¿Y sabes cuál es la moraleja de la historia, William? Algunos tipos, un montón de tipos, no creen lo que ven, en especial si no comulgan con lo que quieren comer o beber o pensar o creer. Yo no creo en Dios. Pero si lo viese, creería. No iría por ahí diciendo "Jesús, vaya un efecto especial más estupendo". La definición de un imbécil es: "un tipo que no cree en lo que ve". Y puedes citarme si así lo deseas.
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1 de octubre de 2025
Maleficio de Stephen King
5 de septiembre de 2025
Maleficio de Stephen King: terror opresivo
En manos de otro autor, esta trama podría degenerar en un simple relato fantástico con moraleja. En manos de King/Bachman, se convierte en un descenso claustrofóbico hacia la paranoia, la desesperación y el deterioro físico y mental. La opresión no proviene solo de lo que ocurre, sino de cómo lo vive Halleck.
La novela se narra con una proximidad incómoda. El lector se mete en la piel de Halleck y siente cada fase de su descomposición: la negación inicial, el intento racional de buscar una explicación médica, el terror al comprender que no existe remedio científico, la rabia hacia el mundo y hacia sí mismo, y finalmente la aceptación resignada o la lucha desesperada. King no necesita encadenar escenas espectaculares para generar miedo. Aquí, la angustia se instala en lo cotidiano: en la báscula de baño que marca cada vez menos kilos, en los comentarios inocentes de amigos y colegas que no saben que están contemplando una muerte lenta, en el hambre perpetua que no engorda. El verdadero horror es que la amenaza está dentro del propio cuerpo, invisible para los demás y, por tanto, imposible de compartir.
La maldición es un cáncer moral: corroe la seguridad, el matrimonio, las amistades y la confianza en uno mismo. Halleck se vuelve suspicaz, irritable, y cada kilo perdido es también un pedazo de su vida que se le escapa. El cuerpo se vuelve símbolo y prueba irrefutable de la condena: se le está borrando del mundo.
El contexto histórico: Estados Unidos en los años 80
Para entender Maleficio en toda su dimensión, es importante situarla en su contexto. Los años 80 en EE. UU. fueron una época marcada por el auge del consumismo, el culto a la imagen, el individualismo y la prosperidad material, especialmente en la clase media y alta. Es la era Reagan: discursos sobre el mérito individual, la prosperidad como recompensa moral, y la invisibilidad de las desigualdades profundas. Billy Halleck es hijo de ese tiempo. Un abogado exitoso, con una vida cómoda en un suburbio próspero, con la suficiente influencia para manipular un proceso judicial. Su estatus le protege hasta que irrumpe en su vida una figura que no respeta esas reglas: el anciano gitano, representante de un mundo marginal, nómada y despreciado, que no cree en tribunales ni leyes oficiales, pero sí en la venganza personal y ancestral. En este choque entre la América privilegiada y los marginados, King introduce una crítica sutil: en los 80, los ganadores del sistema se sentían intocables hasta que algo irracional, ajeno al mercado y a la ley, les recordaba que todos somos vulnerables. En este sentido, Maleficio es una novela profundamente ochentera: está atravesada por las tensiones raciales y culturales, la autocomplacencia burguesa y la desconfianza hacia lo "otro".
Richard Bachman vs. Stephen King: un tono más frío
Publicada bajo el seudónimo Bachman, Maleficio se diferencia de muchas obras firmadas como King por un tono más seco, más desprovisto de lirismo y ternura. Bachman no busca tanto asustar como incomodar; su mirada es más cruel, menos dispuesta a perdonar. No hay un niño sensible, ni una comunidad que se una contra el mal: solo un individuo enfrentado a un castigo inevitable. En este estilo, la opresión psicológica se acentúa. El Bachman de Maleficio no ofrece vías de escape narrativo; no hay respiros cómicos ni excesivo sentimentalismo. Halleck está solo, y el lector también.
La simbología del peso y la culpa
El cambio físico radical de Halleck es el núcleo simbólico de la novela. El peso es metáfora de responsabilidad: al librarse de la justicia, Halleck cree haberse quitado un peso de encima pero la maldición le quita todo el peso, literalmente, hasta matarlo. Es un castigo poético y físico. Además, la pérdida de peso progresiva genera una paradoja temporal: cada día que pasa, el protagonista se ve más cerca del final. El tiempo se convierte en enemigo, medido no en horas ni semanas, sino en kilos. Esta cuantificación obsesiva, tan propia de la cultura estadounidense de la dieta y la autoimagen, se convierte en un instrumento narrativo letal.
Una novela muy de su época
Hoy, Maleficio es un artefacto cultural que huele a los años 80. No solo por su contexto sociopolítico, sino por su relación con la cultura de la salud y el cuerpo en los 80. En esa década, la del aerobics, Jane Fonda y el culto a la figura, estar delgado era signo de éxito y autocontrol. King subvierte esa idea: aquí, la delgadez extrema es signo de enfermedad y muerte. Lo que en la portada de una revista sería un ideal, en Halleck es el rostro de la descomposición. El racismo estructural y los estereotipos hacia las comunidades gitanas también están tratados con crudeza, aunque no desde una perspectiva políticamente correcta. King refleja el lenguaje y los prejuicios de la época sin filtros, lo que hoy puede resultar incómodo, pero también revelador de cómo se construían las relaciones sociales y de poder.
La dificultad de adaptación al cine
La novela fue adaptada al cine en 1996 por Tom Holland, y uno de los grandes retos (y problemas) de la adaptación fue precisamente el cambio físico del protagonista. En el libro, la pérdida de peso es tan extrema que se convierte en imagen mental imposible de reproducir con total verosimilitud. El cuerpo de Halleck en las últimas páginas es un esqueleto vivo, y trasladar eso a un actor real, incluso con prótesis y efectos, tiende a rozar lo caricaturesco o grotesco. En el cine, el cambio de peso tan radical exige o bien un compromiso físico insostenible para el actor, o bien un maquillaje que nunca alcanza el impacto psicológico que sí logra la palabra escrita. En la novela, el lector imagina su propio “esqueleto vivo” y eso siempre será más perturbador que cualquier prótesis. Además, el cine suele necesitar que el protagonista mantenga cierta simpatía para el espectador. En Maleficio, Halleck se va volviendo cada vez más desagradable, más egoísta, más paranoico. Esa degradación moral es tan importante como la física, pero en la pantalla puede diluirse si se prioriza la espectacularidad visual sobre el retrato íntimo. De hecho, la adaptación al cine de esta novela es lamentable, con todos cómicos de los cuales la novela carece y que hacen del conjunto una muy mala película.
El final: un golpe seco
Sin entrar en detalles explícitos, basta decir que Maleficio no ofrece redenciones plenas ni giros heroicos. El cierre es coherente con el tono opresivo: cruel, inevitable y, en cierto modo, irónico. Esa ironía final es también una marca de Bachman: el universo no concede misericordia, solo un ajuste de cuentas. Maleficio no es una novela para quien busque sustos fáciles o monstruos sobrenaturales en la oscuridad. Es un relato sobre la corrupción moral, la fragilidad física y la imposibilidad de escapar de ciertas consecuencias. La atmósfera de opresión psicológica es asfixiante porque se asienta en lo real: la maldición podría ser metáfora de una enfermedad incurable, de una culpa imposible de expiar o de la erosión inevitable del cuerpo humano.
Leída hoy, sigue siendo una obra incómoda, y su carácter “muy de los 80” a envejece rápido, la convierte en un retrato casi arqueológico de una década donde la apariencia física, el éxito social y el desprecio a los márgenes convivían sin vergüenza. Stephen King, bajo la máscara más fría de Bachman, nos recuerda que el verdadero terror no siempre viene de fuera: a veces, empieza dentro de nosotros y se va comiendo, kilo a kilo, lo que somos.
22 de agosto de 2025
Christine (1983) de John Carpenter: King en estado puro
En 1983, apenas un año después de que Stephen King publicara Christine, la novela llegó a la gran pantalla bajo la dirección de John Carpenter, un maestro del terror cinematográfico con títulos como Halloween y The Thing en su haber. Esta rapidez en la adaptación ya es un primer punto interesante: King aún estaba en la cúspide de su popularidad ochentera, y Hollywood se abalanzaba sobre sus obras casi al ritmo en que salían de la imprenta. Pero lo que parecía ser una historia de “coche asesino” escondía mucho más: un retrato de la adolescencia, la alienación y la corrupción del alma, envuelto en el metal reluciente y el rugido de un Plymouth Fury de 1958. La película de Carpenter es, sin duda, fiel en ciertos elementos esenciales, pero también transforma —a veces simplifica— aspectos clave de la novela, especialmente en lo que respecta al origen del mal y a la voz narrativa.
La novela: horror a dos velocidades
En la novela, Stephen King narra la historia en tres partes, con un primer acto contado en primera persona por Dennis Guilder, el mejor amigo de Arnie Cunningham. Este punto de vista es fundamental: Dennis nos ofrece no solo una visión cercana de la transformación de Arnie, sino también la mirada impotente de alguien que observa cómo un ser querido se autodestruye bajo una influencia maligna que parece inescapable. King dedica mucho tiempo a construir a Arnie como el “chico bueno” del instituto: tímido, torpe socialmente, inteligente pero sin carisma, acosado por los abusones y, en casa, aplastado por una madre sobreprotectora y un padre pasivo. Christine, el Plymouth Fury destartalado que Arnie compra, es su primera gran decisión independiente… y su perdición. El tema de los chicos perseguidos por acosadores es algo muy recurrente en la literatura de King.
En la novela, el coche no solo está embrujado: está literalmente poseído por el espíritu de su anterior dueño, Roland LeBay, un hombre desagradable y misógino que murió en circunstancias misteriosas. De nuevo un tema recurrente en King, la misoginia. King incluso introduce momentos en los que Dennis (y el lector) sienten la presencia de LeBay dentro de Arnie, cambiando su forma de hablar, su postura y sus gestos. Esta posesión progresiva es casi más importante que la capacidad de Christine para regenerarse o asesinar. El segundo y tercer acto del libro se alejan del punto de vista en primera persona, lo que acentúa la sensación de distancia: Dennis ya no puede acceder a Arnie, y el chico que conocía parece sustituido por otra persona, fría, vengativa y peligrosamente segura de sí misma.
La película: Carpenter y el mal inexplicable
John Carpenter, enfrentado a la dificultad de trasladar una novela larga a un metraje de menos de dos horas, realiza cambios sustanciales. La narración en primera persona desaparece: no hay una voz que nos guíe con reflexiones íntimas sobre Arnie, y la historia se cuenta de forma más objetiva. También hay un cambio significativo en el origen del mal. En la película, Christine parece malvado desde el momento de su fabricación: la secuencia inicial, ambientada en la línea de montaje de 1957, muestra cómo el coche “mata” a un obrero y hiere a otro antes siquiera de llegar a manos de LeBay. Carpenter elimina casi por completo la figura del fantasma de LeBay, optando por una maldad innata e inexplicable, lo que conecta con su gusto por el horror sin causa clara. Este cambio, aunque resta complejidad psicológica, refuerza la atmósfera sobrenatural y la iconografía del coche como un ente demoníaco autónomo. Christine no necesita un espíritu humano que la conduzca: él es el depredador.La transformación de Arnie: del chico invisible al vengador letal
Uno de los aspectos más logrados tanto en la novela como en la película es la metamorfosis de Arnie Cunningham. En la novela, la transformación es gradual y psicológicamente rica: King describe cambios en su forma de vestir, en su lenguaje, en su postura corporal. Arnie pierde peso, gana confianza, pero también desarrolla una mirada fría y un desprecio creciente por los demás. La posesión de LeBay intensifica este proceso, dándole un tono casi de doble personalidad. En la película, Keith Gordon interpreta magistralmente esta evolución. Su Arnie inicial es patético, con gafas gruesas, posturas encorvadas y una voz temblorosa. A medida que Christine lo “posee”, se vuelve seguro, seductor, incluso amenazante. Gordon logra transmitir que la seguridad recién adquirida no es genuina, sino prestada por la oscuridad que se ha adueñado de él. La secuencia en la que Arnie, ya transformado, mira a su amigo Dennis y dice con una sonrisa escalofriante “Christine y yo cuidamos de nosotros mismos” es pura esencia Carpenter: breve, cortante y cargada de tensión. Es aquí donde la película brilla: aunque simplifica el trasfondo del mal, captura visualmente y con gran fuerza actoral el descenso de Arnie, desde la víctima de los abusones hasta el asesino vengativo que se alía con Christine para eliminar a quienes le hicieron daño.
Violencia y atmósfera: el rugido del motor como música de terror
King, como buen novelista, puede permitirse largas secuencias de preparación antes de cada acto violento, cargando el ambiente con detalles de la carretera, del frío, de la tensión entre personajes. La violencia es explícita, pero no tanto como en otras obras suyas; aquí importa más el terror psicológico y la sensación de pérdida de humanidad. Carpenter, por su parte, aprovecha su maestría en el ritmo y el suspense visual: las secuencias en las que Christine persigue a sus víctimas, envuelta en las luces del salpicadero y el rugido del motor, son momentos icónicos del cine de terror ochentero. La escena del callejón, con Christine avanzando lentamente hacia un matón que no tiene dónde escapar, condensa toda la amenaza del coche en un plano prolongado, sin necesidad de palabras.Otro acierto cinematográfico es la manera en que Carpenter filma la “regeneración” de Christine. En la novela, King describe cómo el coche se repara solo, pero verlo en pantalla, con los metales retorciéndose y el cristal recomponiéndose mientras la cámara se acerca, es una experiencia visceral que añade un componente casi corporal a la maldad del vehículo.
Adolescencia, obsesión y destrucción
Tanto la novela como la película funcionan como metáforas de la adolescencia y la obsesión. Christine es, para Arnie, su primera relación seria: lo aparta de sus amigos, lo enfrenta con su familia y lo aísla del resto del mundo. El coche le da poder, independencia y una identidad nueva, pero al precio de su humanidad. En King, este subtexto es más evidente gracias a las reflexiones de Dennis, que interpreta la relación de Arnie con Christine casi como un romance tóxico. En Carpenter, el subtexto está presente pero se percibe más a través del lenguaje visual: los planos de Arnie acariciando la carrocería, hablándole al coche, o conduciendo de noche con una sonrisa perturbadora, iluminado por el salpicadero y la radio verde. La música de la película es brutal y en su contexto -a pesar de que muchas son canciones de amor- aterradora.
Fidelidad y divergencia
En resumen:
La película es fiel en la estructura básica (chico inadaptado compra coche poseído, gana confianza y se vuelve letal, amigo y novia intentan salvarlo), la metamorfosis de Arnie, y el protagonismo de Christine como personaje. Pero diferente en el origen del mal (fantasma de LeBay vs. maldad innata), el punto de vista narrativo (primera persona de Dennis vs. narrador objetivo), y el grado de explicación del horror. El resultado es que la novela ofrece un retrato más profundo y trágico de la corrupción de Arnie, mientras que la película apuesta por el impacto visual, la tensión y la mitificación del coche como ente diabólico.
Valoración final
Como adaptación, Christine de Carpenter no es una traslación literal, pero sí captura la esencia más poderosa de la novela: la historia de un joven cuya ansiada independencia y poder acaban convirtiéndose en una trampa mortal. Keith Gordon eleva la película con una interpretación que evoluciona de forma creíble y aterradora. Aunque Carpenter sacrifica la complejidad de LeBay y la perspectiva íntima de Dennis, gana en atmósfera y en iconicidad visual. El resultado es una obra que, si bien simplifica la mitología de King, sobrevive como un clásico del terror ochentero y como una de las adaptaciones más estilizadas de su obra. En última instancia, tanto el libro como la película nos dejan la misma advertencia: algunos amores —sean personas, máquinas o sueños de poder— vienen con un precio que se paga con el alma, y Christine, reluciente bajo las farolas de una noche americana, sigue esperando a su próximo conductor.
19 de agosto de 2025
El Rompehielos (Icebreaker, 2024): suspense helado en el fin del mundo
Uno de los mayores logros de la serie es su protagonista, interpretada con gran convicción por Jessica Grabowsky. Su Sanna Tanner, guardacostas arrastrada al epicentro de una pesadilla helada, resulta creíble, cercana y al mismo tiempo vulnerable, algo esencial en un relato donde lo inexplicable amenaza con devorar cualquier lógica. Su actuación se complementa con un elenco enigmático que parece diseñado para sembrar dudas constantes: no sabemos quién oculta qué, ni en qué punto los aliados pueden convertirse en enemigos, y aunque esta ambigüedad resulta estimulante, en ocasiones la serie peca de dar giros demasiado bruscos, transformando a personajes de buenos a malos en cuestión de escenas, lo que erosiona ligeramente la coherencia dramática. Sin embargo, este desconcierto también forma parte del hechizo: seguimos viendo porque necesitamos desentrañar quiénes son en realidad estas figuras atrapadas en el hielo.
Visualmente y acústicamente, El Rompehielos brilla con una fuerza hipnótica. La fotografía de los exteriores, con sus planos abiertos del mar helado y la noche polar, transmite un frío que atraviesa la pantalla. Pero es el interior del rompehielos lo que se lleva la palma: sus pasillos desiertos, sus salas iluminadas por luces mortecinas y su atmósfera densa convierten al barco en un personaje más, un ente fantasmagórico que parece tener voluntad propia. A ello se suma el uso eficaz de los flashbacks, que van dosificando información y conectando la trama con un trasfondo de mitología finlandesa que aporta un sabor único. Las leyendas de espíritus vengativos y presencias ancestrales flotan sobre el relato, reforzando la sensación de que estamos ante un horror que va más allá de lo humano, un mal que se funde con el propio paisaje.No obstante, pese a estas virtudes, la serie no está exenta de sombras. En más de un episodio se tiene la impresión de que la trama avanza a trompicones, demasiado ocupada en recrear atmósferas como para dar explicaciones mínimas que sostengan el pacto de verosimilitud. Uno de los ejemplos más evidentes es la ausencia de una justificación clara sobre por qué los guardacostas no son rescatados, un detalle que, aunque secundario, hubiera aportado una base más sólida al relato. Lo mismo ocurre con algunas casualidades que acompañan a la protagonista, demasiado convenientes para ser creíbles y que, en exceso, pueden sacar al espectador de la historia. Y, sin embargo, todo esto forma parte del juego: El Rompehielos no pretende ser un relato lógico, sino un descenso a lo irracional, un viaje a un territorio donde las reglas de lo real se quiebran bajo el peso de lo mítico. Por eso, más allá de sus imperfecciones, la serie consigue lo más difícil: dejarnos helados, inquietos y deseando saber qué demonios acechan en la oscuridad del hielo.
14 de agosto de 2025
Cujo (1983) de Lewis Teague: los finales felices no siempre son buenos
En términos cinematográficos, la adaptación de Cujo es un ejercicio notable en varios frentes. Rodada en California durante el verano, la producción enfrentó el desafío de trabajar con múltiples perros entrenados. Dee Wallace, en el papel de Donna Trenton, aporta una entrega física y emocional que sostiene la película entera: su sudor, su respiración agitada, la mirada en la que se mezclan el instinto protector y el terror puro, resultan tan creíbles que uno olvida por momentos que está viendo una actriz y no una madre real luchando contra lo inevitable. Danny Pintauro, como el pequeño Tad, encarna con precisión el miedo infantil, mientras que el montaje de Neil Travis y la fotografía de Jan de Bont acentúan el calor sofocante y la sensación de encierro. La cámara se pega a los cristales empañados, captura el zumbido de las moscas, deja que el tiempo se estire como un suplicio. Técnicamente, el film logra trasladar la experiencia sensorial de estar atrapado en ese coche con la amenaza rondando afuera. Y sin embargo, pese a ese virtuosismo formal, el guion introduce una grieta fundamental: la decisión de salvar al niño en el último instante.
En la novela, King se permite una crueldad que roza lo insoportable. Tad no muere devorado por el perro, sino lentamente, consumido por la deshidratación y el golpe de calor. Es una muerte “real”, sin heroísmos de último segundo, sin deus ex machina. King sabe que el terror más puro está en lo que no se puede revertir, en esa súbita consciencia de que no hay marcha atrás. La simbología es clara: los monstruos imaginarios —el del armario que Tad teme al inicio— son reemplazados por monstruos tangibles, y estos no siempre se pueden vencer. Donna mata a Cujo, sí, pero su victoria no es total; el precio es irreversible. En esa renuncia al final feliz está la médula de la novela: la constatación de que la vida, como el horror, no respeta las reglas del relato convencional. La tragedia no distingue entre los “buenos” y los “malos”, y la fuerza de voluntad, por más épica que sea, no garantiza el rescate. Es un recordatorio cruel, pero honesto, del carácter arbitrario del destino.La diferencia entre libro y película, entonces, no es solo de argumento, sino de naturaleza. En el libro, el final actúa como un golpe seco que deja al lector desarmado, pensando en lo inútil de ciertos esfuerzos, en lo frágiles que somos frente a una concatenación de infortunios. En la película, el mismo momento se convierte en un clímax triunfal: Donna rescata a Tad, lo reanima, y ambos sobreviven para ser abrazados por el alivio del espectador. El impacto narrativo cambia radicalmente. Donde King buscaba inquietud prolongada, el film ofrece catarsis; donde la novela deja una cicatriz emocional, la película deja un suspiro de alivio. El espectador de cine sale de la sala reconfortado, el lector de King cierra el libro con un nudo en la garganta que no se desata fácilmente. No es que el final feliz carezca de valor; simplemente no es Cujo tal como King lo concibió.
Esa alteración del desenlace resta, inevitablemente, fuerza a la adaptación. Es como si al llegar al borde del precipicio, la película se apartara para evitar que el espectador mire el abismo. No es un caso aislado: Hollywood ha suavizado muchas historias duras para ajustarlas a lo que considera “aceptable” para el público general. Pero hay ejemplos en los que se ha hecho lo contrario, y ahí radica la ironía. Pensemos en La niebla (2007), adaptación de Frank Darabont de otro relato de King. En ese caso, el director tomó un final ya pesimista y lo llevó a un extremo desgarrador, superando incluso la crueldad del texto original. El resultado fue una reacción visceral del público: incredulidad, llanto, rabia… pero también un reconocimiento unánime de que ese final había grabado la película en la memoria colectiva. Cujo podría haber tenido un destino similar si hubiera respetado la implacabilidad de la novela. En cambio, optó por cerrar la herida antes de que sangrara, privando a la historia de su golpe maestro. El terror, como la vida, necesita a veces recordarnos que no siempre ganamos, que no siempre hay un amanecer después de la noche más oscura. En el universo de King, esa verdad incómoda es parte de la magia. Y en la versión cinematográfica de Cujo, lamentablemente, se perdió.
11 de julio de 2025
The Last of Us: Una Adaptación que Falló el Tiro, de pleno
Desde su anuncio, la adaptación de HBO del aclamado videojuego The Last of Us generó una expectación desmesurada. Como suele pasar, cuando un globo se hincha mucho, suele terminar mal, en este caso muy mal. Tras dos temporadas que se han hecho eternas, el entusiasmo inicial se ha desvanecido, revelando una serie que, lejos de capturar la profundidad y el impacto del videojuego, se ha desinflado en una experiencia televisiva que oscila entre lo meramente pasable y el auténtico fiasco. Si bien la primera temporada logró algunos aciertos, la segunda se ha hundido en una aburrida espiral de acción floja y casi ausencia total de terror, que han terminado por matar la serie y la conexión con sus personajes, dejando al espectador con una sensación de profunda decepción.
La primera temporada: un inicio irregular con varios capítulos de relleno
La primera temporada de The Last of Us fue recibida con cierto bombo, y es cierto que intentó ser respetuosa con el material original. Presentó su puesta en escena muy cinematográfica. Incluso, se alabó el trabajo de Pedro Pascal como Joel, en las redes sociales y demás webs de expertos se alabó mucho su interpretación. Todo ello exagerado e inflado, un actor limitado que interpreta a un personaje complejo al que no se le sabe sacar el suficiente partido. Ya empezamos a inflar las críticas en las redes sociales, y luego pasa lo que pasa, que la realidad es la que es.
No obstante, esta temporada no estuvo exenta de problemas que sentaron las bases para las deficiencias futuras. A pesar de los elogios generales, la serie no consigue alejarse de una comparativa simple y limitada con el videojuego. Hubo episodios que se sintieron como puro relleno, con historias irrelevantes y muy aburridas, con el mensaje woke tan de moda hoy en día. Ya en esta temporada el espectador que lleva muchas jornadas de cine y series a sus espaldas comienza a tener esa sensación de "esta protagonista es un fiasco ¿Cuándo se la comerá un infectado?". Porque esa es la sensación que despierta la protagonista: absolutamente insufrible. Esta primera temporada dejó al espectador sin ninguna gana de más, pero parece que el guionista es el único animal que tropieza dos y hasta tres veces en la misma piedra, y atacaron con una segunda temporada.
La segunda temporada: un auténtico fiasco y el declive definitivo
Si la primera temporada presentaba grietas de gran tamaño, la segunda ha sido un auténtico colapso creativo. Los siete episodios de esta entrega, que han costado mucho dinero, no lograron justificar su elevado presupuesto con una calidad narrativa o interpretativa que estuviera a la altura. La temporada ha sido un auténtico fiasco, desorganizado, sin trama, con episodios muy flojos. Solamente se salva el ataque de los infectados al poblado, el resto es prescindible, muy prescindible.
La serie ha sacrificado el terror y la tensión característicos del videojuego en favor de una acción aburrida y muy predecible. Los momentos importantes de infectados se limitan a un par de ataques y nada más, dejando el resto de la serie con una notable falta de tensión. La banda sonora también ha sido una decepción y carente de inspiración.
El gran problema radica en que, tras el impactante y brutal asesinato de Joel, la temporada no logra mantener el nivel. Los episodios posteriores son aburridos, se hacen largo y predecibles, incapaces de alcanzar un mínimo de altura dramática y lo más importante, un mínimo de terror.
Ellie: la protagonista que nadie quiere seguir
El mayor lastre y, sin lugar a dudas, el principal punto de fracaso de la serie es la representación de Ellie a través de la actuación de Bella Ramsey. Aunque la serie se esforzó por ser fiel en localizaciones y secuencias, la elección de casting y la dirección actoral de la protagonista han sido un despropósito. Hay momentos en los que el espectador, frustrado, desearía que "se la coma un infectado", un sentimiento que, aunque drástico, encapsula la desconexión generada por el personaje. Cero empatía del espectador con ella, lo peor que puede pasar en una obra de cine.
Bella Ramsey no es capaz de interpretar al personaje, es una adolescente caprichosa y mal criada, más bien sacada de un barrio pijo, que de una apocalipsis zombi, donde se supone que la realidad ha curtido a las personas. Sobreactuación, falta de expresión, etc. La misma cara si está besando que si está matando a golpes a una persona. En definitiva, un desastre. Parece mentira que sea una serie de HBO, sí, la misma de True Detective.
Conclusión: un legado empañado
En resumen, The Last of Us de HBO, especialmente en su segunda temporada, es una serie con serios problemas de calidad. Si bien cuenta con elementos visuales impresionantes, una que otra escena de acción bien ejecutada y algunas actuaciones secundarias destacables, estas no logran compensar las deficiencias narrativas, el ritmo irregular y, sobre todo, la fallida y en ocasiones desagradable representación de su personaje central, Ellie. Es un desastre progre, especialmente la segunda parte, destruyendo una gran idea. Es una pena que una historia con tanto impacto emocional y complejidad moral en su formato original, haya encontrado en su versión televisiva una ejecución tan floja y, en ocasiones, irritante. Busquen otra serie si no han empezado a verla.
4 de junio de 2025
El Faro (2019): Locura en puro expresionismo alemán
La película El Faro (2019), dirigida por Robert Eggers y protagonizada por Willem Dafoe y Robert Pattinson, ha sido una de las propuestas cinematográficas más impactantes de los últimos años. El cine actual , muy carente de ideas y de nuevas propuestas, suele reaccionar (o sobre reaccionar) ante propuestas novedosas. Tal vez, este sea el caso de este film de terror psicológico, filmado en un claustrofóbico blanco y negro al más puro estilo del impresionismo alemán. Además, en formato cuadrado. Es una película enigmática, de atmósfera opresiva y simbolismo desbordante, pero estas son sus virtudes y también sus defectos.
El Faro sigue la historia de dos fareros, Thomas Wake (Willem Dafoe) y Ephraim Winslow (Robert Pattinson), quienes llegan a una remota isla para encargarse del mantenimiento de un faro a finales del S.XIX en Nueva Inglaterra. El planazo que tienen es increíble: dos semanas en una isla trabajando duro y sin ninguna distracción, y sin una conexión 5G. Lógicamente esto hace que la convivencia entre ambos se torna cada vez más tensa debido al carácter dominante de Wake y la creciente inestabilidad psicológica de Winslow. A medida que pasan los días, la paranoia, el alcohol y el aislamiento provocan una espiral de locura en la que la realidad y la fantasía se entremezclan. La luz del faro se convierte en una obsesión para Winslow, quien ansía acceder a ella, mientras que Wake lo mantiene alejado con celosa vigilancia. La historia desemboca en una serie de eventos surrealistas que culminan en la total destrucción de los protagonistas.
Sin duda, uno de los aspectos más importantes de El Faro es la actuación de sus protagonistas. Willem Dafoe ofrece una interpretación inolvidable como un farero experimentado y autoritario, mientras que Robert Pattinson brilla en su transformación de un joven reservado a un hombre consumido por la locura. La química entre ambos actores, llena de tensión y desesperación, es una de las grandes fortalezas de la película. Los diálogos arcaicos, basados en registros históricos de marineros y relatos de Herman Melville, refuerzan la autenticidad y el tono opresivo del film. El parecido con una obra de teatro es absoluta.
La decisión de Eggers de filmar en blanco y negro con una relación de aspecto cuadrada contribuye a la sensación de encierro y claustrofobia. Cada cuadro está compuesto con una meticulosidad que recuerda a la fotografía de principios del siglo XX, evocando las primeras películas de horror del expresionismo alemán. Además, el uso del sonido es fundamental para la atmósfera: el rugido constante del mar, el estridente bramido de la sirena del faro y los crujidos del viento refuerzan la sensación de aislamiento. La película produce un continuo desasosiego. La historia está cargada de simbolismo mitológico, especialmente relacionado con la figura de Prometeo y la mitología marina. Sin embargo, la falta de respuestas claras deja al espectador con cara de tonto, ya que la primera parte promete una historia de fantasía o similar y la segunda torna en una locura de los dos protagonistas. Para algunos espectadores, El Faro puede resultar difícil de seguir debido a su ritmo pausado. La repetición de ciertos eventos y la progresiva desintegración de la realidad hacen que el film se sienta como una experiencia hipnótica y en esto se queda, puro espectáculo onírico.
La película narra el proceso de locura humana por el aislamiento, al estilo de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, así como con Nosferatu (1922) y el cine expresionista alemán por su uso de la luz y las sombras. Su narrativa también recuerda a los relatos de H.P. Lovecraft, especialmente por su atmósfera de horror cósmico y la sensación de que hay algo inefable y aterrador más allá de la comprensión humana.
El Faro es una película que desafía al espectador, exigiendo un compromiso total con su historia y estética. Sus actuaciones impecables, cinematografía hipnótica y narrativa enigmática la han convertido en una obra de culto para los amantes del cine experimental y psicológico. La película no deja de tener un importante lado pretencioso, pero es indudable su calidad estética. Cada uno tendrá su opinión, creo que es un film sobrevalorado, con sus virtudes estéticas, pero carente de una coherencia narrativa que desmerece todo el esfuerzo que se ha puesto en él. Tengo pendiente La Bruja, del mismo director, veremos que tal.
23 de mayo de 2025
Nosferatu (1922): El origen del horror vampírico en el cine y su posterior influencia en el género
El relato: una adaptación velada de Drácula
El guion, escrito por Henrik Galeen (el mismo que escribió y dirigió la magnífica The Golem), sigue la estructura básica de la novela de Bram Stoker, aunque con cambios significativos para evitar problemas de derechos de autor (que, irónicamente, la viuda de Stoker detectó y llevó a juicio, ordenando la destrucción de varias copias de la película). En lugar del Conde Drácula, tenemos al terrorífico Conde Orlok (Max Schreck), un vampiro que acecha desde un castillo en los Cárpatos y que, al viajar a Alemania, lleva consigo la peste y la muerte. Tenemos por tanto a la representación del mal en el personaje.![]() |
| Thomas Hutter - Nosferatu (1922) |
El elemento de la peste es una de las innovaciones más interesantes del film, que vincula al vampirismo con una amenaza epidémica en lugar de enfocarse únicamente en la seducción y la aristocracia decadente del personaje de Stoker.
Un estilo visual icónico y perturbador
La estética de Nosferatu es una de las claves de su impacto. A diferencia de otras películas expresionistas alemanas como El gabinete del Dr. Caligari (1920), que usaban decorados artificiales y distorsionados, Murnau opta por rodar en locaciones reales, lo que le otorga a la película una sensación de realismo macabro. Sin embargo, sigue habiendo un fuerte juego con las sombras y la iluminación contrastada, elementos claves del expresionismo. Son estas sombras y claros, los que de forma metafórica también ayudan a comprender la dualidad del mal frente al bien. La luz termina con el mal, que siempre se esconde en las sombras.
Uno de los momentos más icónicos de la película es la escena en la que Orlok sube lentamente unas escaleras, proyectando su espeluznante sombra sobre la pared. Este tipo de imagen, donde el horror del personaje se sugiere a través de la silueta y no solo por la criatura en sí, se convirtió en un recurso recurrente en el cine de terror posterior.
Max Schreck y la creación del monstruo vampírico
El Orlok de Max Schreck es radicalmente distinto de las representaciones posteriores del vampiro. Mientras que Drácula en la novela y en futuras películas es un aristócrata seductor y elegante, Orlok es una criatura inhumana: tiene las orejas puntiagudas, los dedos largos y garras, sus ojos están hundidos y un caminar rígido y antinatural, loe confieren un aire inhumano. Su imagen remite más a un cadáver reanimado que a un ser de seducción nocturna. Su simple presencia aterroriza, la del Conde Drácula encandila. Esta decisión estética influenció enormemente la manera en que el cine retrataría a los vampiros como monstruos incontrolables. Aunque posteriormente la imagen del vampiro regresaría a una estética más elegante (como en Drácula de Tod Browning con Bela Lugosi), el aspecto cadavérico de Orlok influyó en otras interpretaciones, como Salem’s Lot (1979), donde el vampiro Kurt Barlow se asemeja más al Nosferatu de Murnau que al Drácula clásico.El legado en el cine de vampiros
El impacto de Nosferatu se siente en prácticamente todas las películas de vampiros posteriores:
Drácula (1931) de Tod Browning: Aunque el Conde Drácula de Lugosi es más refinado, la estructura narrativa de Nosferatu inspiró muchas de sus escenas, incluyendo la llegada del vampiro en barco y la atmósfera gótica de la película.
Nosferatu, el vampiro de la noche (1979) de Werner Herzog: Este remake es una reimaginación directa del film de Murnau, con Klaus Kinski interpretando una versión más trágica y melancólica de Orlok, enfatizando el vampirismo como una maldición y no solo como una fuente de horror.
La Sombra del Vampiro (2000) de E. Elias Merhige: Una película que juega con la idea de que Max Schreck era un vampiro real, mostrando la filmación de Nosferatu como un proceso en el que el director sacrificó todo por la autenticidad.
Salem’s Lot (1979): Basada en la novela de Stephen King usa un diseño de vampiro fuertemente influenciado por Orlok, con un rostro pálido, ojos brillantes y rasgos animalescos.
El cine de terror en el SXXI: La estética cadavérica y la mitología del vampiro como una criatura más allá de la humanidad han permeado películas contemporáneas como Déjame entrar (2008) o incluso series como The Witcher, donde algunos monstruos recuerdan a Orlok más que a Drácula. También los vampiros de 30 días de Oscuridad se inspiran en este tipo de personaje vampírico. Por supuesto, también el remake de Robert Eggers que tengo en la lista de pendientes.
Más de cien años después de su estreno, Nosferatu sigue siendo una de las películas más inquietantes de la historia del cine. Su atmósfera, su estética y su construcción del vampiro como un monstruo más que como un aristócrata refinado han influenciado a generaciones de cineastas. El mal no se disfraza, muestra su rostro y su cuerpo de forma real.
Si bien Bela Lugosi y Christopher Lee redefinieron al vampiro en su versión más seductora, la presencia espectral y cadavérica de Orlok nunca ha desaparecido del imaginario cinematográfico. Cada vez que vemos a un vampiro de piel pálida y ojos hipnóticos acechando en la noche, es inevitable recordar la silueta de Orlok ascendiendo lentamente las escaleras, una imagen que permanece impresa en la memoria del cine de terror. Imperecedera como los vampiros.
20 de mayo de 2025
8 de mayo de 2025
M, el vampiro de Düsseldorf (1931): obra maestra con un Peter Lorre sublime
"M", que es su título original, es una obra maestra del cine alemán dirigida por Fritz Lang en 1931 y protagonizada por Peter Lorre en el papel de Hans Beckert, un asesino de niños. En muchos países se le añadió el vampiro de Düsseldorf, en referencia al infame asesino en serie Peter Kürten, que aterrorizó Alemania en el final de la década de los 20."M" no solo es una de las primeras películas sonoras de Fritz Lang, sino que también estableció muchas de las convenciones del thriller psicológico. Su influencia se extiende a directores como Alfred Hitchcock o a Orson Welles, entre otros.
Argumento
La película sigue a Hans Beckert, un asesino en serie que aterroriza Berlín, atrayendo a sus víctimas -niñas pequeñas- con globos y dulces. Su método es silencioso, pero deja tras de sí una sociedad paranoica y desesperada por atraparlo. La desesperación por encontrar al asesino une a dos mundos opuestos: la policía y el hampa, cuya histeria colectiva está afectando a sus negocios. Esto lleva a un clímax memorable donde los propios criminales organizan un juicio clandestino contra Beckert, con un Peter Lorre en una actuación inolvidable, suplicando por su vida y argumentando que no puede controlar sus impulsos.Innovaciones y Estilo Visual
El director hace un uso pionero del sonido, estamos en los inicios del cine sonoro, Fritz Lang usa el silencio y los efectos de sonido de manera magistral. Por ejemplo, Beckert es identificado porque siempre tararea la misma canción, lo que se convierte en su firma auditiva. La utilización de la fotografía expresionista con iluminación contrastada y las sombras muy marcadas recuerdan al expresionismo alemán (Nosferatu, El gabinete del Dr. Caligari), generando un ambiente opresivo y de paranoia. Además, Fritz Lang utiliza el montaje paralelo alternando escenas de la policía y los criminales en su búsqueda del asesino, aumentando la tensión narrativa.Peter Lorre en un papel icónico
Este fue el papel que catapultó a Peter Lorre a la fama. Su actuación es hipnótica: al principio su personaje es invisible, una sombra en la ciudad, pero cuando finalmente aparece en pantalla, nos muestra a un hombre frágil, atrapado en su compulsión asesina. Su monólogo final, llorando y rogando por su vida, es tal vez una de las actuaciones más impactantes de la historia del cine.
y detrás de mí corren los fantasmas de las criaturas, nunca se apartan de mí
"M, el vampiro de Düsseldorf" es mucho más que un thriller sobre un asesino. Se trata de una exploración de la justicia, la paranoia social y la monstruosidad oculta dentro del ser humano. Más de 90 años después de su estreno, sigue siendo una de las películas más influyentes de todos los tiempos y una obra imprescindible para cualquier amante del cine.
Os la dejo por aquí para que la disfrutéis:
9 de marzo de 2025
Un lugar Tranquilo Día 1 (2024): hay un gato y aliens, pero no es tan buena como la de Scott
Hollywood se enfrenta a un problema, que sucede en cualquier arte humana y es que el paso del tiempo termina consumiendo muchas ideas. Un Lugar Tranquilo (2018) fue una de las mejores películas de terror de los últimos años, y su secuela mantuvo un cierto nivel, lo que no es fácil. Pero claro, hay una franquicia y hay que seguir con ella, Hollywood es así, exprime las naranjas hasta la cáscara, y claro, el zumo termina amargando. El elemento clave de la primera película era la sorpresa, había que mantener el silencio ¿por qué? se descubrió en los primeros minutos, magistrales, de la película. Esa sorpresa ya quedó desvelada y hacer que segundas partes o precuelas mantengan el nivel alto se hace muy complicado.
Es el fin del Mundo, se acabaron las personas, se acabó Nueva YorkHoy traigo la precuela de Un Lugar Tranquilo, es decir Un Lugar Tranquilo: Día 1, como su título indica empezamos en el día en que todo se tuvo que convertir en silencio ¿dónde? en un lugar muy ruidoso: la ciudad de Nueva York. La película explora el personaje de Sam (muy bien interpretado por Lupita Nyong'o), que enferma terminal se enfrenta a sus últimos días de vida. Ella hace una visita a la ciudad de Nueva York, con tan mala suerte que es el mismo día en que todo comienza, el principio del final. La primera parte de la película es interesante, con imágenes que nos recuerdan el fatídico 11S. La dirección de Michael Sarnoski es aceptable, pero no llega ni de lejos a la gran dirección de John Krasinski en las otras dos películas. Después, la película se vuelve algo pesada, cae en un cierto absurdo en el que los dos protagonistas parece que se quieren suicidar al intentar ir a buscar un trozo de pizza -sí, suena ridículo pero es así- en la dirección contraria a la salvación. Además, el protagonista masculino -Joseph Quinn- también se juega la vida por un gato y representa a un personaje miedoso -muy bien interpretado- que termina siendo valiente muy a su pesar. La historia entretiene, que no es poco, está rodada de forma aceptable y con cierto buen ritmo. Pero no termina de convencer, el paseo de los dos protagonistas por Nueva York no se justifica por un pedazo de pizza, por muy buena que esta sea: señores guionistas, dejen los estupefacientes y aterricen en la Tierra. Hay que ser más serios con las tramas.
Se trata en definitiva de una película muy pasable, que era absolutamente innecesaria. Se pasa el rato, pero se olvida pronto. Dejemos las grandes obras donde están, no hagamos más "el Alien" como Scott, por favor.
21 de febrero de 2025
Pandorum (2009): Coctelera con Alien, Horizonte Final y The Descent, agitado en lugar de mezclado
Pero, vamos a comenzar. La película empieza muy potente, claustrofóbica al máximo. El cabo Bower (Ben Foster) se despierta de una larga hibernación, no recuerda bien quién es ni lo qué hace en la nave. La amnesia es un efecto de la larga hibernación. Después se despierta el Teniente Payton (Dennis Quaid) y los dos se tienen que enfrentar a lo desconocido y a esa amnesia que no les deja ver bien en que lio están metidos. Pero nada es lo que parece.
Si por algo destaca en Pandorum es por su atmósfera opresiva. La película juegan con la oscuridad, las luces parpadeantes y los espacios cerrados para crear una sensación de desorientación constante. La nave espacial Elysium es un laberinto de metal y sombras, casi un personaje en sí mismo, que transmite la misma angustia que el Nostromo en Alien o la Event Horizon en la película homónima de Paul W.S. Anderson. En este aspecto la película lo borda. La nave está llena de criaturas nada amigables, y el cabo Bower se debe enfrentar a ellas con la ayuda que va encontrando por el camino. El objetivo es conectar el reactor para evitar que todos terminen muriendo, pero no será nada fácil.
¿Y el resto de la tripulación?
Aún no lo sé señor
No sigas leyendo ya que cuento el final.
El problema de la película es que a pesar de su propuesta intrigante, el guion de Travis Milloy presenta varios puntos flojos. La estructura narrativa intenta ser no lineal y fragmentada, pero a veces cae en la confusión más que en la intriga, el espectador no termina de saber bien que pasa y tampoco la narrativa ayuda a entenderlo plenamente. El giro final—descubrir que la nave ya llegó a su destino y que el océano en el que se encuentra es en realidad el nuevo planeta al que debía llegar la humanidad—es interesante, pero su impacto se ve diluido por una serie de revelaciones previas que no terminan de encajar del todo bien. Además, las criaturas mutantes que pueblan la nave, aunque efectivas en términos de terror, tienen una justificación narrativa endeble. Los guionistas, como siempre carentes de conocimientos en biología, sugiere que son humanos que han evolucionado (o involucionado) debido a generaciones de supervivencia extrema en la nave, teniendo en cuenta que son humanos y el viaje era de 120 años poca evolución se va a dar, pero la lógica detrás de esas transformaciones no se desarrolla del todo. En cualquier caso, son el equivalente a nuestro querido xenomorfo de los años 70. El guion también peca de forzado. Hay varios momentos donde los personajes explican elementos clave de la trama con un didactismo innecesario, en lugar de permitir que la narrativa los revele de manera más lógica y que el espectador lo entienda por si solo.Ben Foster es, sin duda, lo mejor del reparto. Hace una gran actuación que logra transmitir desesperación, paranoia y vulnerabilidad, elementos esenciales para conectar con el público, en una historia donde el protagonista está desorientado y tiene que sobrevivir a peligros desconocidos. La forma en que su personaje evoluciona, desde la confusión hasta el enfrentamiento final con la verdad, es uno de los puntos fuertes de la película. Por el otro lado, Dennis Quaid flojea, no le da suficiente credibilidad al personaje ni la profundidad psicológica que requiere. Interpretación excesivamente rígida y poco matizada, especialmente en las secuencias finales donde se revela su verdadera naturaleza. En otras palabras, Quaid actúa como si estuviera en una película de acción, pero el tono de Pandorum exige una mayor sutileza psicológica, estamos al borde o mejor dicho plenamente metidos en la locura y eso hay que saber interpretarlo. Hay luego actuaciones secundarias aceptables como la de Antje Traue que nos recuerda un poco a una Milla Jovovich dando saltos en Resident Evil.Pandorum no es ni mucho menos una película perfecta pero tampoco mala. Su guion es demasiado ambicioso, y aunque plantea temas interesantes, su desarrollo es desigual. Sin embargo, su atmósfera claustrofóbica, el gran trabajo de Ben Foster la elevan por encima de muchas producciones genéricas de ciencia-ficción. Si te gusta el terror y la ciencia-ficción es una película imprescindible. Pandorum merece ser vista. No alcanza ni por asomo la maestría de Alien, pero es una película que, con sus defectos, entretiene. Si hay que puntuar le podemos dar un 7.5 sobre 10. Una obra imperfecta pero con momentos memorables y un gran trabajo visual. La claustrofobia como marca de la película.
18 de febrero de 2025
Estrenos de cine para 2025: Los Pecadores
El terror siempre es un género que entretiene, simplemente hay que poner bien los ingredientes para mantener el interés y no aburrir al espectador. Este año el director Ryan Coogler estrena la película Los Pecadores (Sinners). No he visto nada de este director, pero el tráiler promete pasar miedo, bueno como casi todos los tráileres, que suelen hacer bueno lo malo, y en ocasiones, lo que es peor, lo bueno en malo.....
Con la intención de dejar atrás sus vidas complicadas, dos hermanos gemelos (Jordan) vuelven a su pueblo natal con la esperanza de comenzar de nuevo, pero pronto descubren que un mal aún más oscuro los espera para recibirlos. Fantasma, vampiros, demonios....ya veremos.
2 de febrero de 2025
Tres películas fundamentales sobre muertos vivientes
Es uno de los subgéneros de terror que más angustia ha creado siempre en el espectador. La idea de que los muertos puedan revivir y atacar a los vivos supone algo terrorífico en la imaginación humana. De este subgénero hay películas y series para aburrir. Os traigo tres de las más importantes y cuál creo que es el motivo de su importancia en el cine. Hay muchas más...
Night of the Living Dead (1968) - La Noche de los Muertos Vivientes
Director: George A. Romero
Película que es la piedra angular del género zombi moderno. El director George A. Romero redefinió el concepto de los muertos vivientes, alejándose de la figura clásica del "zombi haitiano" para crear a los zombis como cadáveres reanimados que se alimentan de carne humana. En su película no se quedó solamente en el terror y también abordó temas sociales y políticos como el racismo, la histeria colectiva y la desconfianza hacia las instituciones.
Dawn of the Dead (1978) - El Amanecer de los Muertos
Director: George A. Romero
Repetimos director. Ambientada en un centro comercial, no solo se centra en la supervivencia, sino en cómo los humanos se comportan bajo presión, usando el apocalipsis zombi como una metáfora de la sociedad moderna. También es destacada por sus innovadores efectos gore a cargo de Tom Savini. Ojo que hay una versión europea rodada por Dario Argento.
28 Days Later (2002) - 28 Días Después
Director: Danny Boyle
No son los "zombis clásicos", en este caso se trata de humanos infectados por un virus. En cualquier caso, esta película reinventó el género al introducir criaturas rápidas, violentas y aterradoras. Su estilo de filmación, con cámaras digitales y un enfoque visceral, le dio un aire más realista y marcó el renacimiento del género zombi en el siglo XXI. Las imágenes apocalípticas de Londres también son mut destacables. A partir de ella han venido muchas más.
31 de enero de 2025
The Walking Dead: Daryl Dixon - The Book of Carol: Segunda temporada muy decente
En la segunda temporada aparece Carol (la actriz Melissa McBride), la cual ha conseguido llegar desde USA hasta Francia (no diré más). Ella se une a nuestro héroe para intentar regresar a su hogar. De nuevo, el ambiente apocalíptico de una Francia destruida por los caminantes está muy conseguida. Buenas aventuras, con su dosis de acción. Muy decente segunda temporada.
4 de enero de 2025
Series para el año 2025: The Walking Dead: Daryl Dixon - Tercera Temporada
Para este año se anuncia la tercera temporada de The Walking Dead: Daryl Dixon. Tras la gran primera temporada y la más que correcta segunda temporada (con el memorable final en el Eurotunel). Se anuncia para este año la tercera temporada. La principal novedad es que ahora el apocalipsis zombi se ha rodado en España. Parece que el spin-off de la serie original está dando buenos resultados. ¿Veremos Madrid devastada por los zombis? Aquí os dejo el tráiler.
31 de diciembre de 2024
Series para el año 2025: The Last of Us (Segunda Temporada)
La segunda temporada de la serie de televisión de HBO The Last of Us está programada para estrenarse a principios de este año. Esta serie se basa en los videojuegos desarrollada por Naughty Dog. La primera temporada fue en mi opinión bastante irregular, con capítulos memorables y otros completamente soporíferos. La serie se sitúa veinte años después del inicio de una pandemia causada por una infección fúngica masiva, que convierte a los humanos infectados en seres similares a muertos vivientes, lo que lógicamente provoca el colapso de la sociedad. La segunda temporada, basada de nuevo en el videojuego de 2020I, sigue a Joel (Pedro Pascal) y Ellie (Bella Ramsey) cinco años después de los eventos de la primera temporada e introduce al personaje de Abby (Kaitlyn Dever).
La temporada se ha filmado en la Columbia Británica desde febrero hasta agosto de 2024. Se espera que la temporada tenga una duración de siete episodios. Aquí os dejo el tráiler:
26 de diciembre de 2024
Tren a Busan (2016): no es una película más de zombis
El cine de zombis o muertos vivientes (o variantes de infecciones víricas) es tal vez uno de los subgéneros dentro del cine de terror más estimulante para los espectadores amantes del terror distópico. Desde la pionera "White Zombi" (1932) (La legión de los hombres sin alma) de Victor Halperin, son muchas y muy buenas (y también terriblemente malas) las películas del género. George A. Romero en sus magníficas Night of the Living Dead (1968) y Dawn of the Dead (1978) dio al género el empujón que necesitaba. La película que os traigo hoy es una variante coreana sobre el cine de zombis, en este caso de infectados rabiosos, que supone tal vez una de las mejores de los últimos años. Su director (el coreano Yeon Sang-ho) ha sabido darle a la película varios componentes que la hacen una gran película. Empecemos con ella.
Los tres primeros minutos de la película ya prometen al espectador una cinta fuera de lo común. Un hombre en su camión es parado por un grupo de hombre con trajes blancos y mascarillas para desinfectar su camión, una pequeña fuga sin importancia -como siempre "sin importancia"-, después el conductor atropella un ciervo. Se va y deja el cuerpo ensangrentado en el asfalto.... Al principio estamos con un ritmo pausado, hay una presentación de personajes, con sus problemas detrás. El espectador va entendiendo a cada uno de los protagonistas y esto es bueno, esto hace que el cine sea cine y no un grupo de acróbatas dando saltitos. El espectador empieza a intuir que algo malo está sucediendo en Corea del Sur, pero no termina del todo de saber qué es. Los dos protagonistas principales (padre e hija) cogen el tren para ver a la madre de la niña, que es la ex del padre (dos papelones, el padre por parte del actor Gong Yoo y la hija, especialmente buena su interpretación, por parte de Kim Soo-an). Gran parte de la acción se desarrolla dentro de un tren de alta velocidad, sí en un tren, y esto hay que saber rodarlo muy bien para que quede creíble. El director lo consigue, acción trepidante dentro de los vagones infectados de rabiosos seres sedientos de sangre humana. Estamos ante personajes normales, sin armas (como suele ser últimamente este tipo de películas, lo que le resta credibilidad), que tienen que luchar con sus propios medios e imaginación contra un peligro nuevo y mortal. Además, el ambiente claustrofóbico del tren continúa cuando los protagonistas salen de él. Dentro del grupo de humanos no infectados surgen las tensiones típicas del cine de catástrofes, destacando el papel de ruin y cobarde Yong-Suk (el actor Kim Eui-Sung), lo hace tan bien que todos estamos deseando que se lo coma un zombi, magistral. La acción es frenética, pero gracias a la combinación de momentos dramáticos, hace que la película no sea solamente acción, hay una historia de personajes rotos, de crítica social a un sistema deshumanizado. En esto bebe de las grandes obras de George A. Romero. Merece la pena verla, son 180 minutos en los que uno no despega los ojos de la pantalla. La precuela es cine de animación (Seoul Station, 2016) y hay una segunda parte, Península (2020).
-¿Tú no tienes miedo?
-Claro que sí, también estoy asustado.
24 de diciembre de 2024
Estrenos de cine para 2025: 28 años después
El próximo año nos depara algunas películas prometedoras, al menos viendo directores y argumentos. Una de ellas es "28 años después", es decir la tercera parte de una de las películas de zombis más icónicas de este siglo: "28 días después" (2002), la cual permitió revivir (nunca mejor dicho) el subgénero de las películas de zombis. Aquella película mostraba un mundo apocalíptico, concretamente un Londres apocalíptico, en el que el actor irlandés Cillian Murphy mostraba sus grandes cualidades interpretativas. La segunda parte, "28 semanas más tarde" (2007), comenzaba de forma espectacular, con cierto efectismo posterior y en general era una segunda parte aceptable.
Ahora nos llega la tercera, que se estrenará el 20 de junio de 2025. Nos narra la historia de los supervivientes 28 años después de los sucesos de la segunda parte, el virus que convierte a los humanos en seres violentos y llenos de ira ha regresado. Un grupo de supervivientes debe sobrevivir en un mundo asolado por hordas de infectados. Parece que la película ha sido rodada con un iPhone y con la ayuda de diferentes cachivaches especializados. El director es el mismo de la primera parte: Danny Boyle. El tráiler cuanto menos es bastante inquietante, esperemos que la película cumpla.

















