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25 de enero de 2026

La alta velocidad en España: un sinsentido económico, ambiental y social

En las últimas décadas, la alta velocidad ferroviaria se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política de infraestructuras en España, presentada de forma casi incuestionable como sinónimo de progreso, modernidad y cohesión territorial. Sin embargo, un análisis mínimamente riguroso de su relación coste-beneficio obliga a matizar seriamente este relato, especialmente cuando es utilizado como un mantra por nuestra casta política. Si se observan los datos de operación y mantenimiento, así como las mejoras reales de tiempo obtenidas en los corredores más representativos, emerge una paradoja difícil de justificar desde el punto de vista económico y social: se realizan inversiones y se asumen costes de mantenimiento extraordinariamente elevados para obtener ahorros de tiempo que, aunque perceptibles, resultan relativamente modestos en proporción al esfuerzo financiero desplegado. El AVE ofrece un ejemplo paradigmático de cómo la obsesión por la velocidad máxima y el marketing político puede conducir a políticas públicas desequilibradas, donde el aumento de costes crece mucho más rápido que los beneficios reales para la mayoría de los usuarios.

Tomemos como referencia el corredor Madrid–Sevilla, con una distancia aproximada de 390 kilómetros. Utilizando valores medios realistas, el AVE circula en España a una velocidad comercial cercana a los 222 km/h, mientras que un tren convencional de larga distancia puede alcanzar de media unos 140 km/h. La diferencia de tiempo resultante es de aproximadamente 60 minutos. El AVE completaría el trayecto en alrededor de una hora y cuarenta y seis minutos, frente a las casi dos horas y cuarenta y siete minutos de un servicio convencional equivalente. Este ahorro de una hora puede parecer significativo en términos absolutos, pero pierde fuerza cuando se analiza en relación con los costes que implica. No se trata de duplicar la velocidad ni de reducir el tiempo a la mitad, sino de una mejora del orden del 36%, lograda a costa de infraestructuras mucho más complejas, rígidas y costosas. La comparación de los costes de mantenimiento de la vía refuerza esta desproporción. Para un corredor de 390 kilómetros, el mantenimiento anual de una línea de alta velocidad se sitúa en torno a los 42,9 millones de euros, frente a los aproximadamente 15,6 millones que requeriría una línea convencional. Es decir, la alta velocidad supone un gasto casi tres veces superior para obtener una mejora temporal que no alcanza ni el doble del rendimiento. Este desequilibrio es crucial: gastar más del doble de recursos no implica ahorrar el doble de tiempo, lo que pone en cuestión la eficiencia económica del modelo. Además, estos costes de mantenimiento son estructurales y permanentes, se repiten año tras año y se suman a los enormes desembolsos iniciales de construcción, que en el caso del AVE se cuentan en decenas de millones de euros por kilómetro. En este ejemplo, tras cuatro años sin AVE hubiéramos ahorrado dinero suficiente para la construcción de un moderno hospital. Es decir, desde la inauguración del primer AVE en el nefasto año 1992, hubiéramos tenido dinero para 8 hospitales nuevos.

Esta lógica de rendimientos decrecientes debería hacernos reflexionar sobre el sentido último de la política ferroviaria española que nuestra casta política ha aplicado desde el funesto año 1992. La alta velocidad no solo es cara de mantener, sino que exige trazados muy específicos, con radios de curva amplísimos, fuertes movimientos de tierras, túneles y viaductos de gran impacto ambiental. La fragmentación del territorio, la afección a ecosistemas y paisajes, y la dificultad de integración urbana de estas infraestructuras son costes sociales que rara vez se incorporan de forma honesta al debate público. Además, esas costosas obras son presa fácil para la corrupción, cada vez más dominante en las Administraciones españolas. Frente a ello, el ferrocarril convencional ofrece una mayor capacidad de adaptación al territorio, permite servir a un mayor número de poblaciones intermedias y favorece una red más capilar y cohesionadora, en lugar de una lógica radial y elitista centrada en unos pocos nodos privilegiados.

Por otro lado, la cuestión de la seguridad, tradicionalmente asociada de forma automática a la alta velocidad, merece también una revisión más matizada. Si bien el AVE presentaba hasta hace poco excelentes registros en términos de fallecidos, no es menos cierto que las líneas convencionales, especialmente cuando están bien mantenidas y modernizadas, han demostrado históricamente un alto nivel de seguridad para los pasajeros. Los sistemas convencionales permiten una explotación más flexible, con menores exigencias tecnológicas y una mayor capacidad de respuesta ante incidencias, lo que reduce la vulnerabilidad sistémica. La reciente preocupación social por la seguridad ferroviaria pone de relieve que no siempre más velocidad implica más protección, y que la robustez del sistema en su conjunto es tan importante como la sofisticación de sus componentes. Cuando hablamos de seguridad el término "la velocidad mata", tan aplicado al tráfico, parece que se olvida en la alta velocidad.

Desde una perspectiva social, la alta velocidad plantea también problemas de equidad. El AVE tiende a beneficiar principalmente a viajeros de larga distancia con mayor capacidad adquisitiva, mientras que el ferrocarril convencional cumple una función social más amplia, dando servicio a estudiantes, trabajadores y pequeñas comunidades que quedan fuera del mapa de la alta velocidad. Apostar de forma casi exclusiva por el AVE implica desatender estas necesidades cotidianas, debilitando el papel del tren como servicio público vertebrador y reforzando una visión del transporte centrada en la rentabilidad simbólica y política, más que en la utilidad colectiva. Además, la liberación del sector impuesta por la globalista y oligárquica UE no ha hecho más que empeorar la situación del tren en España.

En definitiva, los datos muestran con claridad que la política del AVE responde más a una lógica de marketing político que a un análisis racional de eficiencia, sostenibilidad e integración social. Ahorrar una hora de viaje a costa de multiplicar los costes de mantenimiento, aumentar el impacto ambiental y reducir la flexibilidad del sistema ferroviario es una decisión que debería ser, como mínimo, objeto de un debate mucho más crítico y transparente. Además, el accidente ferroviario de Adamuz pone en evidencia que la tan cacareada seguridad del AVE no es tal, ya que "la velocidad mata", como nos recuerda machaconamente la DGT, cuya política consiste en reducir la velocidad máxima en las carreteras para evitar las graves consecuencias de choques a altas velocidades.

Revalorizar el ferrocarril convencional, invertir en su modernización y mejorar sus prestaciones sin caer en la obsesión por la velocidad extrema podría ofrecer una alternativa más equilibrada, sostenible y justa. En un contexto de recursos limitados y crecientes desafíos ambientales y sociales, quizá ha llegado el momento de preguntarnos no cómo llegar antes, sino cómo llegar mejor. En este contexto, una rectificación, aunque tardía y costosa económicamente, podría ser una apuesta de futuro por la vertebración de España y el uso racional del dinero público.

12 de septiembre de 2025

Un ejemplo de la destrucción del patrimonio y la memoria: Riaño (León)

Hubo un tiempo en el que Riaño no era un pueblo nuevo de calles rectas y viviendas alineadas, sino un valle vivo, abrazado por montañas, donde la piedra de las casas y las campanas de su iglesia marcaban el ritmo de una comunidad orgullosa de su historia. Allí, en el corazón de la montaña leonesa, se levantaba el viejo Riaño, un municipio que durante siglos creció junto al río Esla, testigo de generaciones de ganaderos, de tradiciones arraigadas y de una forma de vida que parecía inmutable. Pero a mediados del siglo XX comenzó a gestarse una amenaza: el proyecto de un gran embalse que acabaría por devorar no solo las tierras de cultivo y los prados, sino también la memoria material de pueblos enteros. El plan se justificó con razones de interés nacional —regadíos, producción hidroeléctrica, control de aguas—, pero detrás de esa fría retórica administrativa estaba el sacrificio forzado de nueve pueblos, entre ellos el Riaño original, cuyas piedras, calles y recuerdos quedaron condenados a hundirse bajo el agua. Años de resistencia vecinal no bastaron para detener las máquinas ni para frenar una decisión que se presentó como inevitable. Y así, en la década de los ochenta, se inició la demolición de uno de los valles más bellos de León, con un proceso tan apresurado y autoritario que aún hoy duele recordar.

La herida más profunda de aquel final se abrió el 7 de julio de 1987, cuando la iglesia parroquial del viejo Riaño fue volada con dinamita. No se trataba de un edificio cualquiera: era el corazón espiritual y comunitario del pueblo, el lugar de bodas y funerales, de fiestas patronales y de campanas que convocaban a los vecinos en los momentos de alegría y de duelo. Esa iglesia pudo haber sido trasladada al nuevo Riaño, como sí ocurrió con los templos de La Puerta y Pedrosa del Rey, cuidadosamente desmontados piedra a piedra y reconstruidos en el nuevo asentamiento. Pero con la de Riaño se eligió otro camino: la voladura rápida y definitiva. No fue por imposibilidad técnica, porque la experiencia con las otras iglesias demostraba que el traslado era factible. Fue una decisión política, cargada de un simbolismo que aún se percibe como un gesto dictatorial. Se quiso borrar de un golpe la posibilidad de que el templo se convirtiera en un lugar de resistencia, de memoria o de peregrinaje para quienes no aceptaban la desaparición del valle. Dinamitarla significaba acabar con el último símbolo del viejo Riaño y transmitir un mensaje rotundo: no había marcha atrás. Lo que se hundía bajo las aguas no era solo un pueblo, sino también la dignidad de sus vecinos y la memoria colectiva de una comarca. Hoy, cuando uno pasea por el nuevo Riaño y contempla las montañas reflejadas en el embalse, no puede evitar sentir la belleza melancólica del paisaje y, al mismo tiempo, el peso de la injusticia. Porque aquel acto no fue solo un error urbanístico o una decisión dura en nombre del progreso: fue una amputación cultural y emocional. La nostalgia se mezcla con la rabia al recordar cómo se prefirió la dinamita al cuidado, la imposición a la empatía. Y quizá por eso, cada campanada que resuena hoy en las iglesias trasladadas recuerda lo que ya no existe: un pueblo que fue sacrificado sin escuchar a su gente, una iglesia que se borró de forma brutal y un valle cuya memoria, pese a todo, sigue viva en quienes aún lo llevan en el corazón.



20 de agosto de 2025

Yebes y Angón: dos polos opuestos de una misma provincia

Las cifras, a menudo frías y desnudas, esconden detrás historias humanas y paisajes que se transforman. La última estadística del Instituto Nacional de Estadística sobre la provincia de Guadalajara ha despertado titulares llamativos: el municipio que más crece es Yebes, mientras que el que más decrece es Angón, un rincón escondido de la Sierra Norte. Dos polos opuestos de una misma tierra, dos formas de entender la vida que parecen separarse irremediablemente: el empuje desordenado y urbanita frente al mundo rural y tradicional que languidece.

Yebes: el crecimiento como vértigo

En las últimas dos décadas, Yebes ha pasado de ser un pequeño municipio a convertirse en un laboratorio del crecimiento acelerado. La construcción del macrobarrio de Valdeluz, vinculado a la estación del AVE, convirtió al pueblo en sinónimo de urbanización moderna, grandes avenidas y bloques de pisos que poco tienen que ver con la fisonomía de la provincia. El crecimiento demográfico ha sido espectacular, pero también controvertido: urbanismo a golpe de promociones inmobiliarias, calles amplias que aún hoy no siempre tienen el bullicio que se esperaba, y una sensación de lugar “importado”, nacido más de los planes de un despacho que de la raíz pausada de los pueblos castellanos.

Yebes crece porque es cómodo para quienes trabajan en Madrid y buscan vivienda más asequible, porque el tren de alta velocidad acerca la capital en apenas unos minutos. Pero esa comodidad se ha construido sobre un paisaje que ya no cuenta historias antiguas, ni recuerda las voces de abuelos ni conserva la piedra que resiste el paso del tiempo. Es un crecimiento con vértigo: cifras que suben, ladrillos que se levantan, parques modernos, sí, pero también una cierta sensación de lugar sin pasado, sin hondura.

Angón: el tiempo detenido

En el extremo opuesto, Angón encarna lo contrario. Enclavado en la Sierra Norte de Guadalajara, se asoma al valle del río Cañamares desde su posición en la falda de la Sierra de la Bodera. El pequeño caserío de piedra, hoy con apenas siete habitantes censados, conserva en su silencio un encanto que resulta difícil de explicar con números. La iglesia de Santa Catalina, construida en el siglo XVI sobre una planta románica anterior, se alza como testigo de una comunidad que antaño fue vigorosa. En el interior aún se guarda un retablo barroco, y en uno de sus muros permanece cegada una portada románica que nos recuerda que aquí ya se rezaba y se cantaba hace muchos siglos. Muy cerca, en lo alto de un cerro, resisten las ruinas del castillo de Iñesque, fortificación medieval desde la que se domina un paisaje áspero y bellísimo.

Caminar por las calles de Angón es sentir la huella del tiempo detenido. Las casas de piedra muestran la arquitectura serrana, funcional y austera, hecha para resistir inviernos duros y veranos secos. Hoy, muchas puertas permanecen cerradas, y donde hubo familias numerosas y cuadrillas de pastores, apenas queda el eco de los pasos de algún vecino solitario.

El peso de la despoblación

Angón, como tantos pueblos de la Sierra Norte, ha visto cómo las cifras caían sin remedio desde mediados del siglo XX. De más de 300 habitantes en 1950 a menos de diez en la actualidad, su historia refleja el éxodo rural que vació comarcas enteras en busca de empleo y futuro en las ciudades. Pero en ese vacío también se ha conservado la pureza de un entorno natural intacto: las parameras, los bosques cercanos, la cercanía del embalse de Pálmaces, la vida lenta marcada por las estaciones.

El contraste con Yebes resulta brutal. Mientras allí las grúas levantaban bloques y el AVE atraía nuevos vecinos, aquí la escuela cerraba, los bares apagaban sus luces y la plaza quedaba huérfana de voces. Donde uno encarna el “boom” del crecimiento demográfico, el otro simboliza la desaparición de un mundo que fue la base de nuestra cultura.

Nostalgia y preguntas abiertas

Es inevitable sentir cierta nostalgia al pasear por las calles de Angón. Porque, más allá de la estadística que lo señala como el municipio que más decrece, late la memoria de quienes vivieron allí, de las fiestas de San Blas en febrero o de Santa Catalina en noviembre, de los niños jugando por las calles empedradas, de los toques de campana llamando a misa en la vieja iglesia. Hoy, todo eso resiste como recuerdo más que como presente.

Yebes, en cambio, se mueve hacia adelante, pero con una identidad en construcción, todavía sin raíces profundas que lo anclen a la tierra. Crece, sí, pero lo hace con el vértigo de lo despersonalizado, de lo que podría estar en cualquier otro sitio. Quizá la provincia de Guadalajara, con sus dos extremos, nos está lanzando una advertencia: que no se trata solo de sumar habitantes ni de vaciar pueblos, sino de repensar cómo queremos vivir. El bullicio moderno y la calma serrana no tendrían por qué ser incompatibles, si se buscara un equilibrio entre desarrollo y tradición.

Dos caras de una misma tierra

En definitiva, Yebes y Angón son hoy las dos caras de una misma provincia. Uno representa el futuro inmediato de la urbanización y la cercanía con Madrid; el otro, el pasado que se apaga lentamente en la belleza de la Sierra Norte. Entre ambos, quizá haya una lección: el crecimiento sin alma poco significa, y el decrecimiento con memoria merece respeto. Porque cada casa cerrada en Angón es un fragmento de historia que se pierde, y cada bloque nuevo en Yebes debería recordarnos que vivir no es solo multiplicar números, sino también arraigar en la tierra y en la comunidad.

6 de agosto de 2025

Cuando en el S.XIII a Castilla llegó una princesa noruega

En el corazón de la comarca burgalesa del Arlanza, Covarrubias custodia un episodio singular que enlaza la historia de Castilla con la de Noruega. En 1258, la princesa Kristina, hija del rey Haakon IV de Noruega, emprendió un viaje épico hacia el sur de Europa para casarse con el infante Felipe, hermano del rey Alfonso X el Sabio. Aquella unión, fruto de alianzas diplomáticas y no de amor, llevó a la joven a un mundo extraño para ella: una Castilla austera y culturalmente distante de su Noruega natal. Cuatro años más tarde, la melancolía —quizá también la soledad— puso fin a su vida. Fue enterrada en Covarrubias, donde su tumba gótica aún guarda silencio sobre los sentimientos y el destino de aquella princesa nórdica lejos de su tierra.

El tiempo convirtió su historia en leyenda, y en el siglo XXI ese vínculo ha encontrado nuevas formas de expresarse. En 2011 se inauguró la Capilla de San Olav, un pequeño templo de inspiración vikinga levantado en las afueras del pueblo como homenaje a la princesa y a la figura de San Olav, patrón de Noruega. El edificio, de líneas sencillas y maderas cálidas, contrasta con la piedra castellana de la villa y simboliza la permanencia de este lazo histórico. También preside el paisaje una estatua donada por la ciudad noruega de Tønsberg, recordando que, aunque la historia de Kristina terminó en Castilla, su memoria sigue viva a orillas del fiordo que la vio nacer.

Hoy, Covarrubias ha hecho de ese pasado una herramienta para proyectarse al futuro. El legado de la princesa Kristina, sumado a la curiosidad que despierta este capítulo poco conocido de la historia europea, ha inspirado iniciativas culturales, hermanamientos y proyectos como la llamada Conexión Noruega. Más allá de su valor turístico, esta relación recuerda que la historia no se limita a batallas y reinos, sino que también se escribe con los viajes, sacrificios y ausencias de personas que, como Kristina, cruzaron mares y fronteras para cumplir destinos impuestos por la política de su tiempo. Covarrubias, con su colegiata y sus calles silenciosas, sigue siendo el escenario donde se entrelazan esas dos geografías distantes.



3 de agosto de 2025

Una fanega colgada de la pared

Hubo un tiempo en el que las diferentes regiones españolas utilizaban sus propios sistemas de medida de longitud, volumen y peso. Hoy, al viajar y parar a comer en un restaurante de carretera de nuestra maltrecha Castilla, una fanega colgada de la pared me ha recordado el final del antiguo régimen y el comienzo de la modernidad en España. En el mismo viaje por la España postmoderna y postindustrial, he pasado por pueblos con poca gente, casas en ruinas y carreteras de paso, donde ya nadie se queda. Tal vez esa fanega es un objeto que representa tiempos pasados, tiempos más florecientes para Castilla, quién sabe. El caso es que en 1880 España asumió el Sistema Métrico Decimal, y la modernidad desbordó y trastocó todo. Gracias a este sistema podemos comerciar sin grandes problemas con gran parte del mundo, y no tenemos que explicar qué una fanega son 55,5 litros o 6459,6 metros cuadrados. Cosas de la historia.

16 de febrero de 2025

Matillas La Vieja: el pasado observa desde el altozano

La historia de los pueblos es diversa, según el contexto histórico su devenir ha sido tumultuoso, tranquilo, violento o cualquier otro adjetivo que se nos ocurra. En el fotoensayo de hoy traigo al Blog el pueblo de Matillas, que se localiza en la provincia de Guadalajara. Pero no traigo el Matillas actual, situado al lado del río Henares y junto a la estación de tren del mismo nombre. Hoy he visitado Matillas la Vieja, es decir el pueblo original que fue abandonado por sus últimos habitantes a mediados de los años 60 del pasado siglo. Las ruinas del pueblo original de Matillas se encuentran en un altozano situado a apenas un quilómetro al sur del pueblo actual. De él ya no queda ningún edificio entero, solamente ruinas, tal vez la iglesia permanezca algo más digna, pero todo lo que hay son ruinas, piedras olvidadas de un pueblo ya deshabitado. La pregunta ahora es ¿por qué hay un nuevo pueblo de Matillas tan cerca del original? la respuesta es sencilla, la causa principal fue la modernidad, el progreso, en definitiva, la industrialización de principios del S.XX. Comencemos la historia.

Matillas era un pueblo pequeño, con unas pocas casas y alguna construcción para el ganado y bodegas subterráneas, además de su flamante iglesia románica de Nuestra Señora La Blanca. Como muchos pueblos de la zona, la agricultura de secano y las ovejas constituían los principales ingresos para el pueblo, en una economía de subsistencia. Es un pueblo que se remonta a los siglos XII y XIII, en sus cercanías discurre la antigua calzada romana que unía Mérida y Zaragoza, además de la ruta de la lana, tan importante para el comercio del "oro español", todo esto denota la importancia histórica de la zona. No obstante, todo cambio el día que unos inversores, y como no, al igual que sucedió en otras partes de España -como en la Minas de Río Tinto en Huelva-, estos inversores eran ingleses. ¿Cuál era el objeto de deseo para los inversores? Fabricar cemento. Para ello se requieren varias cosas: materias primas (calizas y yesos de gran pureza), agua (para entre otras cosas producir electricidad), una vía de comunicación para poder sacar el producto y venderlo (en este caso la vía del tren), y finalmente mano de obra (la gente de los pueblos de la zona, que por aquellos años estaban poblados). Esto requisitos se cumplían en Matillas y fue el lugar elegido por Charles Clayton Ray para instalar su fábrica de cemento. Para la segunda revolución industrial, el cemento y la electricidad fueron equivalentes al hierro y el carbón para la primera, era por tanto la más pura modernidad lo que llegaba a Matillas. Este acontecimiento tuvo lugar en 1909 cuando se instaló la fabrica, bautizada como Cementos El León. En España ya había varias fábricas de cemento, en Asturias, en Zaragoza y en Cataluña, pero la de Matillas llegaría a ser una de las más importantes de Europa.

Antes de la fábrica ya se producía en la zona la llamada "Cal de La Alcarria", en Matillas había una cantera de cal y 6 hornos para producir la cal. Esta infraestructura fue aprovechada por los inversores para hacer la fábrica con la ayuda de mil novecientos veintisiete obreros. Las instalaciones fueron impresionantes para la época: hospital, dos escuelas, decenas de casas para los trabajadores, canales para transportar el agua, casino, secaderos, etc. etc. La inauguración oficial fue en 1919, pero ya llevaba tiempo en funcionamiento. La fábrica pasa en unos años de un mercado provincial a una venta nacional, el negocio comienza a prosperar. Lógicamente, para estas grandes fábricas se necesita mano de obra y esta provenía de los pueblos de alrededor. Los trabajadores tenían casas que la empresa ponía a disposición de los trabajadores, con lo que poco a poco se fueron abandonando las viviendas de Matillas. Además había escuela, con lo cual los niños no tenía que subir a Matillas para ir al colegio. Todo apuntaba a lo inevitable, el Matillas original estaba condenado a desaparecer, y así fue, en 1965 se cerró la última casa, el pueblo original quedaba en silencio, ya nunca mas se escucharía la algarabía de los niños al salir de clase, ya nunca más se repetiría un baile el día de fiesta, el párroco tampoco reconfortaría las almas de sus vecinos. Matillas había muerto para dar lugar a un nuevo Matillas, moderno, próspero, con todo lo necesario.

Por desgracia, el progreso terminó en los años 80, la época de las deslocalizaciones y de la concentración industrial. Las grandes corporaciones van comprando a la competencia y en este caso una empresa compró la cementera de Matillas, no con el objetivo de mejorarla, no con el objetivo de crear más empleo, no, con el objetivo de cerrarla para siempre. Se terminó, ahora a Matillas solamente le quedan unas ruinas de su pasado industrial, una estación de tren con poco tráfico, y unos paisajes tan bellos y a veces tan tristes.

Os dejo las fotos del lugar, de Matillas la Vieja y de su complejo industrial de Cemento El León.





19 de diciembre de 2024

¿Cuál es la relación entre Valverde del Majano (provincia de Segovia) y Nueva Zelanda?

En este pueblo, hace más de 200 años nació Don Manuel José de Frutos y Huerta. Este señor fue un comerciante que emigró a Nueva Zelanda. Una vez allí, y con una gran capacidad para integrarse en la nueva cultura a la que había llegado, fundó un clan, sí, un clan maorí. Para ello, estuvo casado con cinco mujeres maorís, con las cuales engendró 9 hijos. De estos hijos, surgieron más, y más, de tal manera que en la actualidad el clan Paniora (que significa español en maorí) presenta entre 15.000 y 20.000 miembros, y supone una parte (genéticamente hablando) de Segovia en nuestras antípodas. Hay hasta un documental sobre este tema. Las cosas que pasan en nuestro mundo.....





15 de noviembre de 2024

Algunos nombres de pueblos son increíbles....

Los topónimos reflejan diferentes cosas, orígenes, historia, curiosidades, coincidencias geográficas, etc. Hay nombres de pueblos realmente curiosos y que superan cualquier imaginación. Aquí os dejo algunos muy curiosos de la provincia de León (por seleccionar una, ya iré poniendo más):

Colinas del Campo de Martín Moro Toledano

Calamocos

Calaveras de Arriba y Calaveras de Abajo

Rodillazo

Boca de Huérgano

Boca de Huérgano (León) (Fuente: Wikipedia)

Iglesia de Rodillazo (León) (Fuente: Wikipedia)


19 de agosto de 2023

Ruta de Las Foces del Pino (Asturias)

Hoy os traigo una ruta al Blog, se trata de la ruta de las Foces del Pino (El Pino, Asturias). La ruta se encuentra en el municipio de El Pino cercano a Felechosa. Pertenece al concejo asturiano de Aller, que se localiza en el sur de Asturias, ya cercano a la provincia de León. Está ruta es una buena opción para conocer los rincones del valle de Aller con un recorrido bien señalizado, eso sí con unos grandes desniveles. La ruta discurre hacia el sur, una vez en el pueblo de El Pino, cruzamos el puente sobre el río San Isidro y nos dirigimos por una estrecha carretera asfaltada hacía el Molín de Peón (ahora una piscifactoría) dejando previamente a mano derecha La Fuente de la Salud. Una vez en la piscifactoría, tomamos el camino de la izquierda -cruzando el puente- y a partir de este punto se sigue un camino empedrado hasta llegar al Monumento Natural de las Foces del Pino. El recorrido son unos 7 kilómetros ida y vuelta, y se puede demorar unas 3 horas en hacerlo. Una parte del camino discurre entre frondosos árboles, destacando castaños, fresnos, avellanos y algún roble. El paisaje se encuentra dominado por pequeñas propiedades de pastos con lindes de piedra y/o arbustos. Podemos encontrar vacas pastando a lo largo del recorrido y varias construcciones ganaderas tradicionales, algunas de ellas en estado de abandono. Dentro de la zona protegida podemos disfrutar de algunas cascadas, que aunque no muy altas si resultan en su conjunto, muy espectaculares. Hay varias fuentes a lo largo del recorrido y en algunos tramos hay que tener cuidado con el piso, especialmente si se encuentra húmedo, ya que puede uno patinar si no se anda con cuidado. Os dejo algunas fotos de la visita por estos parajes.










29 de julio de 2022

Palomares: fuente de vida

Al recorrer algunas partes de España uno no hace más que sobrecogerse ante tanto patrimonio en ruinas, ante tanta historia abandonada, ante tanta piedra abocada al olvido, ante lo que fue y ahora no es. Los paisajes castellanos, planicies cerealistas con sus pueblos erguidos en lontananza, son uno de los paisajes que el viajero se encontrará al recorrer nuestra España, paisaje que evoca pasados bulliciosos, cuando el trabajo y la vida en el campo requería mucha gente, que con su sudor y su sacrificio ayudaron a forjar la nación en la que hoy vivimos y a la que muchos, al igual que a su patrimonio, le han dado la espalada. Uno de los patrimonios culturales que recoge al mismo tiempo tradición, usos populares y belleza artística son los palomares. Al explicarle a cualquier viajero centroeuropeo la utilidad de estas construcciones, surge en su cara una expresión entre perplejidad y rareza ¿qué se comían las palomas? y es que en la mentalidad "woke" que nos domina, lo de comerse el "símbolo de la paz" parece una "barbarie". Nada más lejos de la realidad. Los palomares son (o casi mejor dicho eran) una forma de utilizar los recursos naturales de forma sostenible. Estas construcciones permitían obtener una fuente de proteínas (los pichones y los huevos de paloma) en épocas en la que la proteína no se obtenía en un supermercado con hastiada facilidad. También permitían obtener una fuente de fertilizante natural: el palomino o guano, sin tener que recurrir a costosos procesos de producción química de fertilizantes, con el consiguiente gasto de combustible, y la contaminación por nitrógeno y fósforo cuando se abusa de ellos. Por tanto, producción sostenible de proteínas y fertilizantes en estas "casas para palomas". Eran (o son?) construcciones robustas, cerradas al exterior para evitar las tentaciones de las alimañas, con muros concéntricos plagados de pequeños nichos -donde en lugar de muerte se albergaba vida- y con patio interior (a veces sin él). Los materiales sencillos, los que proporcionaba la tierra, y nunca mejor dicho ya que muchos se hacía de adobe con una lechada de cal exterior para protegerlos de la humedad. Durante la edad media eran auténticos tesoros, propiedad de nobles y monasterios, ya que les garantizaban a esos dos poderes unos buenos ingresos. Los ha habido en toda España, pero tal vez en Tierra de Campos sean un símbolo del paisaje.

durante la edad media eran auténticos tesoros, propiedad de nobles y monasterios

Hay que pensar que las palomas (la bravía y la zurita) podían tener varias puestas al año (hasta 3-4 si había suficiente alimento) con dos huevos en cada puesta. Los pichones, palomas jóvenes a las que se les cortaba alguna pluma para evitar que volarán y de esta forma ayudar a su engorde, eran una fuente importante de carne. Ahora, a ojos de los urbanitas ociosos, esto de cortar unas plumas a unos "seres sintientes" les sonará "a maltrato animal", tal vez el maltrato sea el abandono de nuestro patrimonio y tradiciones arrinconadas en una postmodernidad enfermiza. Además, la carne de pichón sí que está dentro de la modernidad actual, es baja en grasa, rica en vitaminas y su cría en estos sistemas no contribuye a generar gases de efecto invernadero. Todo un símbolo de sostenibilidad ambiental frente a algunas granjas intensivas que pululan cercanas a alguna de estas construcciones.

Os dejo algunas fotos de palomares, algunas en completa ruina y otras rescatadas por el esfuerzo de administraciones y particulares en su batalla -tal vez ya perdida o no- contra el olvido.

Berrueces (Valladolid)

Berrueces (Valladolid)

Otero de Sariegos (Zamora)
Otero de Sariegos (Zamora)

Otero de Sariegos (Zamora)
Otero de Sariegos (Zamora)


18 de junio de 2022

Vinuesa: entre pinares y agua

La localidad soriana de Vinuesa se encuentra en el corazón de la comarca de Tierra de Pinares, en lo que algunos llaman la Soria verde. Es el norte de la bella provincia Soriana, cerca de la famosa Laguna Negra que tantas leyendas trágicas ha creado en la imaginación de los escritores y de las gentes.

“...Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo y mata al que se acerca. Todo el que mira en esa agua, muere”. Pío Baroja

Pero aterricemos en la Vinuesa actual, localidad de recia planta soriana, es decir castellana. A bastante altura y rodeada de las Sierras de Urbión y Cebollera, que ayudan a marcar ese carácter austero de la comarca. De casas de piedra eterna y de soledad, la soledad de la despoblación que poco a poco desangra estas tierras, a pesar de la riqueza de sus pinares, sus paisajes y su agua que discurre rauda en los ríos, tan majestuosos como el Duero o más modestos como el Revinuesa. Un paseo por su calles desata la imaginación de historias pasadas, de tiempos tal vez más bulliciosos, de gentes que han sabido vivir en un clima frío y duro. Calles empedradas, con casas señoriales, que atestiguan pasados con más prosperidad económica. Su rollo de justicia da fe de ello; de la historia que arrastra esta localidad. Incluso encontramos una casa de indiano, que es un reflejo de la riqueza conseguida en ultramar por algún soriana aventurero. Una localidad que merece la visita. Os dejo algunas fotos.










6 de mayo de 2022

Ermita de Santa Cecilia: románico en la montaña palentina

La Ermita de Santa Cecilia se encuentra cerca de Aguilar de Campoo. Por carreteras secundarias llegamos al pueblo de Villaespimosa de Aguilar y a sus afueras encontramos la ermita. Encaramada en un risco, lo primero que llama la atención es su privilegiada situación, en un entorno de una gran belleza paisajística. Fue construida entre los siglos XII y XIII, es de planta rectangular y con una cierta inclinación, siguiendo la inclinación del propio risco en el que se encarama. La vista del observador también se centra en su curiosa torre cilíndrica, más propia de un castillo que de una ermita, y cuya función se desconoce (¿defensiva?). Hay capiteles con parejas de grifos, algún condenado de viaje al infierno y numerosos detalles en los que uno puede perderse durante largo tiempo. Tal vez, Palencia y su provincia sean de las mejores expresiones del románico en España. Imprescindible conocerlo.








29 de abril de 2022

Aguilar de Campoo: mucho más que galletas

A cualquier español que le gusten las galletas seguro que este pueblo palentino les suena. En él se fabrican las famosas galletas GULLÓN, de las pocas fábricas que se salvan de las plutocracias y mantienen su origen familiar (a pesar de las guerras internas entre ellos). También encontramos la fábrica del GRUPO SIRO. El origen de la industria galletera se debe a Eugenio Fontaneda, que a finales del S.XIX comienza a fabricar galletas y bizcochos en este pueblo palentino. Hoy en día, de la antigua fábrica solo queda un solar, donde los turistas aparcan para conocer Aguilar de Campoo. En esta localidad podemos encontrar, encaramado en lo alto de una loma, los restos de un castillo del S.XII. Desde aquí, las vistas del pueblo son magníficas y al bajar podemos visitar la iglesia románica de Santa Cecilia situada a los pies del castillo. Aguilar estaba amurallada, con numerosas puertas. Se conserva parte de la muralla y seis puertas. Destaca su plaza de España, con un contraste claro de influencia norteña y castellana: grandes cristaleras frente a recias casonas. En la misma plaza la imponente Colegiata de San Miguel y en las afueras el Monasterio de Santa Mª la Real, felizmente recuperado, lo que haría las delicias de don Miguel de Unamuno. Si viviera hoy en día Don Miguel no podría repetir su famoso !ruinas¡. Una localidad muy recomendable.