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25 de enero de 2026

La alta velocidad en España: un sinsentido económico, ambiental y social

En las últimas décadas, la alta velocidad ferroviaria se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política de infraestructuras en España, presentada de forma casi incuestionable como sinónimo de progreso, modernidad y cohesión territorial. Sin embargo, un análisis mínimamente riguroso de su relación coste-beneficio obliga a matizar seriamente este relato, especialmente cuando es utilizado como un mantra por nuestra casta política. Si se observan los datos de operación y mantenimiento, así como las mejoras reales de tiempo obtenidas en los corredores más representativos, emerge una paradoja difícil de justificar desde el punto de vista económico y social: se realizan inversiones y se asumen costes de mantenimiento extraordinariamente elevados para obtener ahorros de tiempo que, aunque perceptibles, resultan relativamente modestos en proporción al esfuerzo financiero desplegado. El AVE ofrece un ejemplo paradigmático de cómo la obsesión por la velocidad máxima y el marketing político puede conducir a políticas públicas desequilibradas, donde el aumento de costes crece mucho más rápido que los beneficios reales para la mayoría de los usuarios.

Tomemos como referencia el corredor Madrid–Sevilla, con una distancia aproximada de 390 kilómetros. Utilizando valores medios realistas, el AVE circula en España a una velocidad comercial cercana a los 222 km/h, mientras que un tren convencional de larga distancia puede alcanzar de media unos 140 km/h. La diferencia de tiempo resultante es de aproximadamente 60 minutos. El AVE completaría el trayecto en alrededor de una hora y cuarenta y seis minutos, frente a las casi dos horas y cuarenta y siete minutos de un servicio convencional equivalente. Este ahorro de una hora puede parecer significativo en términos absolutos, pero pierde fuerza cuando se analiza en relación con los costes que implica. No se trata de duplicar la velocidad ni de reducir el tiempo a la mitad, sino de una mejora del orden del 36%, lograda a costa de infraestructuras mucho más complejas, rígidas y costosas. La comparación de los costes de mantenimiento de la vía refuerza esta desproporción. Para un corredor de 390 kilómetros, el mantenimiento anual de una línea de alta velocidad se sitúa en torno a los 42,9 millones de euros, frente a los aproximadamente 15,6 millones que requeriría una línea convencional. Es decir, la alta velocidad supone un gasto casi tres veces superior para obtener una mejora temporal que no alcanza ni el doble del rendimiento. Este desequilibrio es crucial: gastar más del doble de recursos no implica ahorrar el doble de tiempo, lo que pone en cuestión la eficiencia económica del modelo. Además, estos costes de mantenimiento son estructurales y permanentes, se repiten año tras año y se suman a los enormes desembolsos iniciales de construcción, que en el caso del AVE se cuentan en decenas de millones de euros por kilómetro. En este ejemplo, tras cuatro años sin AVE hubiéramos ahorrado dinero suficiente para la construcción de un moderno hospital. Es decir, desde la inauguración del primer AVE en el nefasto año 1992, hubiéramos tenido dinero para 8 hospitales nuevos.

Esta lógica de rendimientos decrecientes debería hacernos reflexionar sobre el sentido último de la política ferroviaria española que nuestra casta política ha aplicado desde el funesto año 1992. La alta velocidad no solo es cara de mantener, sino que exige trazados muy específicos, con radios de curva amplísimos, fuertes movimientos de tierras, túneles y viaductos de gran impacto ambiental. La fragmentación del territorio, la afección a ecosistemas y paisajes, y la dificultad de integración urbana de estas infraestructuras son costes sociales que rara vez se incorporan de forma honesta al debate público. Además, esas costosas obras son presa fácil para la corrupción, cada vez más dominante en las Administraciones españolas. Frente a ello, el ferrocarril convencional ofrece una mayor capacidad de adaptación al territorio, permite servir a un mayor número de poblaciones intermedias y favorece una red más capilar y cohesionadora, en lugar de una lógica radial y elitista centrada en unos pocos nodos privilegiados.

Por otro lado, la cuestión de la seguridad, tradicionalmente asociada de forma automática a la alta velocidad, merece también una revisión más matizada. Si bien el AVE presentaba hasta hace poco excelentes registros en términos de fallecidos, no es menos cierto que las líneas convencionales, especialmente cuando están bien mantenidas y modernizadas, han demostrado históricamente un alto nivel de seguridad para los pasajeros. Los sistemas convencionales permiten una explotación más flexible, con menores exigencias tecnológicas y una mayor capacidad de respuesta ante incidencias, lo que reduce la vulnerabilidad sistémica. La reciente preocupación social por la seguridad ferroviaria pone de relieve que no siempre más velocidad implica más protección, y que la robustez del sistema en su conjunto es tan importante como la sofisticación de sus componentes. Cuando hablamos de seguridad el término "la velocidad mata", tan aplicado al tráfico, parece que se olvida en la alta velocidad.

Desde una perspectiva social, la alta velocidad plantea también problemas de equidad. El AVE tiende a beneficiar principalmente a viajeros de larga distancia con mayor capacidad adquisitiva, mientras que el ferrocarril convencional cumple una función social más amplia, dando servicio a estudiantes, trabajadores y pequeñas comunidades que quedan fuera del mapa de la alta velocidad. Apostar de forma casi exclusiva por el AVE implica desatender estas necesidades cotidianas, debilitando el papel del tren como servicio público vertebrador y reforzando una visión del transporte centrada en la rentabilidad simbólica y política, más que en la utilidad colectiva. Además, la liberación del sector impuesta por la globalista y oligárquica UE no ha hecho más que empeorar la situación del tren en España.

En definitiva, los datos muestran con claridad que la política del AVE responde más a una lógica de marketing político que a un análisis racional de eficiencia, sostenibilidad e integración social. Ahorrar una hora de viaje a costa de multiplicar los costes de mantenimiento, aumentar el impacto ambiental y reducir la flexibilidad del sistema ferroviario es una decisión que debería ser, como mínimo, objeto de un debate mucho más crítico y transparente. Además, el accidente ferroviario de Adamuz pone en evidencia que la tan cacareada seguridad del AVE no es tal, ya que "la velocidad mata", como nos recuerda machaconamente la DGT, cuya política consiste en reducir la velocidad máxima en las carreteras para evitar las graves consecuencias de choques a altas velocidades.

Revalorizar el ferrocarril convencional, invertir en su modernización y mejorar sus prestaciones sin caer en la obsesión por la velocidad extrema podría ofrecer una alternativa más equilibrada, sostenible y justa. En un contexto de recursos limitados y crecientes desafíos ambientales y sociales, quizá ha llegado el momento de preguntarnos no cómo llegar antes, sino cómo llegar mejor. En este contexto, una rectificación, aunque tardía y costosa económicamente, podría ser una apuesta de futuro por la vertebración de España y el uso racional del dinero público.

12 de septiembre de 2025

Un ejemplo de la destrucción del patrimonio y la memoria: Riaño (León)

Hubo un tiempo en el que Riaño no era un pueblo nuevo de calles rectas y viviendas alineadas, sino un valle vivo, abrazado por montañas, donde la piedra de las casas y las campanas de su iglesia marcaban el ritmo de una comunidad orgullosa de su historia. Allí, en el corazón de la montaña leonesa, se levantaba el viejo Riaño, un municipio que durante siglos creció junto al río Esla, testigo de generaciones de ganaderos, de tradiciones arraigadas y de una forma de vida que parecía inmutable. Pero a mediados del siglo XX comenzó a gestarse una amenaza: el proyecto de un gran embalse que acabaría por devorar no solo las tierras de cultivo y los prados, sino también la memoria material de pueblos enteros. El plan se justificó con razones de interés nacional —regadíos, producción hidroeléctrica, control de aguas—, pero detrás de esa fría retórica administrativa estaba el sacrificio forzado de nueve pueblos, entre ellos el Riaño original, cuyas piedras, calles y recuerdos quedaron condenados a hundirse bajo el agua. Años de resistencia vecinal no bastaron para detener las máquinas ni para frenar una decisión que se presentó como inevitable. Y así, en la década de los ochenta, se inició la demolición de uno de los valles más bellos de León, con un proceso tan apresurado y autoritario que aún hoy duele recordar.

La herida más profunda de aquel final se abrió el 7 de julio de 1987, cuando la iglesia parroquial del viejo Riaño fue volada con dinamita. No se trataba de un edificio cualquiera: era el corazón espiritual y comunitario del pueblo, el lugar de bodas y funerales, de fiestas patronales y de campanas que convocaban a los vecinos en los momentos de alegría y de duelo. Esa iglesia pudo haber sido trasladada al nuevo Riaño, como sí ocurrió con los templos de La Puerta y Pedrosa del Rey, cuidadosamente desmontados piedra a piedra y reconstruidos en el nuevo asentamiento. Pero con la de Riaño se eligió otro camino: la voladura rápida y definitiva. No fue por imposibilidad técnica, porque la experiencia con las otras iglesias demostraba que el traslado era factible. Fue una decisión política, cargada de un simbolismo que aún se percibe como un gesto dictatorial. Se quiso borrar de un golpe la posibilidad de que el templo se convirtiera en un lugar de resistencia, de memoria o de peregrinaje para quienes no aceptaban la desaparición del valle. Dinamitarla significaba acabar con el último símbolo del viejo Riaño y transmitir un mensaje rotundo: no había marcha atrás. Lo que se hundía bajo las aguas no era solo un pueblo, sino también la dignidad de sus vecinos y la memoria colectiva de una comarca. Hoy, cuando uno pasea por el nuevo Riaño y contempla las montañas reflejadas en el embalse, no puede evitar sentir la belleza melancólica del paisaje y, al mismo tiempo, el peso de la injusticia. Porque aquel acto no fue solo un error urbanístico o una decisión dura en nombre del progreso: fue una amputación cultural y emocional. La nostalgia se mezcla con la rabia al recordar cómo se prefirió la dinamita al cuidado, la imposición a la empatía. Y quizá por eso, cada campanada que resuena hoy en las iglesias trasladadas recuerda lo que ya no existe: un pueblo que fue sacrificado sin escuchar a su gente, una iglesia que se borró de forma brutal y un valle cuya memoria, pese a todo, sigue viva en quienes aún lo llevan en el corazón.



10 de septiembre de 2025

Caracense no, mejor guadalajareño o arriacense

Leo con mucho interés el post de José María Bris en la prensa local de Guadalajara. En el artículo se hace mención al gentilicio de "caracense", utilizado junto con el de guadalajareño y arriacense para referirse a las gentes de Guadalajara. Pero parece que el término no es correcto. Aquí os resumo los motivos que tan brillantemente expone el autor en su artículo.

En muchas ocasiones, la palabra "caracense" ha sido utilizada para referirse a quienes nacieron en Guadalajara. Este gentilicio se popularizó en el siglo XVI, cuando ciertos cronistas locales quisieron vincular los orígenes de la ciudad con raíces romanas o prerromanas. Creían que Guadalajara, en su estado actual, había sido fundada por los árabes en el siglo IX, pero que bajo ella reposaba un pasado antiguo —como la mítica mansión romana de Arriaca, posiblemente situada en zonas cercanas entre Usanos, Marchamalo y Fontanar—. Además, se consideraba como antecedente romano el puente sobre el Henares, atribuido inicialmente a aquella época clásica, aunque en realidad es más bien de transición hacia siglos posteriores.

Ya entrado el siglo XIX, este imaginario histórico cobró forma: en 1881 se fundó el Ateneo Caracense, y, años después, se abrió un instituto con nombre idéntico. Esa denominación persistió incluso cuando en 1998 el palacio de don Antonio de Mendoza fue restaurado y convertido en centro educativo, adoptando el título de Liceo Caracense.

Sin embargo, las investigaciones más recientes han desentrañado la realidad: Caraca, la supuesta ciudad prerromana o romana, no se hallaba bajo Guadalajara, sino en Driebes, a más de 50 km de la capital, concretamente a unos 7 kilómetros de Driebes, en el conocido como cerro de La Muela. Allí reposan los restos de aquella ciudad. Esto parece invalidar el uso del gentilicio “caracense” para los habitantes de la capital de la provincia de Guadalajara.

Resumiendo, el paisanaje de la capital de Guadalajara son los guadalajareños o arriacenses, dejando el término caracense para otra ocasión.

Por Diego Delso, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=72218658



20 de agosto de 2025

Yebes y Angón: dos polos opuestos de una misma provincia

Las cifras, a menudo frías y desnudas, esconden detrás historias humanas y paisajes que se transforman. La última estadística del Instituto Nacional de Estadística sobre la provincia de Guadalajara ha despertado titulares llamativos: el municipio que más crece es Yebes, mientras que el que más decrece es Angón, un rincón escondido de la Sierra Norte. Dos polos opuestos de una misma tierra, dos formas de entender la vida que parecen separarse irremediablemente: el empuje desordenado y urbanita frente al mundo rural y tradicional que languidece.

Yebes: el crecimiento como vértigo

En las últimas dos décadas, Yebes ha pasado de ser un pequeño municipio a convertirse en un laboratorio del crecimiento acelerado. La construcción del macrobarrio de Valdeluz, vinculado a la estación del AVE, convirtió al pueblo en sinónimo de urbanización moderna, grandes avenidas y bloques de pisos que poco tienen que ver con la fisonomía de la provincia. El crecimiento demográfico ha sido espectacular, pero también controvertido: urbanismo a golpe de promociones inmobiliarias, calles amplias que aún hoy no siempre tienen el bullicio que se esperaba, y una sensación de lugar “importado”, nacido más de los planes de un despacho que de la raíz pausada de los pueblos castellanos.

Yebes crece porque es cómodo para quienes trabajan en Madrid y buscan vivienda más asequible, porque el tren de alta velocidad acerca la capital en apenas unos minutos. Pero esa comodidad se ha construido sobre un paisaje que ya no cuenta historias antiguas, ni recuerda las voces de abuelos ni conserva la piedra que resiste el paso del tiempo. Es un crecimiento con vértigo: cifras que suben, ladrillos que se levantan, parques modernos, sí, pero también una cierta sensación de lugar sin pasado, sin hondura.

Angón: el tiempo detenido

En el extremo opuesto, Angón encarna lo contrario. Enclavado en la Sierra Norte de Guadalajara, se asoma al valle del río Cañamares desde su posición en la falda de la Sierra de la Bodera. El pequeño caserío de piedra, hoy con apenas siete habitantes censados, conserva en su silencio un encanto que resulta difícil de explicar con números. La iglesia de Santa Catalina, construida en el siglo XVI sobre una planta románica anterior, se alza como testigo de una comunidad que antaño fue vigorosa. En el interior aún se guarda un retablo barroco, y en uno de sus muros permanece cegada una portada románica que nos recuerda que aquí ya se rezaba y se cantaba hace muchos siglos. Muy cerca, en lo alto de un cerro, resisten las ruinas del castillo de Iñesque, fortificación medieval desde la que se domina un paisaje áspero y bellísimo.

Caminar por las calles de Angón es sentir la huella del tiempo detenido. Las casas de piedra muestran la arquitectura serrana, funcional y austera, hecha para resistir inviernos duros y veranos secos. Hoy, muchas puertas permanecen cerradas, y donde hubo familias numerosas y cuadrillas de pastores, apenas queda el eco de los pasos de algún vecino solitario.

El peso de la despoblación

Angón, como tantos pueblos de la Sierra Norte, ha visto cómo las cifras caían sin remedio desde mediados del siglo XX. De más de 300 habitantes en 1950 a menos de diez en la actualidad, su historia refleja el éxodo rural que vació comarcas enteras en busca de empleo y futuro en las ciudades. Pero en ese vacío también se ha conservado la pureza de un entorno natural intacto: las parameras, los bosques cercanos, la cercanía del embalse de Pálmaces, la vida lenta marcada por las estaciones.

El contraste con Yebes resulta brutal. Mientras allí las grúas levantaban bloques y el AVE atraía nuevos vecinos, aquí la escuela cerraba, los bares apagaban sus luces y la plaza quedaba huérfana de voces. Donde uno encarna el “boom” del crecimiento demográfico, el otro simboliza la desaparición de un mundo que fue la base de nuestra cultura.

Nostalgia y preguntas abiertas

Es inevitable sentir cierta nostalgia al pasear por las calles de Angón. Porque, más allá de la estadística que lo señala como el municipio que más decrece, late la memoria de quienes vivieron allí, de las fiestas de San Blas en febrero o de Santa Catalina en noviembre, de los niños jugando por las calles empedradas, de los toques de campana llamando a misa en la vieja iglesia. Hoy, todo eso resiste como recuerdo más que como presente.

Yebes, en cambio, se mueve hacia adelante, pero con una identidad en construcción, todavía sin raíces profundas que lo anclen a la tierra. Crece, sí, pero lo hace con el vértigo de lo despersonalizado, de lo que podría estar en cualquier otro sitio. Quizá la provincia de Guadalajara, con sus dos extremos, nos está lanzando una advertencia: que no se trata solo de sumar habitantes ni de vaciar pueblos, sino de repensar cómo queremos vivir. El bullicio moderno y la calma serrana no tendrían por qué ser incompatibles, si se buscara un equilibrio entre desarrollo y tradición.

Dos caras de una misma tierra

En definitiva, Yebes y Angón son hoy las dos caras de una misma provincia. Uno representa el futuro inmediato de la urbanización y la cercanía con Madrid; el otro, el pasado que se apaga lentamente en la belleza de la Sierra Norte. Entre ambos, quizá haya una lección: el crecimiento sin alma poco significa, y el decrecimiento con memoria merece respeto. Porque cada casa cerrada en Angón es un fragmento de historia que se pierde, y cada bloque nuevo en Yebes debería recordarnos que vivir no es solo multiplicar números, sino también arraigar en la tierra y en la comunidad.

15 de agosto de 2025

Ese fusil que sale en la pelis de Vietnam ¿Cuál es?

Todos los aficionados al cine hemos visto alguna película ambientada en la Guerra del Vietnam. En ella vemos a los soldados useños con un rifle que tiene una especie de asidero en la parte superior. En realidad se trata del fusil de asalto M16, que fue el arma más utilizada por el ejército de Estados Unidos en la Guerra de Vietnam.

M16A1 en la parte superior
Originalmente, en los primeros compases del conflicto (principios de los años 60), muchas tropas estadounidenses aún portaban el M14, un fusil más largo, pesado y con munición 7,62×51 mm OTAN. Sin embargo, el M14 resultaba poco adecuado para la guerra en la jungla: su peso, retroceso y longitud lo hacían difícil de manejar en combate cerrado.

A partir de 1965‑1966, el M16, de calibre 5,56×45 mm, fue adoptado de forma masiva por el ejército y los marines. Era más ligero, permitía llevar más munición y tenía una cadencia de fuego elevada, lo que lo hacía más adecuado para enfrentamientos rápidos y a corta distancia. Aunque en sus primeros años en Vietnam sufrió problemas graves de fiabilidad (atascos, corrosión por falta de mantenimiento adecuado y por la pólvora utilizada), estos fallos se corrigieron en versiones posteriores como el M16A1, que terminó siendo el fusil estándar hasta el final de la guerra.

El fusil M14, utilizado en los primeros compases de la Guerra de Vietnam

Su origen se remonta a finales de los años 50, cuando la compañía Armalite desarrolló el AR‑15, un fusil ligero y automático diseñado por Eugene Stoner. El ejército estadounidense buscaba sustituir al M14 por un arma más ligera, con menor retroceso y capaz de disparar un calibre de alta velocidad (small caliber high velocity, SCHV) para facilitar el control en fuego automático. El AR‑15 fue adquirido por Colt, que lo adaptó a las especificaciones militares, resultando en el M16. Utilizaba cartuchos de 5,56×45 mm —más pequeños que los tradicionales 7,62×51 mm OTAN— lo que permitía a los soldados transportar más munición y realizar ráfagas más controladas, algo crucial en combate en selva y a corta distancia.

Soldados de Vietnam del Sur con el M16
El M16 fue introducido de forma generalizada en Vietnam a partir de 1965, pero su debut estuvo plagado de problemas. El ejército lo promocionó como “arma que no necesitaba limpieza frecuente”, lo cual era falso. Además, por razones logísticas, se cambió la pólvora sin modificar el diseño, lo que provocaba acumulación de residuos y atascos frecuentes, especialmente en la humedad y el barro de la jungla. Las tropas se quejaban de bloqueos letales en mitad del combate. Esto llevó a que a finales de 1967 se introdujera el M16A1, con un sistema de cromado en la recámara y el cañón, cambios en el mecanismo y la instrucción obligatoria de limpieza con kits de mantenimiento ocultos en la culata.

A partir de ahí, el M16A1 ganó una reputación mucho más fiable y se convirtió en el fusil estándar de la infantería estadounidense. Su ligereza (menos de 3,5 kg descargado), precisión y control en fuego automático hicieron que reemplazara completamente al M14 en la mayor parte de las unidades de combate. Con el tiempo, derivó en versiones más modernas como el M16A2, M16A3 y M16A4, y en la familia de carabinas M4 que aún hoy siguen en servicio. En la Guerra de Vietnam, pese a sus inicios problemáticos, el M16 acabó siendo el arma más utilizada y simbólica de las fuerzas estadounidenses, además de un referente en el cambio de paradigma hacia fusiles de calibre intermedio y gran cadencia de fuego.

En la guerra fría el fusil M16 fue el símbolo del bando capitalista frente al famoso fusil de asalto AK-47 del bando socialista.

Algunas de las películas donde aparece el famoso fusil:

🎬 1. Platoon (1986, Oliver Stone)
Probablemente una de las representaciones más icónicas de Vietnam. Muestra con bastante realismo el M16A1 en combate en la jungla, junto con M60 y M79. Los protagonistas, como Charlie Sheen y Willem Dafoe, portan el M16 en la mayoría de escenas.

🎬 2. Full Metal Jacket (La Chaqueta Metálica, 1987, Stanley Kubrick)
En la segunda mitad de la película, ambientada en la ofensiva del Tet (1968), la unidad de marines combate en Hue con M16A1. Es muy visible en las secuencias urbanas, combinado con armas como la M60 y la escopeta Ithaca 37.

🎬 3. We Were Soldiers (Cuando éramos soldados, 2002, Randall Wallace)
Basada en la batalla de Ia Drang (1965), muestra los primeros despliegues masivos del M16 en Vietnam. Refleja los problemas iniciales de fiabilidad, ya que históricamente ocurrió en esos años.

🎬 4. Hamburger Hill (La colina de la hamburguesa, 1987, John Irvin)
Retrata el asalto estadounidense a la colina 937 en 1969. El M16A1 es el fusil principal de la unidad, y la película enfatiza el combate intenso y las condiciones extremas.

🎬 5. The Green Berets (Boinas verdes, 1968, John Wayne)
Aunque más propagandística y menos realista, fue de las primeras películas en mostrar el M16 durante la guerra, ya que se rodó en plena contienda. Fue una película de propaganda por parte de John Wayne, que no piso un frente de guerra en su vida. De haberlo hecho no hubiera filmado esta película.....

🎬 6. Apocalypse Now (1979, Francis Ford Coppola)

En varias escenas se ven soldados y oficiales armados con M16, especialmente en la parte inicial del viaje por el río.

Willem Dafoe portando un M16 en Platoon (1986)

9 de agosto de 2025

Cuando unas sandalias ganaron a unas botas: Las jungle boots vs las sandalias Ho Chi Minh

A cualquier persona que le guste el campo y la montaña sabrá la importancia que tiene un buen calzado. Ahora, imagínate que estas en la jungla, lloviendo, con barro, serpientes y 35 kilogramos de material a tus espaldas. Aquí ahora el calzado no es importante, es vital. En la Guerra de Vietnam, los soldados americanos que se tuvieron que enfrentar a condiciones muy duras, la respuesta del ejercito fue la creación de las Type III Jungle Boots (modelo 1969). Esta es su historia:

Contexto histórico

En 1969, cuando el Ejército de Estados Unidos introdujo la versión definitiva del Type III Jungle Boot, el conflicto de Vietnam se encontraba en una fase de gran complejidad táctica y política. El calzado militar americano llevaba varios años de adaptación progresiva desde las primeras campañas en el sudeste asiático a principios de la década de 1960. Las primeras versiones, inspiradas en modelos británicos y estadounidenses usados en la Segunda Guerra Mundial y en Panamá, habían mostrado deficiencias graves frente a las condiciones extremas de la jungla vietnamita: humedad constante, barro denso, vegetación cortante y suelos infestados de insectos y hongos. El Type III fue el resultado de un largo proceso de desarrollo que buscaba dar al soldado un calzado que fuera a la vez resistente, drenante y cómodo para marchas prolongadas en entornos saturados de agua. El modelo de 1969 incorporaba mejoras basadas en la experiencia acumulada durante los años más intensos de la guerra, donde la movilidad ligera, la resistencia a enfermedades tropicales y la fiabilidad del equipo eran factores decisivos para la supervivencia en combate.

La guerra en la jungla y los problemas previos del calzado

La selva vietnamita era, en términos logísticos, un enemigo tan formidable como el propio Viet Cong. Las lluvias monzónicas convertían los senderos en ríos de barro y las temperaturas elevadas, combinadas con humedad del 90 %, hacían que el pie del soldado pasara más tiempo mojado que seco. Las botas de campaña convencionales —como las de cuero macizo tipo combat boot de la Segunda Guerra Mundial y Corea— retenían el agua y fomentaban la aparición de pie de trinchera, infecciones fúngicas y laceraciones permanentes. Incluso las primeras “jungle boots” de lona y cuero, probadas en la década de 1960, sufrían problemas de durabilidad: las costuras se deterioraban rápido, el cuero se pudría y las suelas no ofrecían suficiente agarre en pendientes resbaladizas. Los soldados debían cambiar calcetines constantemente y, en muchas patrullas, llevaban pares extra colgando de la mochila para intentar mitigar el daño. Antes de 1969, el calzado era más un obstáculo que un aliado, y cada paso en el fango representaba no solo desgaste físico, sino una amenaza silenciosa para la salud operativa de la unidad.

Pros y contras del Type III (1969) y comparación con el calzado enemigo

El Type III Jungle Boot de 1969 introdujo avances significativos: empeine de lona de nailon que secaba más rápido, puntera y talón reforzados en cuero tratado, suela de caucho con diseño “Panama” para expulsar barro y canales de drenaje en la parte inferior que permitían evacuar el agua acumulada. Su peso reducido y mayor transpirabilidad ofrecían una ventaja tangible en patrullas largas. Sin embargo, no estaba exento de problemas: el drenaje no impedía que la bota permaneciera húmeda durante horas, lo que seguía causando ampollas y hongos; la suela, aunque eficaz contra el barro, se desgastaba con rapidez sobre superficies rocosas; y su coste y logística de suministro eran muy superiores al calzado improvisado de la guerrilla. Aquí la comparación con las sandalias de neumático usadas por el Viet Cong y las tropas norvietnamitas es reveladora: aquellas “dép cao su” eran casi indestructibles, ligeras, silenciosas en la marcha y podían fabricarse localmente con materiales reciclados, principalmente neumáticos viejos. Aunque no ofrecían la misma protección contra espinas o serpientes, daban a sus usuarios una libertad de movimiento y una simplicidad logística que los estadounidenses no podían igualar. En definitiva, el Type III Jungle Boot fue un avance notable para las fuerzas estadounidenses, pero también un recordatorio de que, en la guerra de Vietnam, la sofisticación tecnológica no siempre superaba la adaptabilidad y austeridad del enemigo. En cualquier caso, el ejercito de las "sandalias" ganó al de las botas.

4 de agosto de 2025

La tragedia del Hindenburg: el trágico final de los zepelines

En la primavera de 1937, el mundo parecía caminar por la cuerda floja del tiempo. Europa era un continente que respiraba con ansiedad: el fascismo avanzaba en Italia y Alemania, la Guerra Civil devastaba España, y el eco del crac del 29 todavía resonaba en los Estados Unidos. La ciencia, sin embargo, parecía marchar al compás de un progreso sin freno. En los cielos, grandes titanes de aluminio y seda se deslizaban majestuosos sobre continentes y océanos. El más célebre de todos era el LZ 129 Hindenburg, orgullo del Tercer Reich y emblema flotante de una era que aún creía en la elegancia del aire.

Este zepelín no era sólo una máquina voladora. Era un símbolo: de lujo, de poder, de modernidad. Medía más de 245 metros de longitud —más que tres Boeing 747 en fila— y estaba impulsado por cuatro motores diésel Maybach que lo transportaban a velocidades cercanas a los 130 km/h. Su capacidad para cruzar el Atlántico en apenas tres días lo hacía la alternativa más rápida —y glamurosa— a los trasatlánticos de vapor. En sus entrañas no había filas de asientos estrechos, sino camarotes privados, salones con pianolas, comedores con vajilla de porcelana, y hasta un salón para fumadores, herméticamente sellado, en medio de una nave llena de hidrógeno.

La ingeniería del Hindenburg combinaba estructura rígida de aluminio, recubierta por una piel de algodón y celuloide, y compartimentos de gas divididos por celdas internas. Aunque el plan inicial era usar helio, las tensiones entre Alemania y Estados Unidos impidieron su venta, por lo que se utilizó hidrógeno, altamente inflamable, pero mucho más ligero y barato.

Operado por la Deutsche Zeppelin-Reederei, el Hindenburg era una maravilla tecnológica y un vehículo propagandístico. Con él, el régimen nazi sobrevoló ciudades y eventos, como los Juegos Olímpicos de Berlín, esparciendo panfletos e imágenes de un poder aéreo sereno, elegante y casi futurista. Sin embargo, su ruta más famosa era la transatlántica: Frankfurt a Lakehurst, Nueva Jersey. Un viaje reservado para las élites, pero que comenzaba a hacerse habitual.

Fue precisamente esa ruta la que marcaría su destino final.

El vuelo de mayo

El 3 de mayo de 1937, el Hindenburg despegó de Frankfurt con 97 personas a bordo —36 pasajeros y 61 miembros de tripulación— rumbo a su primer vuelo trasatlántico de la temporada. Había expectativas y entusiasmo: se esperaban más de diez viajes hacia América ese año, y este era sólo el comienzo. A bordo viajaban empresarios, periodistas, turistas acomodados y varios miembros de la tripulación aún en formación.

El cruce del océano fue, en términos generales, tranquilo. Aunque los fuertes vientos de primavera retrasaron ligeramente su llegada, el zepelín se mantenía firme. Desde sus ventanales los pasajeros observaban el Atlántico y el avance majestuoso sobre el continente americano. Muchos escribieron cartas durante el trayecto, y algunas llegaron a enviarse desde el propio dirigible en paradas intermedias.

Fue el 6 de mayo cuando la nave se aproximó a su destino final: la base aérea de Lakehurst, en Nueva Jersey. Eran las siete de la tarde. El cielo estaba cubierto, pero no tormentoso. Se trataba de una maniobra rutinaria: los dirigibles descendían mientras lanzaban cuerdas de amarre, ayudados por tripulantes en tierra. Pero ese día, la historia no seguiría el guion esperado.

Un instante para la eternidad

Mientras la tripulación preparaba el descenso, algo cambió en el aire. Se registraron pequeñas variaciones en la dirección del viento, lo que obligó a reajustar la maniobra. Algunos testigos afirmaron haber visto un resplandor en la parte trasera de la nave, otros escucharon un crujido seco, como una chispa de electricidad. Y entonces, sin previo aviso, estalló el infierno. Una llamarada surgió de la parte superior de la cola y, en cuestión de segundos, el fuego se extendió como una cascada furiosa a lo largo del fuselaje. El hidrógeno, al contacto con el oxígeno y posiblemente con una chispa electrostática, convirtió al majestuoso coloso en una antorcha de 245 metros de largo. El descenso lento previsto se transformó en una caída precipitada, envuelta en fuego, gritos y confusión.

En apenas 34 segundos, el zepelín se consumió casi por completo. Algunos pasajeros saltaron desde las ventanas, arriesgando piernas rotas por evitar una muerte ardiente. Otros fueron rescatados por la tripulación o arrojados por la explosión lejos de las llamas. Murieron 36 personas, incluyendo un trabajador de tierra. La mayoría de los sobrevivientes quedaron con quemaduras o traumas graves, aunque milagrosamente más de la mitad se salvó.

En tierra, el periodista Herbert Morrison transmitía en vivo para la radio WLS de Chicago. Su narración desgarradora —“Oh, the humanity!”— se convertiría en una de las frases más recordadas del siglo XX. La tragedia fue recogida en imágenes fotográficas y cinematográficas que recorrieron el mundo con una inmediatez sin precedentes. Era la primera catástrofe aérea globalmente televisada.

Teorías, causas y consecuencias

¿Qué causó realmente el desastre del Hindenburg? Hasta el día de hoy, la respuesta sigue siendo objeto de debate. La teoría más aceptada apunta a una chispa electrostática, generada por una tormenta eléctrica lejana o por fricción durante la maniobra de amarre. La chispa habría prendido una fuga de hidrógeno en la parte trasera, posiblemente causada por daños en una válvula o por fatiga del material.

Otra hipótesis sugiere que el recubrimiento del zepelín, hecho con materiales similares a los de los fuegos artificiales (aluminio pulverizado y óxido de hierro), podría haber contribuido a la rápida propagación del incendio. También hubo teorías más conspirativas —sabotaje, ataque extranjero, fallos de diseño deliberadamente ocultos— pero ninguna logró sostenerse con pruebas concluyentes.

Lo cierto es que el accidente marcó el fin de la era de los dirigibles. Aunque se intentó mantener en vuelo al Graf Zeppelin II, el prestigio de los zepelines se había desplomado. La imagen del coloso ardiente sobre Nueva Jersey quedó grabada a fuego en la memoria colectiva. La opinión pública ya no podía confiar en esas naves, por muy lujosas o modernas que parecieran.

Al mismo tiempo, la aviación con alas fijas —los aviones— empezaba a consolidarse como el transporte del futuro. Más rápidos, más pequeños y, en muchos casos, más seguros. Lo que fue el símbolo del futuro se convirtió, casi de inmediato, en una reliquia del pasado.

El legado del desastre

El accidente del Hindenburg no fue solo una tragedia aérea; fue un acontecimiento que redefinió los límites de la modernidad, la seguridad y la confianza tecnológica. Representó, en cierto modo, el final de una visión romántica del aire: los vuelos lentos, elevados, silenciosos, que surcaban los cielos como naves de un mundo mejor. También supuso un duro golpe para la propaganda nazi. El Hindenburg era no solo un medio de transporte, sino un emblema nacional. Su destrucción, retransmitida por todos los medios internacionales, empañó la imagen de eficiencia y dominio que el Tercer Reich buscaba proyectar. Pocos meses después, los recursos se volcaron en la aviación militar, y el sueño de los dirigibles quedó relegado a los libros de historia.

Hoy, el nombre Hindenburg resuena más por su tragedia que por sus logros. Su historia es enseñada en escuelas de ingeniería y comunicación, analizada en documentales y reconstruida en museos. Su huella perdura no por haber llevado a cientos de pasajeros a través del Atlántico, sino por haber enseñado, con crudeza, los límites del progreso cuando se ignora el riesgo.

A veces, la historia no se escribe con tinta, sino con fuego.




22 de junio de 2025

Ciencia, censura y fórmulas matemáticas: el caso Hill y Tabachnikov

La historia de la ciencia está llena de debates apasionados, polémicas encendidas y descubrimientos que han generado tanto admiración como rechazo. Sin embargo, en los últimos años, el mundo académico se ha visto envuelto en una nueva clase de conflicto: el choque entre la libertad de investigación y las largas manazas de la política. Un caso paradigmático de este fenómeno es el de los matemáticos Theodore Hill y Sergei Tabachnikov, cuyo intento de publicar un artículo sobre la Hipótesis de la Mayor Variabilidad Masculina desató una tormenta que ha puesto en cuestión la libertad para el debate intelectual.

El trasfondo de la polémica

La Hipótesis de la Mayor Variabilidad Masculina no es nueva. Fue propuesta inicialmente por Charles Darwin y postula que los hombres tienden a mostrar una mayor variabilidad en ciertas características que las mujeres. Esto ni es bueno, ni malo, ni mejor, ni peor, es una hipótesis basada en observaciones y en ciencia se intenta comprobar si una hipótesis es o no adecuada. No hay más trasfondo ni política, simple materialismo. En términos simples, esta hipótesis significa que, si bien los promedios de muchas habilidades pueden ser similares entre ambos sexos, los hombres serían más propensos a ocupar tanto los extremos superiores como los inferiores de la distribución. Este fenómeno ha sido citado como una posible explicación para la sobrerrepresentación masculina en logros excepcionales como premios Nobel, pero también en situaciones de marginación extrema, como la indigencia o la extrema violencia.

Hill y Tabachnikov, intrigados por esta idea, decidieron abordarla desde un ángulo matemático, desarrollando un modelo teórico que buscaba proporcionar una base estadística para la hipótesis. Su trabajo fue inicialmente aceptado para su publicación en The Mathematical Intelligencer, una revista académica que se ha caracterizado por su disposición a explorar temas controvertidos.

De la aceptación al rechazo: el camino de una publicación frustrada

Lo que parecía ser un proceso académico estándar pronto se convirtió en un campo de batalla. La editora en jefe de The Mathematical Intelligencer, Marjorie Wikler Senechal, aceptó inicialmente el artículo de Hill y Tabachnikov con la intención de fomentar el debate sobre el tema. Sin embargo, la noticia de su próxima publicación generó una fuerte reacción dentro de ciertos sectores académicos, particularmente entre grupos de matemáticas feministas y otros colectivos que consideraban que el artículo reforzaba narrativas discriminatorias. Las críticas no se hicieron esperar. La organización "Women in Mathematics" de la Universidad de Pensilvania expresó su descontento, y la Fundación Nacional de Ciencias (NSF), que había financiado parte de la investigación de los autores, pidió explícitamente que su mención fuera eliminada de los agradecimientos del artículo. A raíz de esta presión, la editora de la revista optó por retractarse de su decisión y revocó la publicación del artículo antes de que viera la luz. Hablando en castizo, se rajó.

Hill, decidido a no rendirse, envió el artículo a la New York Journal of Mathematics, donde fue aceptado y publicado brevemente. Sin embargo, en un giro aún más desconcertante, el artículo fue eliminado del sitio web de la revista poco después, sin que se ofreciera una explicación clara. Si alguien se quiere leer el artículo, y no morir en el intento, lo puede hacer aquí.

¿Ciencia o censura?

Este incidente provocó un debate más amplio sobre la libertad académica y los límites del discurso científico. Para algunos, la retirada del artículo de dos revistas distintas constituía un acto de censura motivado por una corrección política desmedida. Según esta perspectiva, la ciencia debería ser un espacio en el que cualquier hipótesis pueda ser explorada y debatida sin temor a represalias ideológicas. El hecho de que el trabajo de Hill y Tabachnikov fuera eliminado de la discusión académica no por errores metodológicos evidentes, sino por su posible impacto social, es visto como una señal preocupante de que ciertas ideas son consideradas tabú, independientemente de su validez científica. Lo cual sería negar la realidad, el materialismo físico, el materialismo biológico, es decir una enfermedad que afecta a mucha gente hoy en día: la negación de los hechos.

Por otro lado, los críticos del artículo argumentan que la investigación de Hill y Tabachnikov no aportaba evidencia empírica nueva, sino que se limitaba a modelar una hipótesis discutida durante más de un siglo. Bien, perfecto, se publica y se discute, nada nuevo en ciencia. Además, señalaban que la publicación de un trabajo de este tipo en revistas matemáticas, sin el debido respaldo en disciplinas como la biología o la psicología, podría contribuir a la perpetuación de estereotipos de género sin un sustento sólido. En este sentido, sostienen que las revistas académicas tienen el derecho (e incluso la responsabilidad) de rechazar investigaciones que puedan ser utilizadas para justificar desigualdades. Esto último no tendría lógica, ya que la ciencia describe la realidad e intenta explicarla, le guste o no a una parte o a toda la sociedad.

Ciencia y censura. Totalmente incompatibles.

El caso de Hill y Tabachnikov nos plantea preguntas fundamentales sobre el papel de la ciencia en la sociedad actual. ¿Debe la comunidad académica permitir la libre discusión de cualquier idea, independientemente de su posible impacto social? ¿O existe una responsabilidad ética que justifica la autocensura de ciertas investigaciones para evitar interpretaciones problemáticas? Si aceptamos esto último, retrocederíamos siglos, a un pasado en el que la "verdad" era determinada por unas élites, y cuidado con aquella persona que intentará demostrar el error de esa "verdad"....

En la historia de la ciencia, muchas ideas que en su momento fueron consideradas inaceptables o polémicas terminaron siendo aceptadas con el tiempo, mientras que otras fueron descartadas por falta de evidencia. La clave de este proceso no ha sido la censura, sino el escrutinio riguroso basado en datos y argumentos racionales. Si permitimos que consideraciones externas al ámbito científico dicten qué puede y qué no puede ser investigado, corremos el riesgo de socavar la credibilidad del conocimiento mismo. En última instancia, la verdadera fortaleza de la ciencia radica en su capacidad de enfrentar preguntas difíciles y debatirlas con rigor y apertura.

14 de junio de 2025

De ratones y hombres (1937) de John Steinbeck: El sueño truncado de la América rural

John Steinbeck, uno de los grandes narradores de la literatura estadounidense del siglo XX, nos legó en De ratones y hombres (1937) una historia profundamente humana sobre la soledad, la esperanza y la cruda realidad del sueño americano tras la Gran Depresión. Con una prosa sencilla pero cargada de simbolismo, Steinbeck nos transporta a la California de la Gran Depresión, un tiempo de desesperanza y lucha por la supervivencia, en el que el capitalismo salvaje y la explotación humana iban de la mano.

Contexto histórico: la Gran Depresión y los trabajadores migrantes

Para entender De ratones y hombres, es esencial situarnos en el contexto en que fue escrita. La novela se ambienta en la década de 1930, un período marcado por la Gran Depresión, la crisis económica más devastadora del siglo XX en Estados Unidos. Con el colapso de la Bolsa en 1929, millones de personas quedaron desempleadas y se vieron obligadas a desplazarse en busca de trabajo. Particularmente en California, miles de trabajadores migrantes, en su mayoría provenientes del Medio Oeste, recorrieron el estado con la esperanza de encontrar empleo en los campos y ranchos. Este contexto de precariedad y movilidad constante nutre la narrativa de Steinbeck y da forma al destino de sus protagonistas: George y Lennie.

John Steinbeck: el cronista de la América olvidada

Steinbeck nació en 1902 en Salinas, California, y desde joven tuvo contacto con el mundo de la agricultura y los jornaleros migrantes, una realidad que luego plasmaría en su obra con una sensibilidad y un compromiso social notables. De ratones y hombres forma parte de su trilogía social junto con Las uvas de la ira y Al este del Edén, novelas en las que denuncia la explotación laboral y la desigualdad de clases, sin perder de vista la dignidad de los personajes y su profunda humanidad. Su obra tiene un estilo directo, realista y con gran capacidad para capturar la realidad de la gente sencilla, de los explotados. En De ratones y hombres, combina el lirismo con una estructura casi teatral, lo que la hace especialmente efectiva tanto en el formato literario como en sus adaptaciones escénicas y cinematográficas.

Sueños y desesperanza en la América rural

La historia sigue a George Milton y Lennie Small, dos trabajadores itinerantes que sueñan con tener su propia granja, un sueño que los mantiene a flote en un mundo hostil. Lennie, un hombre con discapacidad intelectual y una fuerza descomunal, depende de George, quien actúa como su protector y guía. Entre los dos hay una relación casi fraternal. Ambos llegan a un rancho en California donde buscan trabajo con la esperanza de ahorrar lo suficiente para comprar un pedazo de tierra y vivir "como hombres libres". Es este el motivo que les mueve, a todos esos trabajadores, alcanzar la libertad a través de la realización del "sueño americano", ese sueño que parece resistírseles. Steinbeck nos presenta un universo marcado por la brutalidad y la exclusión: Crooks, el mozo de cuadra afroamericano, sufre el racismo de sus compañeros; Candy, el viejo peón, teme ser descartado cuando deje de ser útil; y la esposa de Curley, el capataz, busca desesperadamente atención en un ambiente dominado por hombres que la ven como una amenaza o una tentación.

SE DESVELA EL FINAL

La tensión crece hasta llegar a su trágico desenlace cuando Lennie, incapaz de controlar su fuerza, mata accidentalmente a la esposa de Curley. Conscientes de que no hay escapatoria, George toma una decisión desgarradora: acaba con la vida de Lennie para evitarle un destino aún peor a manos de una multitud enfurecida. Tal vez, el final de la novela, con George mirando el río tras haber disparado a su mejor amigo, básicamente un hermano, es uno de los momentos más desgarradores de la literatura estadounidense. En un trágico segundo se refleja toda la injusticia del mundo.

Los hombres, como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. Llegan a un río y trabajan hasta que tienen un poco de dinero, y después van a la ciudad y malgastan su dinero, y nos les queda más remedio que ir a molerse los huesos en otro rancho. No tienen nada que esperar del futuro [...] Con nosotros no pasa así. Tenemos un porvenir. Tenemos alguien con quien hablar, alguien que piensa en nosotros. No tenemos que sentarnos en un café malgastando el dinero sólo porque no hay otro lugar donde ir. Si esos otros tipos caen en la cárcel, pueden pudrirse allí porque a nadie le importa. Pero nosotros, no.

De ratones y hombres
ha sido interpretada de diversas maneras: como una novela proletaria, un drama existencial y una fábula sobre la fragilidad de los sueños. Steinbeck consigue, en pocas páginas, crear personajes inolvidables y un microcosmos que refleja las injusticias de su tiempo. Uno de los aspectos más destacables es su estructura casi teatral: los diálogos directos, los escenarios delimitados (el rancho, la orilla del río) y la evolución dramática recuerdan más a una obra de teatro que a una novela convencional. Esto ha facilitado su adaptación al cine y al teatro con gran éxito. Su impacto cultural y su relevancia social la han consolidado como un clásico fundamental de la literatura contemporánea.

Las adaptaciones cinematográficas

La novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones principales:

  1. "La Fuerza Bruta" (1939): Dirigida por Lewis Milestone y protagonizada por Burgess Meredith (George) y Lon Chaney Jr. (Lennie). Esta versión en blanco y negro es fiel a la novela y captura el espíritu de Steinbeck con una interpretación conmovedora de Chaney como Lennie.

  2. "De Ratones y Hombres" (1992): Dirigida y protagonizada por Gary Sinise (George), con John Malkovich en el papel de Lennie. Esta adaptación, más reciente y accesible para el público moderno, mantiene la esencia de la historia y destaca por la actuación de Malkovich, quien aporta una profundidad emocional extraordinaria a su personaje.

Ambas películas han sido aclamadas por su capacidad para transmitir la fuerza y la tragedia de la historia original, tal vez la segunda adaptación sea más fiel a la novela original.

A casi un siglo de su publicación, De ratones y hombres sigue siendo una obra de referencia por su retrato descarnado de la vida de los trabajadores migrantes y su reflexión sobre la soledad y la esperanza. Steinbeck nos recuerda que, en un mundo despiadado, los sueños pueden ser efímeros, pero la compasión y la amistad son lo único que nos redime.

Pocas novelas han logrado conmover y hacer reflexionar tanto en tan pocas páginas. Es una novela corta, pero según avanzamos en su lectura vemos como la tragedia y la desesperanza lo van dominando todo, solamente la humanidad y la esperanza en una vida mejor nos ayuda a continuar. De ratones y hombres es una historia que se queda con el lector mucho después de haber cerrado el libro.



10 de junio de 2025

El pozo superprofundo de Kola: cuando la URSS casi llega al infierno

La exploración del Pozo Superprofundo de Kola es una de las hazañas científicas más impresionantes de la era soviética y un reflejo del profundo interés del mundo soviético por la ciencia y su avance. Iniciado en 1970 por la Unión Soviética, el proyecto tenía como objetivo perforar la corteza terrestre hasta una profundidad sin precedentes para estudiar su composición y estructura. En un contexto en el que Estados Unidos y la URSS competían no solo en la carrera espacial, sino también en la exploración geológica, los soviéticos se embarcaron en este reto titánico en la península de Kola, en el noroeste de Rusia. La perforación no fue una tarea sencilla: se encontraron con temperaturas mucho más elevadas de lo esperado, con valores de hasta 180°C a 12 kilómetros de profundidad, lo que dificultó las operaciones. Sin embargo, a pesar de los desafíos técnicos y del colapso de la Unión Soviética en 1991, los científicos lograron perforar hasta 12.262 metros en 1989, estableciendo un récord que aún hoy sigue vigente como la perforación más profunda realizada por el ser humano en la corteza terrestre. El colosal esfuerzo finalmente fue abandonado en 1994 debido a la falta de financiación y problemas técnicos, dejando tras de sí un sitio de exploración científica que sigue despertando la curiosidad de investigadores y entusiastas de la geología.

La boca sellada del pozo de Kola
Más allá de su impresionante profundidad, el Pozo de Kola proporcionó descubrimientos que transformaron la comprensión de la geología terrestre. Entre los hallazgos más relevantes estuvo la presencia de rocas de más de 2.700 millones de años, lo que permitió a los geólogos estudiar capas de la corteza terrestre que nunca antes habían sido alcanzadas. Además, se descubrió la existencia de agua a profundidades insospechadas, lo que desafió modelos previos sobre la composición del subsuelo terrestre. Un hallazgo aún más sorprendente fue el de microfósiles de organismos unicelulares en rocas profundas, lo que sugirió que la vida pudo haber existido en condiciones extremas dentro de la corteza terrestre, abriendo nuevas preguntas sobre la posibilidad de vida en entornos subterráneos en otros planetas. Sin embargo, más allá de su impacto en la ciencia, el Pozo de Kola también se convirtió en el epicentro de mitos y leyendas. Uno de los más famosos es el llamado "Pozo del Infierno", que afirmaba que los científicos soviéticos habían escuchado gritos provenientes del interior de la Tierra. A pesar de su cierre, la hazaña del Pozo Superprofundo de Kola sigue siendo un testimonio del ingenio humano y un recordatorio de lo poco que aún conocemos sobre las profundidades de nuestro propio planeta.


31 de mayo de 2025

Ventas de bicicletas en España: un negocio importante

La industria de la bicicleta en España es un motor importante para la economía y la sociedad. Este sector da empleo 24.456 personas de forma directa. Además, el número de empresas operando en el sector aumentó, llegando a 401 en 2022. La producción nacional de bicicletas también experimentó un crecimiento, alcanzando los 255,8 millones de euros. Las bicicletas eléctricas y urbanas mostraron un buen rendimiento, consolidándose como opciones preferidas por los consumidores. Estos son los resultados de 2022, nada desdeñables.

En cuanto a las ventas, en 2022 se vendieron más de 1,35 millones de bicicletas en España. Aunque esto representa una disminución del 13,59% en comparación con el año anterior, la facturación del sector se mantuvo en un nivel considerable, alcanzando los 2.714 millones de euros. Es importante destacar el aumento en las ventas de bicicletas urbanas (22,5%) y eléctricas (5,7%), lo que indica una creciente preferencia por opciones de movilidad más sostenibles. El precio medio de las bicicletas también aumentó, superando los 1.000 euros por primera vez, impulsado en parte por el auge de las bicicletas eléctricas.

Considerando que España tiene 47 millones de habitantes, la venta de 1,35 millones de bicicletas en 2022 equivale a aproximadamente 0,029 bicicletas por habitante. Esto significa que se vendieron alrededor de 29 bicicletas por cada 1.000 habitantes. Esta cifra refleja el continuo interés por la bicicleta como medio de transporte y de ocio en España. Ahora toca que cuaje su uso como un medio de transporte urbano, y no como un simple objeto lúdico o deportivo.

4 de mayo de 2025

Espejos acústicos en la Primera Guerra Mundial: detectar aviones enemigos amplificando sus sonidos

Como en cualquier actividad humana, incluida la guerra que no deja de ser innata al propio hombre, la tecnología y los artilugios necesarios para realizarla van cambiando y mejorando poco a poco. En la Primera Guerra Mundial la aviación comenzó a tomar un papel en las guerras modernas, utilizados para mapear al enemigo, conocer sus posibles estrategias y movimientos, y para algunas misiones más incluidos los bombardeos. Detectarlos a tiempo era importante para poder preparar las defensas antiaéreas y poder hacerles frente.

Los espejos de sonido fueron dispositivos acústicos diseñados para detectar la aproximación de aviones antes de la invención del radar. Fueron utilizados principalmente por el Reino Unido desde la Primera Guerra Mundial hasta principios de la Segunda Guerra Mundial. Se utilizaban para poder amplificar los sonidos de los motores de los aviones alemanes y de esa forma anticiparse unos minutos a la llegada de los mismos a la costa británica. Al poco tiempo de empezada la Segunda Guerra Mundial está tecnología quedó obsoleta y fue rápidamente superada por el radar, también desarrollado por los ingleses.

¿Qué eran y cómo funcionaban?

Los espejos de sonido eran estructuras de hormigón, con formas cóncavas diseñadas para captar y amplificar las ondas sonoras provenientes del cielo. Funcionaban de manera similar a como lo hace un reflector parabólico, pero en lugar de captar la luz, lo que hacían era concentrar el sonido en un punto específico donde se colocaban micrófonos o personas con auriculares y tubos de escucha. Los operarios tenían que tener el oído muy bien entrenado para distinguir bien la naturaleza de cada sonido. Estos espejos podían tener forma parabólica o como un gran muro de hormigón. Se orientaban a diferentes alturas para poder captar el sonido de los aviones que se aproximaban en diferentes posiciones. Funcionaban con un principio similar al de los telescopios parabólicos o los radares modernos, pero con ondas sonoras en lugar de electromagnéticas.

Había varios tipos de espejos de sonido

  1. Placas verticales grandes (planas o ligeramente curvadas, de hasta 60 metros de largo).
  2. Estructuras parabólicas circulares (de entre 4 y 9 metros de diámetro).
  3. Espejos cóncavos gigantes de hasta 200 toneladas.

El principio detrás de su funcionamiento era que el sonido de los motores de los aviones era captado y enfocado en un solo punto o en un área relativamente pequeña, permitiendo que los operadores humanos los escucharan antes de que fueran visibles. Se podían detectar a una distancia de 20-30 km. Pero el problema es que dependiendo del viento, la presencia de nubes, la cantidad de aviones, etc. su precisión dejaba bastante que desear.

Algunos de estos dispositivos todavía existen en la costa británica del Canal de la Mancha, como en Denge, Kent, donde se pueden ver varias de estas estructuras de hormigón.

Aunque fueron una solución tecnológica que se desfaso relativamente rápido, los espejos de sonido marcaron un paso importante en la detección temprana de amenazas aéreas y fueron un precursor de las tecnologías de radar que cambiarían la guerra moderna. En esto Inglaterra fue tecnológicamente superior a los alemanes.



11 de abril de 2025

Me pareció ver un lindo gatito: El Impacto de las colonias felinas y gatos asilvestrados en la biodiversidad

Un felino doméstico con consecuencias en la naturaleza

El gato doméstico (Felis catus) es, sin duda, uno de los carnívoros más abundantes del planeta, con estimaciones que alcanzan los cientos de millones de individuos. Su presencia se manifiesta en diversas formas, desde mascotas hasta poblaciones semi-domésticas y colonias de gatos ferales (es decir no domésticos), especialmente comunes en entornos urbanos donde algunos ciudadanos los alimentan y cuidan regularmente. Esta relación simbiótica entre humanos y gatos, que se remonta a miles de años, ha llevado a su introducción en casi todos los rincones del mundo.

El gato es un depredador generalista y muy adaptable. Aunque la domesticación ha modificado algunos de sus comportamientos, su instinto de caza permanece intacto, incluso en individuos bien alimentados. Son cazadores oportunistas, capaces de depredar una amplia gama de animales, incluyendo aves, mamíferos, reptiles, anfibios, peces e invertebrados. Esta versatilidad, combinada con su capacidad para alcanzar densidades poblacionales elevadas, convierte a los gatos asilvestrados y a las colonias felinas en un factor de impacto ecológico significativo, especialmente en los ecosistemas urbanos y periurbanos donde alcanzan altas densidades. Si bien algunas personas consideran que la presencia de gatos puede tener efectos positivos, como el control de roedores, la creciente evidencia científica señala impactos negativos sustanciales sobre la biodiversidad. Además, los restos de comida que no consumen pueden ser alimento para otros animales que también son plagas y fuente de enfermedad, como las ratas.

El manejo de las poblaciones de gatos urbanos se basa comúnmente en la esterilización de adultos y campañas de educación para prevenir el abandono de mascotas. Sin embargo, la magnitud de los impactos negativos que causan estos gatos, particularmente en la biodiversidad, exige una comprensión más profunda y estrategias de gestión más efectivas no basadas en el sentimentalismo.

Un riesgo para la salud pública y la fauna

Más allá de su rol como depredadores, los gatos, incluyendo aquellos en colonias felinas, actúan como vectores y reservorios de numerosas enfermedades que pueden poner en peligro la vida silvestre y la salud pública. Una de las zoonosis más conocidas asociada a los gatos es la toxoplasmosis, causada por el parásito Toxoplasma gondii. Este parásito puede transmitirse a humanos y otros animales, causando problemas de salud significativos, que pueden ir desde síntomas leves similares a una gripe, hasta abortos y encefalitis que pueden llevar a la persona afectada a la muerte.

Un estudio realizado en Hawái, identificó colonias de gatos ferales en aproximadamente el 78% de los sitios públicos evaluados cerca de áreas importantes para aves nativas. Además, se detectó ADN de T. gondii en las heces de gatos en al menos el 75% de los sitios donde se recolectaron muestras. La presencia de T. gondii cerca de áreas de conservación de aves nativas, muchas de las cuales son especies raras y en peligro de extinción en Hawái, subraya el riesgo significativo que representan los gatos ferales para la fauna local.

Es importante destacar que los sitios donde se detecta T. gondii son a menudo áreas de alto uso público, como parques y playas, lo que aumenta el riesgo de exposición para las personas y sus mascotas. La transmisión puede ocurrir a través del contacto con heces de gato contaminadas en la tierra o el agua, o por el consumo de mariscos crudos contaminados. Además de la toxoplasmosis, los gatos pueden portar y transmitir otras enfermedades como la rabia y la leucemia felina, que pueden afectar tanto a la fauna silvestre, incluyendo especies amenazadas, como a otros animales domésticos. El impacto económico de las enfermedades transmitidas por gatos también es significativo.

La alta densidad de individuos en las colonias de gatos ferales y sus interacciones intensas dentro de las colonias y con otros gatos (domésticos y ferales) pueden jugar un papel particularmente importante en la dinámica de las enfermedades. Por lo tanto, la gestión de las colonias felinas no solo es crucial para la conservación de la biodiversidad, sino también para la protección de la salud pública.

Un ataque silencioso a la fauna: aves, micromamíferos y más

El impacto más directo y ampliamente documentado de los gatos asilvestrados y las colonias felinas sobre la biodiversidad es la depredación. Debido a sus altas densidades y a su instinto de caza persistente, los gatos pueden ejercer una presión depredadora considerable sobre las poblaciones de fauna silvestre, a menudo superando la de los depredadores nativos de tamaño similar. Además, estos animales depredan aunque estén bien alimentados.

Impacto en Aves: las aves son una de las presas más vulnerables a la depredación por gatos, especialmente en entornos urbanos y periurbanos donde las colonias felinas son comunes. Un estudio realizado en Madrid (España) encontró que la presencia de colonias de gatos ferales se asociaba con distancias de escape más largas en las aves urbanas. Esto sugiere que las aves en áreas con colonias de gatos exhiben una mayor percepción del riesgo y, presumiblemente, experimentan un impacto negativo en sus tendencias poblacionales. Además, las aves en estas zonas tendían a situarse a mayor altura. A nivel global, los gatos domésticos están implicados en la disminución de numerosas poblaciones de aves e incluso en extinciones. Se estima que los gatos domésticos matan millones de aves cada año solo en Canadá. Los efectos indirectos, como el aumento del riesgo de depredación de nidos por otros depredadores debido al miedo inducido por los gatos, también son significativos.

Impacto en micromamíferos y otros grupos animales: los micromamíferos, como ratones, musarañas y conejos, también son presas frecuentes de los gatos. La depredación por gatos puede ser una causa importante de mortalidad para estos animales, afectando a sus poblaciones e incluso llevando a algunas de ellas a extinciones locales. Además de aves y mamíferos, los gatos depredan reptiles, anfibios, peces e invertebrados, contribuyendo a una reducción general de la biodiversidad. El impacto es particularmente grave en ecosistemas insulares, donde la fauna nativa a menudo carece de defensas evolutivas contra depredadores mamíferos introducidos. Los gatos han sido identificados como una de las peores especies invasoras a nivel mundial y están directamente relacionados con la disminución y extinción de especies animales en numerosas islas. En estos entornos frágiles, la pérdida de especies debido a la depredación por gatos puede desencadenar la alteración de procesos ecológicos clave, como la dispersión de semillas y la polinización.

Efectos Indirectos: más allá de la depredación directa, la mera presencia de gatos puede generar efectos de miedo o intimidación en la fauna silvestre. Estos efectos pueden alterar los comportamientos de forrajeo y defensa, aumentar los niveles de estrés, afectar el estado físico y la inversión reproductiva de las presas, e incluso aumentar su vulnerabilidad a otros depredadores. La competencia por recursos (alimento, espacio, refugio) entre los gatos y las especies nativas también puede tener impactos negativos en la biodiversidad. Por ejemplo, cada ratón consumido por un gato no está disponible para un depredador nativo como un ave rapaz. Finalmente, la hibridación con especies silvestres, como el gato montés europeo, representa otra amenaza significativa para la conservación de la fauna nativa.

Recomendaciones para una coexistencia responsable: lo que no debemos hacer

Si nuestro objetivo es conservar la biodiversidad y la salud de nuestros ecosistemas urbanos y periurbanos, es crucial reconsiderar algunas prácticas relacionadas con la gestión y la tenencia de gatos. A la luz de la evidencia científica, existen varias acciones que no debemos realizar:

Fomentar o mantener colonias de gatos ferales sin una gestión adecuada: Si bien la intención de alimentar y cuidar a los gatos puede ser noble, la proliferación de colonias sin un control poblacional efectivo y medidas para mitigar su impacto (como la reubicación en santuarios o la creación de zonas libres de colonias) puede tener consecuencias negativas significativas para la fauna local. El simple suministro de alimento no evita el comportamiento depredador de los gatos.

Abandonar mascotas: El abandono de gatos domésticos es una de las principales fuentes de gatos asilvestrados que se integran a las colonias o forman nuevas poblaciones ferales, aumentando la presión sobre la vida silvestre.

Ignorar los impactos de los gatos con acceso al exterior: Incluso los gatos domésticos que son alimentados regularmente pueden tener un impacto depredador acumulativo significativo en la fauna silvestre, especialmente en áreas con alta densidad de gatos. Permitir que los gatos deambulen libremente, especialmente durante las horas de mayor actividad de la fauna local (como el amanecer y el atardecer), aumenta significativamente el riesgo de depredación.

Oponerse a medidas de control éticas y efectivas: En áreas sensibles para la conservación de la biodiversidad, puede ser necesario implementar medidas de control poblacional de gatos ferales, como la eutanasia. Oponerse sistemáticamente a estas medidas sin ofrecer alternativas viables puede perpetuar los impactos negativos y contribuir a la destrucción de la naturaleza.

Subestimar el riesgo de enfermedades: La presencia de colonias de gatos ferales, especialmente en áreas de alto uso público o cerca de hábitats de fauna sensible, conlleva un riesgo de transmisión de enfermedades tanto para la vida silvestre como para la salud humana. Ignorar o minimizar este riesgo es irresponsable ya que la vida de personas puede estar en juego.

Favorecer el bienestar individual de unos pocos gatos sobre la conservación de la biodiversidad: La legislación emergente que algunos países se han lanzado a promulgar sin ninguna bases científica, priorizando la protección de los gatos asilvestrados sin considerar adecuadamente sus impactos en la biodiversidad, puede ser contraproducente y perjudicar los esfuerzos de conservación a largo plazo. Es necesario un equilibrio que considere tanto el bienestar animal como la protección de los ecosistemas.

No tomar medidas preventivas como la esterilización y la identificación: La esterilización temprana de las mascotas y el uso de métodos de identificación (microchip, collar con identificación) son fundamentales para prevenir la reproducción descontrolada y facilitar la identificación de los propietarios en caso de pérdida, reduciendo así el número de gatos abandonados y asilvestrados.

En última instancia, la protección de nuestros ecosistemas urbanos y periurbanos y la conservación de su valiosa biodiversidad requieren un cambio en nuestra percepción y gestión de los gatos, reconociendo su impacto negativo y adoptando enfoques más responsables y basados en la evidencia científica, huyendo de visiones sensibleras de la gestión de la naturaleza.


Referencias Bibliográficas

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8 de abril de 2025

Teosofía: mezcle religiones, ciencias y filosofías, y le saldrá un mejunje

La teosofía es un movimiento filosófico y espiritual que busca la síntesis del conocimiento religioso, científico y filosófico, con la idea de explorar las verdades fundamentales del universo, la vida y la conciencia. Se basa en la idea de que existe una sabiduría eterna (o "teosofía", del griego theos –Dios– y sophia –sabiduría–) que subyace en todas las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad. Es decir, es una mezcla de neoplatonismo con religiones y filosofías principalmente orientales.

La teosofía surgió en el siglo XIX con la Sociedad Teosófica, fundada el 17 de noviembre de 1875 por Helena Blavatsky, Henry Steel Olcott y William Quan Judge. Blavatsky, considerada como su principal figura, escribió textos influyentes como Isis sin velo (1877) y La doctrina secreta (1888), en los que afirmaba haber recibido enseñanzas de "maestros espirituales" o "mahatmas", seres iluminados que guían a la humanidad desde el plano espiritual. Estos seres tendrían el conocimiento verdadero, serían como maestros ascendidos que se reparten por el mundo, aunque -no sabemos por qué- el Tibet concentra una mayor cantidad de ellos. Cosas de la geografía.

Símbolo y lema de la teosofía.

Existen tres principios fundamentales según su fundadora, que sería, en primer lugar la unidad de todos los seres vivos, todos los seres vivos están interconectados y proceden de una misma fuente divina. En parte esto sería un monoteísmo cristiano o algo por el estilo. En segundo lugar, todo vuelve a repetirse, y los seres pueden reencarnarse. Esto sería una fuerte influencia de las religiones-filosofías orientales, aunque la ciencia ya ha demostrado que todo, incluido el Universo, tiene un principio, y también tendrá un final. Por último, hay una sabiduría oculta que es trasmitida por individuos especiales, es decir serían similares a los profetas que han tenido diferentes religiones a lo largo de la historia. Una buena mezcla de religión, filosofía y ciencia, pero claro esto no puede ser muy creíble (hay contradicciones claras entre estos tres principios).

Helena Blavatsky fundadora de la teosofía

La teosofía tomó elementos del hinduismo, el budismo, la cábala, el gnosticismo y otras tradiciones esotéricas, promoviendo un sincretismo espiritual. En términos culturales, la teosofía influyó en escritores como W. B. Yeats, en el arte simbolista y en el desarrollo del interés occidental por la espiritualidad oriental a finales del siglo XIX y principios del XX.

Hoy en día, la Sociedad Teosófica sigue activa en varios países, aunque su impacto no es tan grande como en su apogeo. Muchas de sus ideas han sido absorbidas por movimientos espirituales contemporáneos y por la literatura esotérica. Se calcula que hay unos 30000 seguidores en todo el mundo.