidad máxima en las carreteras para evitar las graves consecuencias de choques a altas velocidades.

Revalorizar el ferrocarril convencional, invertir en su modernización y mejorar sus prestaciones sin caer en la obsesión por la velocidad extrema podría ofrecer una alternativa más equilibrada, sostenible y justa. En un contexto de recursos limitados y crecientes desafíos ambientales y sociales, quizá ha llegado el momento de preguntarnos no cómo llegar antes, sino cómo llegar mejor. En este contexto, una rectificación, aunque tardía y costosa económicamente, podría ser una apuesta de futuro por la vertebración de España y el uso racional del dinero público.

12 de septiembre de 2025

Un ejemplo de la destrucción del patrimonio y la memoria: Riaño (León)

Hubo un tiempo en el que Riaño no era un pueblo nuevo de calles rectas y viviendas alineadas, sino un valle vivo, abrazado por montañas, donde la piedra de las casas y las campanas de su iglesia marcaban el ritmo de una comunidad orgullosa de su historia. Allí, en el corazón de la montaña leonesa, se levantaba el viejo Riaño, un municipio que durante siglos creció junto al río Esla, testigo de generaciones de ganaderos, de tradiciones arraigadas y de una forma de vida que parecía inmutable. Pero a mediados del siglo XX comenzó a gestarse una amenaza: el proyecto de un gran embalse que acabaría por devorar no solo las tierras de cultivo y los prados, sino también la memoria material de pueblos enteros. El plan se justificó con razones de interés nacional —regadíos, producción hidroeléctrica, control de aguas—, pero detrás de esa fría retórica administrativa estaba el sacrificio forzado de nueve pueblos, entre ellos el Riaño original, cuyas piedras, calles y recuerdos quedaron condenados a hundirse bajo el agua. Años de resistencia vecinal no bastaron para detener las máquinas ni para frenar una decisión que se presentó como inevitable. Y así, en la década de los ochenta, se inició la demolición de uno de los valles más bellos de León, con un proceso tan apresurado y autoritario que aún hoy duele recordar.

La herida más profunda de aquel final se abrió el 7 de julio de 1987, cuando la iglesia parroquial del viejo Riaño fue volada con dinamita. No se trataba de un edificio cualquiera: era el corazón espiritual y comunitario del pueblo, el lugar de bodas y funerales, de fiestas patronales y de campanas que convocaban a los vecinos en los momentos de alegría y de duelo. Esa iglesia pudo haber sido trasladada al nuevo Riaño, como sí ocurrió con los templos de La Puerta y Pedrosa del Rey, cuidadosamente desmontados piedra a piedra y reconstruidos en el nuevo asentamiento. Pero con la de Riaño se eligió otro camino: la voladura rápida y definitiva. No fue por imposibilidad técnica, porque la experiencia con las otras iglesias demostraba que el traslado era factible. Fue una decisión política, cargada de un simbolismo que aún se percibe como un gesto dictatorial. Se quiso borrar de un golpe la posibilidad de que el templo se convirtiera en un lugar de resistencia, de memoria o de peregrinaje para quienes no aceptaban la desaparición del valle. Dinamitarla significaba acabar con el último símbolo del viejo Riaño y transmitir un mensaje rotundo: no había marcha atrás. Lo que se hundía bajo las aguas no era solo un pueblo, sino también la dignidad de sus vecinos y la memoria colectiva de una comarca. Hoy, cuando uno pasea por el nuevo Riaño y contempla las montañas reflejadas en el embalse, no puede evitar sentir la belleza melancólica del paisaje y, al mismo tiempo, el peso de la injusticia. Porque aquel acto no fue solo un error urbanístico o una decisión dura en nombre del progreso: fue una amputación cultural y emocional. La nostalgia se mezcla con la rabia al recordar cómo se prefirió la dinamita al cuidado, la imposición a la empatía. Y quizá por eso, cada campanada que resuena hoy en las iglesias trasladadas recuerda lo que ya no existe: un pueblo que fue sacrificado sin escuchar a su gente, una iglesia que se borró de forma brutal y un valle cuya memoria, pese a todo, sigue viva en quienes aún lo llevan en el corazón.



4 de junio de 2025

El Faro (2019): Locura en puro expresionismo alemán

La película El Faro (2019), dirigida por Robert Eggers y protagonizada por Willem Dafoe y Robert Pattinson, ha sido una de las propuestas cinematográficas más impactantes de los últimos años. El cine actual , muy carente de ideas y de nuevas propuestas, suele reaccionar (o sobre reaccionar) ante propuestas novedosas. Tal vez, este sea el caso de este film de terror psicológico, filmado en un claustrofóbico blanco y negro al más puro estilo del impresionismo alemán. Además, en formato cuadrado. Es una película enigmática, de atmósfera opresiva y simbolismo desbordante, pero estas son sus virtudes y también sus defectos.

El Faro sigue la historia de dos fareros, Thomas Wake (Willem Dafoe) y Ephraim Winslow (Robert Pattinson), quienes llegan a una remota isla para encargarse del mantenimiento de un faro a finales del S.XIX en Nueva Inglaterra. El planazo que tienen es increíble: dos semanas en una isla trabajando duro y sin ninguna distracción, y sin una conexión 5G. Lógicamente esto hace que la convivencia entre ambos se torna cada vez más tensa debido al carácter dominante de Wake y la creciente inestabilidad psicológica de Winslow. A medida que pasan los días, la paranoia, el alcohol y el aislamiento provocan una espiral de locura en la que la realidad y la fantasía se entremezclan. La luz del faro se convierte en una obsesión para Winslow, quien ansía acceder a ella, mientras que Wake lo mantiene alejado con celosa vigilancia. La historia desemboca en una serie de eventos surrealistas que culminan en la total destrucción de los protagonistas.

Sin duda, uno de los aspectos más importantes de El Faro es la actuación de sus protagonistas. Willem Dafoe ofrece una interpretación inolvidable como un farero experimentado y autoritario, mientras que Robert Pattinson brilla en su transformación de un joven reservado a un hombre consumido por la locura. La química entre ambos actores, llena de tensión y desesperación, es una de las grandes fortalezas de la película. Los diálogos arcaicos, basados en registros históricos de marineros y relatos de Herman Melville, refuerzan la autenticidad y el tono opresivo del film. El parecido con una obra de teatro es absoluta.

La decisión de Eggers de filmar en blanco y negro con una relación de aspecto cuadrada contribuye a la sensación de encierro y claustrofobia. Cada cuadro está compuesto con una meticulosidad que recuerda a la fotografía de principios del siglo XX, evocando las primeras películas de horror del expresionismo alemán. Además, el uso del sonido es fundamental para la atmósfera: el rugido constante del mar, el estridente bramido de la sirena del faro y los crujidos del viento refuerzan la sensación de aislamiento. La película produce un continuo desasosiego. La historia está cargada de simbolismo mitológico, especialmente relacionado con la figura de Prometeo y la mitología marina. Sin embargo, la falta de respuestas claras deja al espectador con cara de tonto, ya que la primera parte promete una historia de fantasía o similar y la segunda torna en una locura de los dos protagonistas. Para algunos espectadores, El Faro puede resultar difícil de seguir debido a su ritmo pausado. La repetición de ciertos eventos y la progresiva desintegración de la realidad hacen que el film se sienta como una experiencia hipnótica y en esto se queda, puro espectáculo onírico.

La película narra el proceso de locura humana por el aislamiento, al estilo de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, así como con Nosferatu (1922) y el cine expresionista alemán por su uso de la luz y las sombras. Su narrativa también recuerda a los relatos de H.P. Lovecraft, especialmente por su atmósfera de horror cósmico y la sensación de que hay algo inefable y aterrador más allá de la comprensión humana.

El Faro es una película que desafía al espectador, exigiendo un compromiso total con su historia y estética. Sus actuaciones impecables, cinematografía hipnótica y narrativa enigmática la han convertido en una obra de culto para los amantes del cine experimental y psicológico. La película no deja de tener un importante lado pretencioso, pero es indudable su calidad estética. Cada uno tendrá su opinión, creo que es un film sobrevalorado, con sus virtudes estéticas, pero carente de una coherencia narrativa que desmerece todo el esfuerzo que se ha puesto en él. Tengo pendiente La Bruja, del mismo director, veremos que tal.

16 de febrero de 2025

Matillas La Vieja: el pasado observa desde el altozano

La historia de los pueblos es diversa, según el contexto histórico su devenir ha sido tumultuoso, tranquilo, violento o cualquier otro adjetivo que se nos ocurra. En el fotoensayo de hoy traigo al Blog el pueblo de Matillas, que se localiza en la provincia de Guadalajara. Pero no traigo el Matillas actual, situado al lado del río Henares y junto a la estación de tren del mismo nombre. Hoy he visitado Matillas la Vieja, es decir el pueblo original que fue abandonado por sus últimos habitantes a mediados de los años 60 del pasado siglo. Las ruinas del pueblo original de Matillas se encuentran en un altozano situado a apenas un quilómetro al sur del pueblo actual. De él ya no queda ningún edificio entero, solamente ruinas, tal vez la iglesia permanezca algo más digna, pero todo lo que hay son ruinas, piedras olvidadas de un pueblo ya deshabitado. La pregunta ahora es ¿por qué hay un nuevo pueblo de Matillas tan cerca del original? la respuesta es sencilla, la causa principal fue la modernidad, el progreso, en definitiva, la industrialización de principios del S.XX. Comencemos la historia.

Matillas era un pueblo pequeño, con unas pocas casas y alguna construcción para el ganado y bodegas subterráneas, además de su flamante iglesia románica de Nuestra Señora La Blanca. Como muchos pueblos de la zona, la agricultura de secano y las ovejas constituían los principales ingresos para el pueblo, en una economía de subsistencia. Es un pueblo que se remonta a los siglos XII y XIII, en sus cercanías discurre la antigua calzada romana que unía Mérida y Zaragoza, además de la ruta de la lana, tan importante para el comercio del "oro español", todo esto denota la importancia histórica de la zona. No obstante, todo cambio el día que unos inversores, y como no, al igual que sucedió en otras partes de España -como en la Minas de Río Tinto en Huelva-, estos inversores eran ingleses. ¿Cuál era el objeto de deseo para los inversores? Fabricar cemento. Para ello se requieren varias cosas: materias primas (calizas y yesos de gran pureza), agua (para entre otras cosas producir electricidad), una vía de comunicación para poder sacar el producto y venderlo (en este caso la vía del tren), y finalmente mano de obra (la gente de los pueblos de la zona, que por aquellos años estaban poblados). Esto requisitos se cumplían en Matillas y fue el lugar elegido por Charles Clayton Ray para instalar su fábrica de cemento. Para la segunda revolución industrial, el cemento y la electricidad fueron equivalentes al hierro y el carbón para la primera, era por tanto la más pura modernidad lo que llegaba a Matillas. Este acontecimiento tuvo lugar en 1909 cuando se instaló la fabrica, bautizada como Cementos El León. En España ya había varias fábricas de cemento, en Asturias, en Zaragoza y en Cataluña, pero la de Matillas llegaría a ser una de las más importantes de Europa.

Antes de la fábrica ya se producía en la zona la llamada "Cal de La Alcarria", en Matillas había una cantera de cal y 6 hornos para producir la cal. Esta infraestructura fue aprovechada por los inversores para hacer la fábrica con la ayuda de mil novecientos veintisiete obreros. Las instalaciones fueron impresionantes para la época: hospital, dos escuelas, decenas de casas para los trabajadores, canales para transportar el agua, casino, secaderos, etc. etc. La inauguración oficial fue en 1919, pero ya llevaba tiempo en funcionamiento. La fábrica pasa en unos años de un mercado provincial a una venta nacional, el negocio comienza a prosperar. Lógicamente, para estas grandes fábricas se necesita mano de obra y esta provenía de los pueblos de alrededor. Los trabajadores tenían casas que la empresa ponía a disposición de los trabajadores, con lo que poco a poco se fueron abandonando las viviendas de Matillas. Además había escuela, con lo cual los niños no tenía que subir a Matillas para ir al colegio. Todo apuntaba a lo inevitable, el Matillas original estaba condenado a desaparecer, y así fue, en 1965 se cerró la última casa, el pueblo original quedaba en silencio, ya nunca mas se escucharía la algarabía de los niños al salir de clase, ya nunca más se repetiría un baile el día de fiesta, el párroco tampoco reconfortaría las almas de sus vecinos. Matillas había muerto para dar lugar a un nuevo Matillas, moderno, próspero, con todo lo necesario.

Por desgracia, el progreso terminó en los años 80, la época de las deslocalizaciones y de la concentración industrial. Las grandes corporaciones van comprando a la competencia y en este caso una empresa compró la cementera de Matillas, no con el objetivo de mejorarla, no con el objetivo de crear más empleo, no, con el objetivo de cerrarla para siempre. Se terminó, ahora a Matillas solamente le quedan unas ruinas de su pasado industrial, una estación de tren con poco tráfico, y unos paisajes tan bellos y a veces tan tristes.

Os dejo las fotos del lugar, de Matillas la Vieja y de su complejo industrial de Cemento El León.





2 de enero de 2025

Prípiat: la joya del urbanismo soviético

Prípiat, fundada en 1970 en Ucrania (República Soviética en aquella época), era una ciudad diseñada para albergar a los trabajadores de la central nuclear de Chernóbil y sus familias. Esta moderna ciudad soviética estaba situada a solo 2.7 kilómetros de la planta nuclear de Vladimir Illich Lenin, o más conocida como la central nuclear de Chernóbil. La central y la ciudad fueron un símbolo del progreso tecnológico y el poder de la energía nuclear en la Unión Soviética. Sin embargo, su historia quedó marcada por el desastre nuclear del 26 de abril de 1986, que la convirtió en una ciudad fantasma.

Prípiat fue una de las ciudades más avanzadas de la Unión Soviética (URSS) en términos de infraestructura y calidad de vida. De hecho, era la mejor ciudad para vivir en la URSS de los años 70. Antes del desastre tenía casi 50.000 habitantes, con una edad media muy joven (26 años). Contaba con hospitales, escuelas, teatros, tiendas, un estadio, una piscina olímpica y parques. Uno de sus íconos era un parque de atracciones con una famosa noria. La ciudad fue cuidadosamente planificada para ofrecer una vida cómoda a los residentes, con amplias avenidas, edificios residenciales modernos y espacios verdes. Había un palacio de la cultura, un cine para 1220 espectadores y una escuela de arte con ocho aulas para una capacidad total de 312 estudiantes. Todo ello hacía de Prípiat la joya de las ciudades soviéticas y un símbolo del triunfo soviético sobre el capitalismo decadente (según su cosmovisión). El desastre nuclear causó un radio de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central, condenando a la ciudad al abandono.

Recomiendo dos obras para acercarse a este hecho histórico y a la ciudad, por una lado el ensayo "Voces de Chernóbil. Crónica del futuro" de la premio nobel de literatura Svetlana Alexievich, y por otro la serie de HBO "Chernóbil".Con las dos obras se puede tener una buena visión de lo que sucedió en aquella parte del mundo en 1986 y años después del desastre.

Monumento de bienvenida a Prípiat

Vista de la icónica noria de Prípiat

Vista de la ciudad en 2017 y del sarcófago del reactor al fondo



22 de diciembre de 2024

¿Qué tiene que ver Charles Darwin con el desarrollo pionero de la fotografía artística?

Podríamos contestar a esta pregunta que realmente nada. Pero hasta cierto punto, algo tiene que ver el padre de la teoría de la evolución por selección natural. En la segunda mitad del S.XIX la fotografía era un invento relativamente reciente y su uso se aplicaba básicamente a fotografiar la realidad lo más fielmente posible, sin libertadas artísticas. Esto cambió gracias a una mujer, una pionera en la fotografía artística: Julia Margaret Cameron (1815-1879). Sus retratos y composiciones artísticas, caracterizados por un enfoque suave y atmosférico, marcaron un cambio significativo en la forma en que se percibía la fotografía, transformándola de un simple medio documental a una forma de expresión artística. Julia nació en la India, en el seno de una familia adinerada. Durante gran parte de su vida adulta, Cameron se movió en círculos sociales e intelectuales de élite, lo que influyó en su trabajo posterior. No comenzó a experimentar con la fotografía hasta los 48 años de edad, cuando recibió una cámara como regalo de su hija. Este obsequio marcó el inicio de una carrera breve pero prolífica y el inicio de la fotografía artística. Cameron desarrolló un estilo distintivo que desafiaba las normas técnicas de la fotografía de su época. Mientras que muchos fotógrafos de la época se esforzaban por obtener imágenes nítidas, precisas y lo más realistas posibles, Cameron buscaba un enfoque más emocional y artístico. Su estilo se caracterizaba por un enfoque suave y con un desenfoque deliberado. Ella pensaba que las imperfecciones técnicas, como el desenfoque, realzaban el carácter artístico y la emotividad de las fotografías. Además, también utilizada las luces y sombras con un fin dramático, creando imágenes con una atmósfera mística. De hecho, muchas de sus fotografías retrataban escenas poéticas y religiosas. Entre sus obras también destacan los retratos, y aquí es donde llega el padre de la selección natural y su famosos retrato. Como todos los innovadores, nuestra autora fue muy criticada en vida. Por fortuna, en el S.XX su obra fue rescatada y se convirtió por derecho propio en una figura fundamental de la historia de la fotografía.



Julia Margaret Cameron

Un retrato realizado por Julia Margaret Cameron




15 de noviembre de 2024

Algunos nombres de pueblos son increíbles....

Los topónimos reflejan diferentes cosas, orígenes, historia, curiosidades, coincidencias geográficas, etc. Hay nombres de pueblos realmente curiosos y que superan cualquier imaginación. Aquí os dejo algunos muy curiosos de la provincia de León (por seleccionar una, ya iré poniendo más):

Colinas del Campo de Martín Moro Toledano

Calamocos

Calaveras de Arriba y Calaveras de Abajo

Rodillazo

Boca de Huérgano

Boca de Huérgano (León) (Fuente: Wikipedia)

Iglesia de Rodillazo (León) (Fuente: Wikipedia)


19 de agosto de 2023

Ruta de Las Foces del Pino (Asturias)

Hoy os traigo una ruta al Blog, se trata de la ruta de las Foces del Pino (El Pino, Asturias). La ruta se encuentra en el municipio de El Pino cercano a Felechosa. Pertenece al concejo asturiano de Aller, que se localiza en el sur de Asturias, ya cercano a la provincia de León. Está ruta es una buena opción para conocer los rincones del valle de Aller con un recorrido bien señalizado, eso sí con unos grandes desniveles. La ruta discurre hacia el sur, una vez en el pueblo de El Pino, cruzamos el puente sobre el río San Isidro y nos dirigimos por una estrecha carretera asfaltada hacía el Molín de Peón (ahora una piscifactoría) dejando previamente a mano derecha La Fuente de la Salud. Una vez en la piscifactoría, tomamos el camino de la izquierda -cruzando el puente- y a partir de este punto se sigue un camino empedrado hasta llegar al Monumento Natural de las Foces del Pino. El recorrido son unos 7 kilómetros ida y vuelta, y se puede demorar unas 3 horas en hacerlo. Una parte del camino discurre entre frondosos árboles, destacando castaños, fresnos, avellanos y algún roble. El paisaje se encuentra dominado por pequeñas propiedades de pastos con lindes de piedra y/o arbustos. Podemos encontrar vacas pastando a lo largo del recorrido y varias construcciones ganaderas tradicionales, algunas de ellas en estado de abandono. Dentro de la zona protegida podemos disfrutar de algunas cascadas, que aunque no muy altas si resultan en su conjunto, muy espectaculares. Hay varias fuentes a lo largo del recorrido y en algunos tramos hay que tener cuidado con el piso, especialmente si se encuentra húmedo, ya que puede uno patinar si no se anda con cuidado. Os dejo algunas fotos de la visita por estos parajes.










29 de julio de 2022

Palomares: fuente de vida

Al recorrer algunas partes de España uno no hace más que sobrecogerse ante tanto patrimonio en ruinas, ante tanta historia abandonada, ante tanta piedra abocada al olvido, ante lo que fue y ahora no es. Los paisajes castellanos, planicies cerealistas con sus pueblos erguidos en lontananza, son uno de los paisajes que el viajero se encontrará al recorrer nuestra España, paisaje que evoca pasados bulliciosos, cuando el trabajo y la vida en el campo requería mucha gente, que con su sudor y su sacrificio ayudaron a forjar la nación en la que hoy vivimos y a la que muchos, al igual que a su patrimonio, le han dado la espalada. Uno de los patrimonios culturales que recoge al mismo tiempo tradición, usos populares y belleza artística son los palomares. Al explicarle a cualquier viajero centroeuropeo la utilidad de estas construcciones, surge en su cara una expresión entre perplejidad y rareza ¿qué se comían las palomas? y es que en la mentalidad "woke" que nos domina, lo de comerse el "símbolo de la paz" parece una "barbarie". Nada más lejos de la realidad. Los palomares son (o casi mejor dicho eran) una forma de utilizar los recursos naturales de forma sostenible. Estas construcciones permitían obtener una fuente de proteínas (los pichones y los huevos de paloma) en épocas en la que la proteína no se obtenía en un supermercado con hastiada facilidad. También permitían obtener una fuente de fertilizante natural: el palomino o guano, sin tener que recurrir a costosos procesos de producción química de fertilizantes, con el consiguiente gasto de combustible, y la contaminación por nitrógeno y fósforo cuando se abusa de ellos. Por tanto, producción sostenible de proteínas y fertilizantes en estas "casas para palomas". Eran (o son?) construcciones robustas, cerradas al exterior para evitar las tentaciones de las alimañas, con muros concéntricos plagados de pequeños nichos -donde en lugar de muerte se albergaba vida- y con patio interior (a veces sin él). Los materiales sencillos, los que proporcionaba la tierra, y nunca mejor dicho ya que muchos se hacía de adobe con una lechada de cal exterior para protegerlos de la humedad. Durante la edad media eran auténticos tesoros, propiedad de nobles y monasterios, ya que les garantizaban a esos dos poderes unos buenos ingresos. Los ha habido en toda España, pero tal vez en Tierra de Campos sean un símbolo del paisaje.

durante la edad media eran auténticos tesoros, propiedad de nobles y monasterios

Hay que pensar que las palomas (la bravía y la zurita) podían tener varias puestas al año (hasta 3-4 si había suficiente alimento) con dos huevos en cada puesta. Los pichones, palomas jóvenes a las que se les cortaba alguna pluma para evitar que volarán y de esta forma ayudar a su engorde, eran una fuente importante de carne. Ahora, a ojos de los urbanitas ociosos, esto de cortar unas plumas a unos "seres sintientes" les sonará "a maltrato animal", tal vez el maltrato sea el abandono de nuestro patrimonio y tradiciones arrinconadas en una postmodernidad enfermiza. Además, la carne de pichón sí que está dentro de la modernidad actual, es baja en grasa, rica en vitaminas y su cría en estos sistemas no contribuye a generar gases de efecto invernadero. Todo un símbolo de sostenibilidad ambiental frente a algunas granjas intensivas que pululan cercanas a alguna de estas construcciones.

Os dejo algunas fotos de palomares, algunas en completa ruina y otras rescatadas por el esfuerzo de administraciones y particulares en su batalla -tal vez ya perdida o no- contra el olvido.

Berrueces (Valladolid)

Berrueces (Valladolid)

Otero de Sariegos (Zamora)
Otero de Sariegos (Zamora)

Otero de Sariegos (Zamora)
Otero de Sariegos (Zamora)


18 de junio de 2022

Vinuesa: entre pinares y agua

La localidad soriana de Vinuesa se encuentra en el corazón de la comarca de Tierra de Pinares, en lo que algunos llaman la Soria verde. Es el norte de la bella provincia Soriana, cerca de la famosa Laguna Negra que tantas leyendas trágicas ha creado en la imaginación de los escritores y de las gentes.

“...Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo y mata al que se acerca. Todo el que mira en esa agua, muere”. Pío Baroja

Pero aterricemos en la Vinuesa actual, localidad de recia planta soriana, es decir castellana. A bastante altura y rodeada de las Sierras de Urbión y Cebollera, que ayudan a marcar ese carácter austero de la comarca. De casas de piedra eterna y de soledad, la soledad de la despoblación que poco a poco desangra estas tierras, a pesar de la riqueza de sus pinares, sus paisajes y su agua que discurre rauda en los ríos, tan majestuosos como el Duero o más modestos como el Revinuesa. Un paseo por su calles desata la imaginación de historias pasadas, de tiempos tal vez más bulliciosos, de gentes que han sabido vivir en un clima frío y duro. Calles empedradas, con casas señoriales, que atestiguan pasados con más prosperidad económica. Su rollo de justicia da fe de ello; de la historia que arrastra esta localidad. Incluso encontramos una casa de indiano, que es un reflejo de la riqueza conseguida en ultramar por algún soriana aventurero. Una localidad que merece la visita. Os dejo algunas fotos.










6 de mayo de 2022

Ermita de Santa Cecilia: románico en la montaña palentina

La Ermita de Santa Cecilia se encuentra cerca de Aguilar de Campoo. Por carreteras secundarias llegamos al pueblo de Villaespimosa de Aguilar y a sus afueras encontramos la ermita. Encaramada en un risco, lo primero que llama la atención es su privilegiada situación, en un entorno de una gran belleza paisajística. Fue construida entre los siglos XII y XIII, es de planta rectangular y con una cierta inclinación, siguiendo la inclinación del propio risco en el que se encarama. La vista del observador también se centra en su curiosa torre cilíndrica, más propia de un castillo que de una ermita, y cuya función se desconoce (¿defensiva?). Hay capiteles con parejas de grifos, algún condenado de viaje al infierno y numerosos detalles en los que uno puede perderse durante largo tiempo. Tal vez, Palencia y su provincia sean de las mejores expresiones del románico en España. Imprescindible conocerlo.