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26 de agosto de 2026

La biología de Rocky, el eridiano de la novela de ciencia ficción Proyecto Hail Mary de Andy Weir

La biología de Rocky, el eridiano de la novela de ciencia ficción Proyecto Hail Mary, constituye uno de los ejemplos más imaginativos de evolución alienígena en la ciencia ficción reciente. Su cuerpo no es simplemente una versión monstruosa de un animal terrestre o un alienígena con aspecto humanoide, sino el resultado de una historia evolutiva completamente distinta, moldeada por las condiciones extremas del planeta Erid. Este se caracteriza por su enorme gravedad, altas presiones y temperaturas cercanas a los 210 °C. De ahí nace su característica más visible: una simetría pentarradial, con cinco extremidades equivalentes dispuestas alrededor de un tórax pentagonal. No posee, por tanto, una distinción corporal tan marcada entre izquierda y derecha como nosotros, los humanos. Sus cinco miembros pueden funcionar indistintamente como patas o brazos, una solución extraordinariamente eficaz para desplazarse y manipular objetos bajo una gravedad de más de dos veces la terrestre. Pero la verdadera radicalidad de Rocky se encuentra bajo su caparazón. Su cuerpo está compuesto mayoritariamente por materiales inorgánicos —metales y óxidos minerales— construidos, reparados y modificados por una población de células especializadas.

Estas células, llamadas worker cells, son en cierto sentido el auténtico organismo. A diferencia de nuestras células, que comparten esencialmente el mismo genoma, existen miles de tipos de células eridianas, cada uno con su propia información genética y especializado en una tarea concreta. Unas células fabrican estructuras metálicas, otras mantienen el sistema nervioso cristalino, otras transportan energía y otras se encargan de conservar el delicado equilibrio de la colonia interna. El resultado es que Rocky se parece menos a un animal individual que a una colonia organizada capaz de construir su propio cuerpo. Andy Weir lo ha descrito como una especie de biosfera o colmena móvil: apenas una pequeña fracción de su masa corresponde a materia biológica propiamente dicha; el resto es la gigantesca estructura mineral que esas células construyen y mantienen. Incluso su cerebro se encuentra integrado en esta colonia y posee una arquitectura cristalina, mientras que su sistema sensorial prescinde por completo de la visión. Rocky percibe el mundo principalmente mediante el sonido y la ecolocalización, complementados por la magnetorrecepción, de modo que su experiencia del espacio debe de ser radicalmente distinta de la nuestra.

Aún más extraordinario es su sistema circulatorio. Rocky no posee una sangre acuosa semejante a la nuestra, sino dos circuitos independientes de mercurio. El sistema circulatorio ambiental mantiene aproximadamente la temperatura del entorno, mientras que el sistema circulatorio caliente lleva mercurio a unos 305 °C hasta los músculos. Allí tiene lugar el mecanismo que convierte a los eridianos en auténticas máquinas térmicas vivientes: el calor del mercurio hace que el agua contenida en estructuras microscópicas de los músculos pase a vapor; la expansión del vapor produce movimiento y, al enfriarse, el agua vuelve a condensarse. En otras palabras, Rocky no contrae sus músculos mediante el mecanismo de actina y miosina característico de los animales terrestres: funciona, en esencia, mediante pequeños ciclos de expansión y condensación. Su organismo es así una máquina de vapor biológica. El precio de este sistema es la necesidad de una refrigeración constante. Un radiador situado en la parte superior del cuerpo utiliza el amoníaco atmosférico para extraer el calor sobrante, mientras que el mercurio frío del otro circuito devuelve las estructuras musculares a condiciones en las que las células pueden sobrevivir.

Esta peculiar fisiología también explica por qué Rocky no «respira» en el sentido humano. En la atmósfera de Erid no hay oxígeno libre suficiente para sostener una respiración terrestre; en cambio, el interior del eridiano constituye una pequeña biosfera autosuficiente, en la que células de tipo vegetal y animal reciclan continuamente oxígeno y dióxido de carbono. El aire exterior sirve sobre todo para evacuar calor. Incluso la comunicación está condicionada por esta anatomía ya que Rocky posee cinco sistemas vocales y puede producir acordes, en lugar de sonidos sucesivos como el habla humana. Su lenguaje es, por tanto, simultáneamente verbal y musical, y transmite mucha más información acústica por unidad de tiempo que el lenguaje humano. Así, cada elemento extraño de Rocky —sus cinco patas, su cuerpo mineral, su sangre de mercurio, sus músculos de vapor, su cerebro cristalino, su ecolocalización y sus voces armónicas— deja de ser una extravagancia aislada y se convierte en parte de un mismo sistema coherente.

Lo más fascinante de Rocky, en definitiva, es que Weir no se limitó a inventar un aspecto alienígena: imaginó una alternativa completa a la arquitectura de la vida terrestre. En lugar de un animal blando construido casi enteramente con tejidos orgánicos, tenemos una colonia celular que fabrica una inmensa armadura mineral; en lugar de sangre acuosa, mercurio; en lugar de músculos químicos, motores de vapor; en lugar de pulmones, un sistema de intercambio térmico; en lugar de ojos, ecos y campos magnéticos; y en lugar de simetría bilateral, una geometría basada en el cinco. La gravedad de Erid explica su robustez; su temperatura explica el mercurio; el mercurio explica los músculos térmicos; esos músculos explican la refrigeración; la atmósfera explica su fisiología interna; y todo ello condiciona sus sentidos, su lenguaje y hasta su forma corporal. Rocky no es simplemente un alienígena que parece una roca: es una forma completamente distinta de entender qué puede significar estar vivo.

12 de agosto de 2026

Comunismo y Socialismo ¿Cuál es la diferencia?

Una de las principales dificultades para comprender la diferencia entre socialismo y comunismo radica en que estos conceptos no significan exactamente lo mismo en la teoría de Karl Marx que en la experiencia histórica del siglo XX. Buena parte de la confusión se debe a que los partidos comunistas utilizaron ambos términos de una forma distinta a la planteada originalmente por Marx. En realidad, el filósofo alemán dedicó la mayor parte de su obra al análisis del funcionamiento del capitalismo y apenas describió con detalle cómo sería la sociedad futura. No obstante, en Crítica del Programa de Gotha (1875) distinguió dos etapas tras una revolución proletaria: una fase inicial o "fase inferior del comunismo", que posteriormente se identificó con el socialismo, y una fase superior, el comunismo propiamente dicho. Según Marx, el socialismo constituía una etapa de transición hacia una sociedad plenamente comunista. Durante este periodo, los medios de producción —como fábricas, tierras o minas— pasarían a ser de propiedad colectiva, mientras que la propiedad de los bienes personales no desaparecería necesariamente. El Estado seguiría existiendo, aunque con un carácter transitorio, como instrumento de la clase trabajadora para organizar la nueva sociedad. La distribución de la riqueza se realizaría en función del trabajo aportado, por lo que todavía persistirían ciertas desigualdades heredadas del capitalismo. Solo en una segunda etapa, el comunismo, desaparecerían tanto las clases sociales como el Estado, la producción alcanzaría un nivel de abundancia suficiente para satisfacer las necesidades de toda la población y se aplicaría el principio formulado por Marx: «De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades».

La evolución histórica fue, sin embargo, muy diferente de este planteamiento teórico. Ningún país que se autodenominó comunista o socialista afirmó haber alcanzado la fase final descrita por Marx; todos sostuvieron que se encontraban construyendo el socialismo como paso previo al comunismo. Así ocurrió en la Unión Soviética, la República Popular China o en Cuba, cuyos sistemas políticos se definían oficialmente como socialistas. En todos ellos existieron Estados muy fuertes, economías planificadas, amplios sectores productivos bajo propiedad estatal, partidos únicos y restricciones muy fuertes a las libertades políticas y a la propiedad privada. En todos estos países se aplicó la represión política y la tortura. En consecuencia, nunca llegó a materializarse la sociedad idílica sin Estado y sin clases que Marx había imaginado como objetivo final. Esto no deja de ser una utopía algo infantil, que ha arrastrado a millones de hombres a un sistema político muy injusto.

Las diferencias entre la teoría y la práctica han dado lugar a interpretaciones muy diversas. Desde una perspectiva marxista, estos países no alcanzaron el comunismo porque las condiciones económicas y sociales necesarias nunca llegaron a darse y porque afrontaron conflictos, aislamiento internacional y fuertes presiones externas. Por el contrario, las interpretaciones liberales sostienen que la concentración del poder económico y político en el Estado tiende a generar pérdida de libertades e ineficiencias económicas. Otras corrientes socialistas, como la socialdemocracia, concluyeron que era posible perseguir mayores niveles de igualdad y protección social sin eliminar la economía de mercado ni el pluralismo político. En definitiva, mientras que para Marx el comunismo representaba el objetivo final y el socialismo una etapa transitoria hacia él, en la historia del siglo XX los denominados «Estados comunistas» fueron, en realidad, Estados que se definían como socialistas y que afirmaban estar construyendo un comunismo que nunca declararon haber alcanzado.

9 de junio de 2026

Dos obras de literatura del S.XIX que son fundamentales

De la lectura del ensayo de Juan Soto Ivars "La casa del ahorcado" extraemos dos libros fundamentales para entender los límites que deberían tener la ciencia y cualquier forma de explotación entre los hombres. Según Juan Soto Ivars serían:

Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary Shelley (1818)

La novela “Frankenstein o el moderno Prometeo”, escrita por Mary Shelley cuando apenas tenía diecinueve años, narra la trágica historia del joven científico Víctor Frankenstein, quien, movido por una ambición desmedida de conocimiento, logra dar vida a un ser formado con restos humanos. Sin embargo, al contemplar su creación —de aspecto monstruoso y espíritu sensible—, la rechaza horrorizado, desencadenando una cadena de sufrimiento y venganza. La criatura, abandonada y sola, busca comprensión y amor, pero al ser rechazada por todos, se convierte en instrumento del dolor que la engendró. A través de esta historia, Shelley reflexiona sobre los límites de la ciencia, la responsabilidad moral del creador y el anhelo humano de trascender la muerte. La novela combina elementos góticos y románticos, explorando temas como la soledad, el poder del conocimiento y la deshumanización causada por la falta de empatía. “Frankenstein” es, más allá de su aspecto terrorífico, una profunda meditación sobre la condición humana, donde el verdadero monstruo no es la criatura, sino la incapacidad del hombre para asumir las consecuencias de sus actos.

El corazón de las tinieblas – Joseph Conrad (1899)

En “El corazón de las tinieblas”, Joseph Conrad relata el viaje del marinero Marlow por el río Congo en busca de Kurtz, un enigmático agente comercial de una compañía colonial que ha caído bajo la influencia corruptora del poder y del aislamiento. A medida que Marlow se adentra en la selva africana, se sumerge también en una exploración simbólica del alma humana, donde la civilización europea revela su propio salvajismo. Conrad utiliza el viaje físico como metáfora del descenso a las sombras de la mente y la moral, denunciando el imperialismo y la hipocresía del progreso occidental. La obra, escrita con un lenguaje denso y evocador, plantea una visión ambigua del ser humano: en el corazón de las tinieblas externas —la selva, lo desconocido— late una oscuridad interior aún más profunda. Kurtz, que pronuncia la célebre frase “¡El horror! ¡El horror!”, encarna el colapso de la razón y de los ideales civilizados ante la brutalidad del instinto. Con su estilo simbólico y su estructura enmarcada, Conrad crea una obra fundamental del modernismo literario, donde el viaje se transforma en una inquietante reflexión sobre la corrupción, el poder y la fragilidad moral del hombre.

Dos obras fundamentales del S.XIX, llevadas al cine de forma magistral por James Whale y Francis Ford Copolla.

26 de mayo de 2026

La Perla de John Steinbeck: la ambición no conduce a nada bueno

La perla, publicada en 1947, es una de las obras más representativas de John Steinbeck y un ejemplo perfecto de su estilo de realismo social americano, cercano en muchos aspectos al naturalismo. Steinbeck dedicó gran parte de su literatura a retratar la vida de las clases humildes en los Estados Unidos, especialmente durante las décadas marcadas por la pobreza, la desigualdad y la crisis económica. Sus personajes suelen ser trabajadores, campesinos o marginados que luchan contra fuerzas sociales y económicas mucho más grandes que ellos. Lejos de idealizar la realidad, el autor muestra con crudeza cómo la ambición, la injusticia y el poder pueden destruir la inocencia humana. Esa implicación social convierte sus novelas en algo más que simples relatos, ya que refleja denuncias de un sistema que condena a los más débiles. Obras como Las uvas de la ira o De ratones y hombres consolidaron a Steinbeck como una de las voces más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX.

En La perla, Steinbeck construye una historia aparentemente sencilla, casi como una fábula, pero cargada de simbolismo y profundidad moral. La novela corta narra la vida de Kino, un humilde pescador indígena que encuentra una perla de valor extraordinario y que cree haber hallado la oportunidad de cambiar el destino de su familia. Sin embargo, aquello que al principio representa esperanza y progreso termina convirtiéndose en una fuente de violencia, codicia y destrucción. Precisamente ahí reside la grandeza de la obra, ya que muestra cómo la riqueza puede corromper no solo a quienes la desean, sino también a toda la sociedad que rodea al protagonista.

Steinbeck utiliza un lenguaje muy sencillo, directo y accesible, pero detrás de esa aparente sencillez se esconde una enorme fuerza narrativa. El lector queda atrapado desde las primeras páginas por unos personajes humildes y profundamente humanos. Kino, Juana y su pequeño hijo Coyotito representan a la gente sencilla que intenta sobrevivir en un mundo injusto, donde los poderosos siempre buscan aprovecharse de los más débiles. La historia avanza con tensión creciente y con una sensación constante de fatalidad, como si desde el descubrimiento de la perla el destino de la familia estuviera condenado. El lector sabe que la historia no terminará bien, pero no sabe exactamente como.

Uno de los aspectos más impactantes de la novela es precisamente su final. Steinbeck rompe cualquier expectativa optimista y ofrece un desenlace brutal, profundamente triste y demoledor. La tragedia cae sobre los personajes de manera inevitable y deja al lector completamente descolocado. En ese sentido, la obra recuerda mucho a De ratones y hombres, donde también la esperanza termina destruida por una realidad cruel e implacable. Steinbeck no busca consolar al lector, sino obligarlo a reflexionar sobre la naturaleza humana, la ambición y las consecuencias del deseo de riqueza.

Por todo ello, La perla es una obra imprescindible de la literatura del siglo XX. Su brevedad no impide que posea una enorme intensidad emocional y una profunda carga social. Es un relato sencillo en apariencia, pero capaz de dejar una huella duradera gracias a su humanidad, su crítica social y la dureza de su mensaje final.

22 de mayo de 2026

Novela de Ajedrez de Stephan Zweig: una novela corta imprescindible

 

Novela de ajedrez es una de esas obras breves que desmienten el prejuicio de que las novelas deben tener una extensión grande. Lo breve si bueno, dos veces bueno, que diría Baltasar Gracián. En apenas unas decenas de páginas, Stefan Zweig logra construir un relato absorbente, elegante y profundamente inquietante sobre la inteligencia, la obsesión y la fragilidad del ser humano frente a la violencia política. Publicada de manera póstuma en 1942, poco antes del suicidio del autor y de su esposa en Brasil, la novela funciona también como un testamento moral y espiritual de una Europa que se desmoronaba bajo el avance aparentemente imparable del nazismo.

Zweig nació en Viena en 1881, en el seno de una acomodada familia judía. Fue uno de los escritores más leídos y prestigiosos de la Europa de entreguerras. Cosmopolita, humanista y defensor de una cultura europea basada en el diálogo y la razón, cultivó con igual maestría el ensayo, la biografía y la narrativa breve. Obras como Carta de una desconocida o Momentos estelares de la humanidad consolidaron una reputación internacional extraordinaria. Sin embargo, la llegada del nazismo destruyó el mundo en el que había creído. Perseguido por su origen judío y desesperanzado ante la barbarie que se extendía por Europa, Zweig se exilió primero en Inglaterra y después en Brasil. Allí, en Petrópolis, él y su esposa se suicidaron en febrero de 1942. Su muerte simbolizó, para muchos intelectuales europeos, el hundimiento de una idea de civilización.

Esa herida histórica atraviesa de forma soterrada Novela de ajedrez. El argumento es sencillo y magistral. Durante un viaje en barco entre Nueva York y Buenos Aires, varios pasajeros coinciden con Mirko Czentovic, afamado campeón mundial de ajedrez, un hombre rudo, casi analfabeto, taciturno, pero dotado de un talento prodigioso para el juego. La aparición de un misterioso pasajero, el doctor B., altera el equilibrio de la travesía. Este último demuestra una capacidad ajedrecística extraordinaria. Esta capacidad nació en circunstancias terribles, ya que surgió en su aislamiento y tortura psicológica a manos de la Gestapo. A partir de ahí, el relato se convierte en una reflexión sobre los límites de la mente humana y sobre el modo en que el totalitarismo destruye a las personas.

Uno de los mayores méritos de Zweig reside en su prosa. Su estilo posee una belleza serena, refinada, pero nunca recargada. Hay escritores cuya elegancia termina pesando sobre el lector; no es el caso de Zweig. Cada frase parece avanzar con naturalidad, con una claridad que convierte la lectura en una experiencia extraordinariamente fluida. Esa aparente sencillez es, en realidad, fruto de una técnica narrativa muy depurada y de una prosa magistral. El autor sabe dosificar la información, crear tensión y conducir la intriga con una precisión admirable. Por eso sus novelas cortas se leen con avidez, ya que el lector queda atrapado desde las primeras páginas y siente la necesidad de continuar hasta el desenlace.

Pero la verdadera fuerza de Zweig no está solo en el estilo, sino en su capacidad para explorar la condición humana. Sus personajes nunca son simples piezas narrativas; están construidos desde sus contradicciones, sus miedos y sus obsesiones. Son profundamente humanos, especialmente en sus miedos y temores. En Novela de ajedrez, el doctor B. encarna de manera estremecedora la resistencia intelectual frente a la opresión. El ajedrez, que en principio aparece como un juego racional y ordenado, acaba convirtiéndose en símbolo del combate interior, de la locura y del intento desesperado por preservar la libertad mental en medio del horror. Una especie de tronco flotando al que hay que agarrarse para no ser arrastrado al fondo oscuro del océano. La sombra del nazismo recorre toda la obra. No aparece únicamente como contexto histórico, sino como amenaza absoluta contra la libertad, la dignidad y el pensamiento. El aislamiento del doctor B. anticipa los métodos de destrucción psicológica empleados por los regímenes totalitarios. Zweig comprendió antes que muchos otros que el nazismo no solo pretendía conquistar territorios, sino también aniquilar la cultura humanista europea. Esa conciencia trágica impregna el relato y explica la profunda melancolía que deja su lectura.

Leer hoy Novela de ajedrez sigue siendo una experiencia poderosa. Pocas obras consiguen combinar con tanta eficacia el placer de una narración absorbente con una reflexión tan lúcida sobre la barbarie y la fragilidad de la civilización. Zweig demuestra que la literatura puede ser al mismo tiempo entretenimiento de altísima calidad y testimonio moral de una época devastada. Una obra imprescindible.

1 de octubre de 2025

Maleficio de Stephen King

¿Y sabes cuál es la moraleja de la historia, William? Algunos tipos, un montón de tipos, no creen lo que ven, en especial si no comulgan con lo que quieren comer o beber o pensar o creer. Yo no creo en Dios. Pero si lo viese, creería. No iría por ahí diciendo "Jesús, vaya un efecto especial más estupendo". La definición de un imbécil es: "un tipo que no cree en lo que ve". Y puedes citarme si así lo deseas.




5 de septiembre de 2025

Maleficio de Stephen King: terror opresivo

En Maleficio (1984), Stephen King —oculto tras el seudónimo de Richard Bachman— nos entrega una de sus narraciones más implacables en cuanto a la atmósfera psicológica. No es su novela más extensa ni la más famosa, pero sí una de las más opresivas y demoledoras en cuanto a su capacidad para encerrar al lector en la mente de un protagonista que, día tras día, se consume en cuerpo y espíritu. La premisa es directa: Billy Halleck, un abogado de éxito de clase media-alta, atropella accidentalmente a una anciana gitana. Gracias a sus contactos y a la indulgencia de un juez amigo, logra librarse de toda consecuencia legal. Pero un anciano, padre de la víctima, le acaricia la mejilla y le susurra una sola palabra: adelgaza. Desde entonces, Halleck comienza a perder peso de forma imparable. No hay dieta, no hay enfermedad diagnosticable: es una maldición.

En manos de otro autor, esta trama podría degenerar en un simple relato fantástico con moraleja. En manos de King/Bachman, se convierte en un descenso claustrofóbico hacia la paranoia, la desesperación y el deterioro físico y mental. La opresión no proviene solo de lo que ocurre, sino de cómo lo vive Halleck.

La novela se narra con una proximidad incómoda. El lector se mete en la piel de Halleck y siente cada fase de su descomposición: la negación inicial, el intento racional de buscar una explicación médica, el terror al comprender que no existe remedio científico, la rabia hacia el mundo y hacia sí mismo, y finalmente la aceptación resignada o la lucha desesperada. King no necesita encadenar escenas espectaculares para generar miedo. Aquí, la angustia se instala en lo cotidiano: en la báscula de baño que marca cada vez menos kilos, en los comentarios inocentes de amigos y colegas que no saben que están contemplando una muerte lenta, en el hambre perpetua que no engorda. El verdadero horror es que la amenaza está dentro del propio cuerpo, invisible para los demás y, por tanto, imposible de compartir.

La maldición es un cáncer moral: corroe la seguridad, el matrimonio, las amistades y la confianza en uno mismo. Halleck se vuelve suspicaz, irritable, y cada kilo perdido es también un pedazo de su vida que se le escapa. El cuerpo se vuelve símbolo y prueba irrefutable de la condena: se le está borrando del mundo.

El contexto histórico: Estados Unidos en los años 80

Para entender Maleficio en toda su dimensión, es importante situarla en su contexto. Los años 80 en EE. UU. fueron una época marcada por el auge del consumismo, el culto a la imagen, el individualismo y la prosperidad material, especialmente en la clase media y alta. Es la era Reagan: discursos sobre el mérito individual, la prosperidad como recompensa moral, y la invisibilidad de las desigualdades profundas. Billy Halleck es hijo de ese tiempo. Un abogado exitoso, con una vida cómoda en un suburbio próspero, con la suficiente influencia para manipular un proceso judicial. Su estatus le protege hasta que irrumpe en su vida una figura que no respeta esas reglas: el anciano gitano, representante de un mundo marginal, nómada y despreciado, que no cree en tribunales ni leyes oficiales, pero sí en la venganza personal y ancestral. En este choque entre la América privilegiada y los marginados, King introduce una crítica sutil: en los 80, los ganadores del sistema se sentían intocables hasta que algo irracional, ajeno al mercado y a la ley, les recordaba que todos somos vulnerables. En este sentido, Maleficio es una novela profundamente ochentera: está atravesada por las tensiones raciales y culturales, la autocomplacencia burguesa y la desconfianza hacia lo "otro".

Richard Bachman vs. Stephen King: un tono más frío

Publicada bajo el seudónimo Bachman, Maleficio se diferencia de muchas obras firmadas como King por un tono más seco, más desprovisto de lirismo y ternura. Bachman no busca tanto asustar como incomodar; su mirada es más cruel, menos dispuesta a perdonar. No hay un niño sensible, ni una comunidad que se una contra el mal: solo un individuo enfrentado a un castigo inevitable. En este estilo, la opresión psicológica se acentúa. El Bachman de Maleficio no ofrece vías de escape narrativo; no hay respiros cómicos ni excesivo sentimentalismo. Halleck está solo, y el lector también.

La simbología del peso y la culpa

El cambio físico radical de Halleck es el núcleo simbólico de la novela. El peso es metáfora de responsabilidad: al librarse de la justicia, Halleck cree haberse quitado un peso de encima pero la maldición le quita todo el peso, literalmente, hasta matarlo. Es un castigo poético y físico. Además, la pérdida de peso progresiva genera una paradoja temporal: cada día que pasa, el protagonista se ve más cerca del final. El tiempo se convierte en enemigo, medido no en horas ni semanas, sino en kilos. Esta cuantificación obsesiva, tan propia de la cultura estadounidense de la dieta y la autoimagen, se convierte en un instrumento narrativo letal.

Una novela muy de su época

Hoy, Maleficio es un artefacto cultural que huele a los años 80. No solo por su contexto sociopolítico, sino por su relación con la cultura de la salud y el cuerpo en los 80. En esa década, la del aerobics, Jane Fonda y el culto a la figura, estar delgado era signo de éxito y autocontrol. King subvierte esa idea: aquí, la delgadez extrema es signo de enfermedad y muerte. Lo que en la portada de una revista sería un ideal, en Halleck es el rostro de la descomposición. El racismo estructural y los estereotipos hacia las comunidades gitanas también están tratados con crudeza, aunque no desde una perspectiva políticamente correcta. King refleja el lenguaje y los prejuicios de la época sin filtros, lo que hoy puede resultar incómodo, pero también revelador de cómo se construían las relaciones sociales y de poder.

La dificultad de adaptación al cine

La novela fue adaptada al cine en 1996 por Tom Holland, y uno de los grandes retos (y problemas) de la adaptación fue precisamente el cambio físico del protagonista. En el libro, la pérdida de peso es tan extrema que se convierte en imagen mental imposible de reproducir con total verosimilitud. El cuerpo de Halleck en las últimas páginas es un esqueleto vivo, y trasladar eso a un actor real, incluso con prótesis y efectos, tiende a rozar lo caricaturesco o grotesco. En el cine, el cambio de peso tan radical exige o bien un compromiso físico insostenible para el actor, o bien un maquillaje que nunca alcanza el impacto psicológico que sí logra la palabra escrita. En la novela, el lector imagina su propio “esqueleto vivo” y eso siempre será más perturbador que cualquier prótesis. Además, el cine suele necesitar que el protagonista mantenga cierta simpatía para el espectador. En Maleficio, Halleck se va volviendo cada vez más desagradable, más egoísta, más paranoico. Esa degradación moral es tan importante como la física, pero en la pantalla puede diluirse si se prioriza la espectacularidad visual sobre el retrato íntimo. De hecho, la adaptación al cine de esta novela es lamentable, con todos cómicos de los cuales la novela carece y que hacen del conjunto una muy mala película.

El final: un golpe seco

Sin entrar en detalles explícitos, basta decir que Maleficio no ofrece redenciones plenas ni giros heroicos. El cierre es coherente con el tono opresivo: cruel, inevitable y, en cierto modo, irónico. Esa ironía final es también una marca de Bachman: el universo no concede misericordia, solo un ajuste de cuentas. Maleficio no es una novela para quien busque sustos fáciles o monstruos sobrenaturales en la oscuridad. Es un relato sobre la corrupción moral, la fragilidad física y la imposibilidad de escapar de ciertas consecuencias. La atmósfera de opresión psicológica es asfixiante porque se asienta en lo real: la maldición podría ser metáfora de una enfermedad incurable, de una culpa imposible de expiar o de la erosión inevitable del cuerpo humano.

Leída hoy, sigue siendo una obra incómoda, y su carácter “muy de los 80” a envejece rápido, la convierte en un retrato casi arqueológico de una década donde la apariencia física, el éxito social y el desprecio a los márgenes convivían sin vergüenza. Stephen King, bajo la máscara más fría de Bachman, nos recuerda que el verdadero terror no siempre viene de fuera: a veces, empieza dentro de nosotros y se va comiendo, kilo a kilo, lo que somos.

1 de septiembre de 2025

El mundo de ayer de Stefan Zweig

Para nosotros, los jóvenes, se había abierto de repente una ventana nueva. De golpe, el mundo ofrecía más colores, más tensiones y contrastes. En la escuela no oíamos hablar de Nietzsche, de Freud ni de Strindberg; nuestros profesores seguían aferrados a Storm y a Keller; a Ibsen lo toleraban con reservas. Pero nosotros, fuera de las aulas, leíamos a todos los que estaban prohibidos o no eran bien vistos, y los libros nos abrían los ojos.

 

22 de agosto de 2025

Christine (1983) de John Carpenter: King en estado puro

 En 1983, apenas un año después de que Stephen King publicara Christine, la novela llegó a la gran pantalla bajo la dirección de John Carpenter, un maestro del terror cinematográfico con títulos como Halloween y The Thing en su haber. Esta rapidez en la adaptación ya es un primer punto interesante: King aún estaba en la cúspide de su popularidad ochentera, y Hollywood se abalanzaba sobre sus obras casi al ritmo en que salían de la imprenta. Pero lo que parecía ser una historia de “coche asesino” escondía mucho más: un retrato de la adolescencia, la alienación y la corrupción del alma, envuelto en el metal reluciente y el rugido de un Plymouth Fury de 1958. La película de Carpenter es, sin duda, fiel en ciertos elementos esenciales, pero también transforma —a veces simplifica— aspectos clave de la novela, especialmente en lo que respecta al origen del mal y a la voz narrativa.

La novela: horror a dos velocidades

En la novela, Stephen King narra la historia en tres partes, con un primer acto contado en primera persona por Dennis Guilder, el mejor amigo de Arnie Cunningham. Este punto de vista es fundamental: Dennis nos ofrece no solo una visión cercana de la transformación de Arnie, sino también la mirada impotente de alguien que observa cómo un ser querido se autodestruye bajo una influencia maligna que parece inescapable. King dedica mucho tiempo a construir a Arnie como el “chico bueno” del instituto: tímido, torpe socialmente, inteligente pero sin carisma, acosado por los abusones y, en casa, aplastado por una madre sobreprotectora y un padre pasivo. Christine, el Plymouth Fury destartalado que Arnie compra, es su primera gran decisión independiente… y su perdición. El tema de los chicos perseguidos por acosadores es algo muy recurrente en la literatura de King.

En la novela, el coche no solo está embrujado: está literalmente poseído por el espíritu de su anterior dueño, Roland LeBay, un hombre desagradable y misógino que murió en circunstancias misteriosas. De nuevo un tema recurrente en King, la misoginia. King incluso introduce momentos en los que Dennis (y el lector) sienten la presencia de LeBay dentro de Arnie, cambiando su forma de hablar, su postura y sus gestos. Esta posesión progresiva es casi más importante que la capacidad de Christine para regenerarse o asesinar. El segundo y tercer acto del libro se alejan del punto de vista en primera persona, lo que acentúa la sensación de distancia: Dennis ya no puede acceder a Arnie, y el chico que conocía parece sustituido por otra persona, fría, vengativa y peligrosamente segura de sí misma.

La película: Carpenter y el mal inexplicable

John Carpenter, enfrentado a la dificultad de trasladar una novela larga a un metraje de menos de dos horas, realiza cambios sustanciales. La narración en primera persona desaparece: no hay una voz que nos guíe con reflexiones íntimas sobre Arnie, y la historia se cuenta de forma más objetiva. También hay un cambio significativo en el origen del mal. En la película, Christine parece malvado desde el momento de su fabricación: la secuencia inicial, ambientada en la línea de montaje de 1957, muestra cómo el coche “mata” a un obrero y hiere a otro antes siquiera de llegar a manos de LeBay. Carpenter elimina casi por completo la figura del fantasma de LeBay, optando por una maldad innata e inexplicable, lo que conecta con su gusto por el horror sin causa clara. Este cambio, aunque resta complejidad psicológica, refuerza la atmósfera sobrenatural y la iconografía del coche como un ente demoníaco autónomo. Christine no necesita un espíritu humano que la conduzca: él es el depredador.

La transformación de Arnie: del chico invisible al vengador letal

Uno de los aspectos más logrados tanto en la novela como en la película es la metamorfosis de Arnie Cunningham. En la novela, la transformación es gradual y psicológicamente rica: King describe cambios en su forma de vestir, en su lenguaje, en su postura corporal. Arnie pierde peso, gana confianza, pero también desarrolla una mirada fría y un desprecio creciente por los demás. La posesión de LeBay intensifica este proceso, dándole un tono casi de doble personalidad. En la película, Keith Gordon interpreta magistralmente esta evolución. Su Arnie inicial es patético, con gafas gruesas, posturas encorvadas y una voz temblorosa. A medida que Christine lo “posee”, se vuelve seguro, seductor, incluso amenazante. Gordon logra transmitir que la seguridad recién adquirida no es genuina, sino prestada por la oscuridad que se ha adueñado de él. La secuencia en la que Arnie, ya transformado, mira a su amigo Dennis y dice con una sonrisa escalofriante “Christine y yo cuidamos de nosotros mismos” es pura esencia Carpenter: breve, cortante y cargada de tensión. Es aquí donde la película brilla: aunque simplifica el trasfondo del mal, captura visualmente y con gran fuerza actoral el descenso de Arnie, desde la víctima de los abusones hasta el asesino vengativo que se alía con Christine para eliminar a quienes le hicieron daño.

Violencia y atmósfera: el rugido del motor como música de terror

King, como buen novelista, puede permitirse largas secuencias de preparación antes de cada acto violento, cargando el ambiente con detalles de la carretera, del frío, de la tensión entre personajes. La violencia es explícita, pero no tanto como en otras obras suyas; aquí importa más el terror psicológico y la sensación de pérdida de humanidad. Carpenter, por su parte, aprovecha su maestría en el ritmo y el suspense visual: las secuencias en las que Christine persigue a sus víctimas, envuelta en las luces del salpicadero y el rugido del motor, son momentos icónicos del cine de terror ochentero. La escena del callejón, con Christine avanzando lentamente hacia un matón que no tiene dónde escapar, condensa toda la amenaza del coche en un plano prolongado, sin necesidad de palabras.

Otro acierto cinematográfico es la manera en que Carpenter filma la “regeneración” de Christine. En la novela, King describe cómo el coche se repara solo, pero verlo en pantalla, con los metales retorciéndose y el cristal recomponiéndose mientras la cámara se acerca, es una experiencia visceral que añade un componente casi corporal a la maldad del vehículo.

Adolescencia, obsesión y destrucción

Tanto la novela como la película funcionan como metáforas de la adolescencia y la obsesión. Christine es, para Arnie, su primera relación seria: lo aparta de sus amigos, lo enfrenta con su familia y lo aísla del resto del mundo. El coche le da poder, independencia y una identidad nueva, pero al precio de su humanidad. En King, este subtexto es más evidente gracias a las reflexiones de Dennis, que interpreta la relación de Arnie con Christine casi como un romance tóxico. En Carpenter, el subtexto está presente pero se percibe más a través del lenguaje visual: los planos de Arnie acariciando la carrocería, hablándole al coche, o conduciendo de noche con una sonrisa perturbadora, iluminado por el salpicadero y la radio verde. La música de la película es brutal y en su contexto -a pesar de que muchas son canciones de amor- aterradora.

Fidelidad y divergencia

En resumen:

La película es fiel en la estructura básica (chico inadaptado compra coche poseído, gana confianza y se vuelve letal, amigo y novia intentan salvarlo), la metamorfosis de Arnie, y el protagonismo de Christine como personaje. Pero diferente en el origen del mal (fantasma de LeBay vs. maldad innata), el punto de vista narrativo (primera persona de Dennis vs. narrador objetivo), y el grado de explicación del horror. El resultado es que la novela ofrece un retrato más profundo y trágico de la corrupción de Arnie, mientras que la película apuesta por el impacto visual, la tensión y la mitificación del coche como ente diabólico.

Valoración final

Como adaptación, Christine de Carpenter no es una traslación literal, pero sí captura la esencia más poderosa de la novela: la historia de un joven cuya ansiada independencia y poder acaban convirtiéndose en una trampa mortal. Keith Gordon eleva la película con una interpretación que evoluciona de forma creíble y aterradora. Aunque Carpenter sacrifica la complejidad de LeBay y la perspectiva íntima de Dennis, gana en atmósfera y en iconicidad visual. El resultado es una obra que, si bien simplifica la mitología de King, sobrevive como un clásico del terror ochentero y como una de las adaptaciones más estilizadas de su obra. En última instancia, tanto el libro como la película nos dejan la misma advertencia: algunos amores —sean personas, máquinas o sueños de poder— vienen con un precio que se paga con el alma, y Christine, reluciente bajo las farolas de una noche americana, sigue esperando a su próximo conductor.

20 de agosto de 2025

No confundamos historia con novela histórica: El Último Judío de Noah Gordon

Noah Gordon

El autor, Noah Gordon, fue un escritor y periodista estadounidense nacido en 1926 y fallecido en 2021. Su carrera estuvo marcada por un interés profundo en la historia y la medicina, materias que fusionó en su producción literaria para crear novelas históricas. Tras una formación en periodismo y varios años dedicados a la prensa, Gordon dio el salto a la novela con títulos como El rabino y, sobre todo, con El médico, que le otorgaron reconocimiento internacional. A lo largo de su vida, su obra se caracterizó por una clara vocación por narrar el paso del tiempo y las vidas marcadas por la adversidad, siempre con un estilo accesible y directo. Su obra más famosa y exitosa fue El Médico, de cuyo vientos bebe El Último Judío.

El libro: El Último Judío

El Último Judío se presenta como un ambicioso fresco histórico ambientado en la España de 1492, un momento crucial marcado por la expulsión de los judíos decretada por los Reyes Católicos. La novela sigue la vida de Yonah Toledano, un joven que, tras perder a su familia, se ve obligado a sobrevivir en un entorno hostil, manteniendo viva su fe judía mientras adopta distintas identidades y roles, entre ellos el de médico. Aquí el autor aprovecha el éxito de su novela anterior para exprimir un poco más su fama. La narrativa nos ofrece un periplo de tópicos de la complejidad de la época, mostrando la brutalidad tópica de la Inquisición y los dilemas morales de aquellos que intentaban preservar su esencia cultural en medio de la persecución. La escritura de Gordon destaca por su simplicidad, evitando florituras innecesarias para centrarse en la evolución interior del protagonista y en las tensiones históricas que le rodean. Esta conjunción de historia y humanidad convierte a la novela en una lectura interesante, que explora temas como la identidad y la fe. La novela tiene un gran pero: su lectura es algo plana desde el punto de vista literario y bastante flojo desde un contexto histórico. La novela carece de profundidad psicológica, con un desarrollo lineal y previsible, con unos personajes secundarios carentes de complejidad. Además, el autor sesga de forma descarada a las religiones, los judíos y musulmanes son lo majores y los católicos en su mayoría una panda de fanáticos iletrados.
La novela tiene un estilo funcional y claro, pero que resulta demasiado directo y carente de matices literarios. La novela ni vale como base histórica (crea una repetición de la leyenda negra contra Castilla y Aragón que tanto gusta al mundo anglosajón), ni como obra literaria de calidad. Un west seller que según se termina de leer se olvida, que es lo peor que le puede pasar a cualquier obra artística.

Otros países fueron pioneros antes que España en expulsar a los judíos

Recordemos lo que pasó antes de 1492 en Europa. Por ejemplo, en Inglaterra la hostilidad hacia los judíos se intensificó a lo largo del siglo XIII. Tras años de leyes restrictivas, acusaciones de usura y episodios de violencia —como los pogromos de York en 1190—, Eduardo I decretó en 1290 la expulsión total de los judíos del reino. Francia siguió un patrón similar: ya en 1182, Felipe II ordenó la primera expulsión de los judíos del dominio real, pero no en la totalidad de su reino, aunque fueron readmitidos por interés económico y expulsados de nuevo en varias oleadas, hasta que Carlos VI formalizó la expulsión definitiva en 1394. Es decir, a finales del S.XIII Inglaterra fue pionera en expulsar a judíos de todo su reino.

Cronología de los hechos

Le he preguntado a Chat GPT sobre este tema, para ver que pasó antes de 1492, y esto es lo que me ha contado:

Línea cronológica de persecuciones y expulsiones de judíos en Europa (hasta 1492)

  • 1096 – Pogromos de la Primera Cruzada
    En el camino hacia Tierra Santa, bandas de cruzados asaltan comunidades judías en Renania (Maguncia, Worms, Espira), provocando masacres.

  • 1147 – Segunda Cruzada
    Nuevos ataques contra judíos en Francia y Renania, impulsados por predicadores que los acusan de “enemigos de Cristo”.

  • 1182 – Francia
    El rey Felipe II expulsa a los judíos de su dominio, confisca sus bienes y anula las deudas que la nobleza y el clero tenían con ellos. Son readmitidos en 1198.

  • 1190 – Inglaterra
    Pogromos en Londres y York. En York, más de 150 judíos mueren en un asedio y suicidio colectivo en el castillo de Clifford.

  • 1290 – Inglaterra
    Eduardo I decreta la expulsión total de los judíos del reino. No podrán regresar oficialmente hasta 1656, bajo Cromwell.

  • 1306 – Francia
    Felipe IV ordena una expulsión masiva. Miles de judíos se dispersan hacia Navarra, la Provenza, Italia y el Sacro Imperio.

  • 1348‑1351 – Europa central y occidental
    Durante la peste negra, los judíos son acusados de envenenar pozos. Pogromos y expulsiones en Estrasburgo, Basilea, Colonia y decenas de ciudades.

  • 1391 – Corona de Castilla y Corona de Aragón
    Pogromos coordinados, iniciados en Sevilla y extendidos a Toledo, Valencia, Barcelona y otras ciudades. Miles de judíos asesinados o convertidos por la fuerza.

  • 1394 – Francia
    El rey Carlos VI decreta la expulsión definitiva de los judíos del reino. Muchos se refugian en Italia y en territorios germánicos.

  • 1420 – Austria (Viena)
    El duque Alberto V ordena arrestos masivos; se confiscan bienes y se ejecuta a líderes comunitarios. Los supervivientes son expulsados.

  • 1470s – Diversas ciudades italianas y germánicas
    Expulsiones parciales en Bolonia, Parma, Trento y varias ciudades‑estado; la presión aumenta con la Inquisición en España y la vigilancia papal.

Pero por desgracia, parece que en el imaginario Europeo-Americano fue España la más "malota", ya que expulsó a los judíos de su territorio (a finales del S.XV). Pero se olvidan que ya otros reinos europeos lo había hecho mucho antes. Es decir, en un contexto histórico esto era lo normal, España fue más reticente a hacerlo que el resto de Europa, en ese contexto "fue la menos mala". Además, La Inquisición se funda en el S.XII en Francia, mucha gente piensa que es algo "típicamente español".

Pero, esto de La Inquisición, ¿en qué consistía?

La Inquisición, ¿en qué consistía realmente?

La Inquisición Española, es decir El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fue una institución eclesiástica creada en 1478 por los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, con autorización del papa Sixto IV. Su objetivo inicial no era perseguir a la población judía o musulmana en general, sino vigilar y enjuiciar a los conversos —judíos o musulmanes convertidos al cristianismo— que fueran sospechosos de mantener prácticas religiosas propias de su antigua fe, lo que en el lenguaje de la época se denominaba judaizar o islamizar. La preocupación política y religiosa detrás de su creación radicaba en la unidad confesional que los monarcas consideraban esencial para consolidar el nuevo Estado. A diferencia de las inquisiciones medievales anteriores, que dependían directamente del papa, la Inquisición Española fue controlada por la Corona a través de un organismo central, el Consejo Supremo de la Inquisición o Suprema, lo que la convertía en una herramienta tanto religiosa como política.

El tribunal inquisitorial tenía competencia exclusivamente sobre personas bautizadas en la fe católica. Esto incluía no solo a conversos de origen judío o musulmán, sino también a cristianos viejos acusados de herejía, blasfemia, proposiciones heréticas, bigamia o prácticas supersticiosas contrarias a la ortodoxia. Por tanto, no podía juzgar a judíos o musulmanes que no se hubieran bautizado, ya que estos quedaban bajo la jurisdicción civil o de otros tribunales eclesiásticos. Es decir, en la novela que tratamos hoy la persecución del protagonista no debería ser de La Inquisición, debería ser desde el poder real, ya que había desobedecido una orden de los reyes. 

El procedimiento de la Inquisición, aunque severo, seguía formas jurídicas reconocidas para la época: se iniciaba con una denuncia, se investigaba en secreto, y si había indicios se encarcelaba al acusado a la espera del proceso. El acusado podía ser asistido por un abogado designado por el tribunal y tenía derecho a presentar testigos en su defensa, aunque no podía conocer la identidad de sus acusadores, lo que generaba un evidente desequilibrio procesal. En cualquier caso, hablamos de unas garantías legales bastante pioneras para el contexto histórico en el que nos movemos. Escritores de novela "histórica", no olviden el contexto, el contexto es la esencia de la historia, si él no se puede entender.

Las penas variaban según la gravedad y reincidencia. La mayoría de ellas no concluían en ejecución: las sanciones podían ir desde multas, penitencias públicas, confiscación de bienes, destierro o cárcel, hasta la pena de muerte para casos de herejía obstinada. La ejecución capital, cuando se imponía, era realizada por las autoridades civiles, ya que la Iglesia no podía derramar sangre según su propia legislación. Los juicios más solemnes -y muy escasos cuantitativamente hablando- culminaban en el auto de fe, un acto público en el que se leía la sentencia y se aplicaban las penas. Aunque en el imaginario popular posterior —sobre todo desde el siglo XIX— se asoció la Inquisición Española con una maquinaria indiscriminada de torturas y hogueras masivas, los estudios modernos basados en sus archivos muestran que la tortura, aunque legalmente permitida, se aplicó en un porcentaje reducido de casos y bajo límites normativos más estrictos que en la justicia ordinaria de la época. Es decir, de nuevo el autor de la novela recurre a tópicos típicos.

Durante sus siglos de actividad, la Inquisición evolucionó en sus objetivos. En sus primeras décadas se centró casi exclusivamente en los conversos; en el siglo XVI amplió su atención a la vigilancia de corrientes protestantes, alumbrados, erasmistas y otros movimientos espirituales; más tarde, reguló la censura de libros y combatió prácticas supersticiosas o mágicas que consideraba peligrosas para la ortodoxia católica. Con el tiempo, perdió relevancia y fue suprimida en 1834, en un contexto político y social radicalmente distinto al que le dio origen. Históricamente, fue una institución compleja, a la vez represiva y burocrática, que refleja las tensiones de una España en formación, donde religión y poder político estaban entrelazados de forma inseparable.

El mejor consejo es que al leer un novela "histórica" no caigamos en el error de pensar que es un libro de historia. Si lo hacemos, nos llevaremos una idea tópica y mitificada de la realidad, de los hechos, de los legajos, de lo que es realmente la historia.


14 de agosto de 2025

Cujo (1983) de Lewis Teague: los finales felices no siempre son buenos

Hay historias que no necesitan fantasmas para helarnos la sangre. Cujo, publicada por Stephen King en 1981, es uno de esos relatos en los que lo monstruoso se arraiga en lo cotidiano. Un perro bonachón convertido en una bestia rabiosa, un coche averiado bajo el sol de un verano implacable, una madre y un hijo atrapados en un escenario que parece tan ordinario que casi podríamos imaginarlo en nuestra propia calle. El horror aquí no nace de dimensiones alternativas ni de criaturas imposibles, sino de la crudeza física y del azar letal que la vida puede deparar. Cuando en 1983 Lewis Teague llevó la historia a la gran pantalla, el reto era obvio: conservar esa tensión sin adornos, esa claustrofobia física que King había destilado en cada página. El resultado, sin embargo, se quedó a medio camino entre la fidelidad y la domesticación del terror, optando por un desenlace que, lejos de potenciar el golpe emocional, lo amortigua para no dejar heridas abiertas en la audiencia.

En términos cinematográficos, la adaptación de Cujo es un ejercicio notable en varios frentes. Rodada en California durante el verano, la producción enfrentó el desafío de trabajar con múltiples perros entrenados. Dee Wallace, en el papel de Donna Trenton, aporta una entrega física y emocional que sostiene la película entera: su sudor, su respiración agitada, la mirada en la que se mezclan el instinto protector y el terror puro, resultan tan creíbles que uno olvida por momentos que está viendo una actriz y no una madre real luchando contra lo inevitable. Danny Pintauro, como el pequeño Tad, encarna con precisión el miedo infantil, mientras que el montaje de Neil Travis y la fotografía de Jan de Bont acentúan el calor sofocante y la sensación de encierro. La cámara se pega a los cristales empañados, captura el zumbido de las moscas, deja que el tiempo se estire como un suplicio. Técnicamente, el film logra trasladar la experiencia sensorial de estar atrapado en ese coche con la amenaza rondando afuera. Y sin embargo, pese a ese virtuosismo formal, el guion introduce una grieta fundamental: la decisión de salvar al niño en el último instante.

En la novela, King se permite una crueldad que roza lo insoportable. Tad no muere devorado por el perro, sino lentamente, consumido por la deshidratación y el golpe de calor. Es una muerte “real”, sin heroísmos de último segundo, sin deus ex machina. King sabe que el terror más puro está en lo que no se puede revertir, en esa súbita consciencia de que no hay marcha atrás. La simbología es clara: los monstruos imaginarios —el del armario que Tad teme al inicio— son reemplazados por monstruos tangibles, y estos no siempre se pueden vencer. Donna mata a Cujo, sí, pero su victoria no es total; el precio es irreversible. En esa renuncia al final feliz está la médula de la novela: la constatación de que la vida, como el horror, no respeta las reglas del relato convencional. La tragedia no distingue entre los “buenos” y los “malos”, y la fuerza de voluntad, por más épica que sea, no garantiza el rescate. Es un recordatorio cruel, pero honesto, del carácter arbitrario del destino.

La diferencia entre libro y película, entonces, no es solo de argumento, sino de naturaleza. En el libro, el final actúa como un golpe seco que deja al lector desarmado, pensando en lo inútil de ciertos esfuerzos, en lo frágiles que somos frente a una concatenación de infortunios. En la película, el mismo momento se convierte en un clímax triunfal: Donna rescata a Tad, lo reanima, y ambos sobreviven para ser abrazados por el alivio del espectador. El impacto narrativo cambia radicalmente. Donde King buscaba inquietud prolongada, el film ofrece catarsis; donde la novela deja una cicatriz emocional, la película deja un suspiro de alivio. El espectador de cine sale de la sala reconfortado, el lector de King cierra el libro con un nudo en la garganta que no se desata fácilmente. No es que el final feliz carezca de valor; simplemente no es Cujo tal como King lo concibió.


Esa alteración del desenlace resta, inevitablemente, fuerza a la adaptación. Es como si al llegar al borde del precipicio, la película se apartara para evitar que el espectador mire el abismo. No es un caso aislado: Hollywood ha suavizado muchas historias duras para ajustarlas a lo que considera “aceptable” para el público general. Pero hay ejemplos en los que se ha hecho lo contrario, y ahí radica la ironía. Pensemos en La niebla (2007), adaptación de Frank Darabont de otro relato de King. En ese caso, el director tomó un final ya pesimista y lo llevó a un extremo desgarrador, superando incluso la crueldad del texto original. El resultado fue una reacción visceral del público: incredulidad, llanto, rabia… pero también un reconocimiento unánime de que ese final había grabado la película en la memoria colectiva. Cujo podría haber tenido un destino similar si hubiera respetado la implacabilidad de la novela. En cambio, optó por cerrar la herida antes de que sangrara, privando a la historia de su golpe maestro. El terror, como la vida, necesita a veces recordarnos que no siempre ganamos, que no siempre hay un amanecer después de la noche más oscura. En el universo de King, esa verdad incómoda es parte de la magia. Y en la versión cinematográfica de Cujo, lamentablemente, se perdió.

2 de agosto de 2025

Vuelvo a la Guerra de Vietnam con un libro

El verano da para mucho, y una de sus ventajas es el poder leer. Ahora estoy con un libro magnífico, duro y crudo por lo que describe, pero realmente bueno: The Things They Carried (Las cosas que llevaban) de Tim O’Brien. Es una colección de relatos cortos entrelazados sobre soldados estadounidenses en la Guerra de Vietnam. O’Brien, que fue veterano, mezcla ficción y memoria para narrar:

  • Objetos físicos que los soldados llevaban (armas, cartas, fotos, amuletos, comida, etc.). Lo importante de estos objetos como realidades materiales de su vida pasada, de su hogar, de sus recuerdos. Tal vez mucho más importantes que su equipo de combate.

  • Cargas emocionales como el miedo, la culpa, la nostalgia o la esperanza. En sus propias carnes, vive en una de las historias su intento de huida a Canadá para evitar la guerra.

  • Anécdotas y escenas tanto en combate como en los momentos de descanso, en la jungla o en el regreso a casa. Sin caer en sensiblerías, crudo y real, como la guerra misma.

El libro no es puramente un informe histórico; es profundamente humano, con un tono que combina realismo, poesía y crudeza. Si quieres leer un retrato vívido de la experiencia de los soldados y su mundo cotidiano, es probablemente la obra más recomendada para adentrarse en lo que vivieron los jóvenes soldados useños a tantos quilómetros de sus hogares.

Las guerras son un asco, la de Vietnam mucho más

He terminado la lectura de "Breve historia de la guerra de Vietnam" de Raquel Barrios Ramos, un libro que supone una primera aproximación al conflicto que marcó al país dominante en aquella época: los EE.UU. El libro no destaca por su orden cronológico, ni por el cuidado a la hora de ir organizando de forma ordenada la historia, es un libro confuso -va y viene- y por tanto desordenado, pero tiene algo muy interesante: muy buen contexto de lo que pasó antes de la llegada de los USA al conflicto, es decir, el colonialismo francés. El resto ya es historia, 2 millones de vietnamitas asesinados en bombardeos indiscriminados, contaminación química y destrucción de la selva, numerosos huérfanos, 58.000 jóvenes useños muertos, los que regresaron a su país discriminados y traumatizados, etc. etc. Las guerras son un asco.

En estos días el globalismo atlantista y los negocios armamentísticos están apretando para que los países gasten más dinero para la guerras. Mi pregunta es simple ¿Cuántas madres españolas están dispuestas a sacrificar a sus hijos para garantizar la integridad territorial de Estonia? Pues eso, las guerras son un asco......






1 de agosto de 2025

Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuscinski

 (de su viaje a la India)

Aprendí que una cultura distinta no nos desvelaría sus secretos tan sólo porque así se lo ordenásemos y que antes de encontrarnos con ella era necesario pasar por una larga y sólida preparación



1 de julio de 2025

Creían que eran libres de Milton Mayer

Los Hitler, Stalin, Mussolini son arribistas salidos del pueblo llano, y el semi-alfabetizado Hitler es el más corriente del grupo



14 de junio de 2025

De ratones y hombres (1937) de John Steinbeck: El sueño truncado de la América rural

John Steinbeck, uno de los grandes narradores de la literatura estadounidense del siglo XX, nos legó en De ratones y hombres (1937) una historia profundamente humana sobre la soledad, la esperanza y la cruda realidad del sueño americano tras la Gran Depresión. Con una prosa sencilla pero cargada de simbolismo, Steinbeck nos transporta a la California de la Gran Depresión, un tiempo de desesperanza y lucha por la supervivencia, en el que el capitalismo salvaje y la explotación humana iban de la mano.

Contexto histórico: la Gran Depresión y los trabajadores migrantes

Para entender De ratones y hombres, es esencial situarnos en el contexto en que fue escrita. La novela se ambienta en la década de 1930, un período marcado por la Gran Depresión, la crisis económica más devastadora del siglo XX en Estados Unidos. Con el colapso de la Bolsa en 1929, millones de personas quedaron desempleadas y se vieron obligadas a desplazarse en busca de trabajo. Particularmente en California, miles de trabajadores migrantes, en su mayoría provenientes del Medio Oeste, recorrieron el estado con la esperanza de encontrar empleo en los campos y ranchos. Este contexto de precariedad y movilidad constante nutre la narrativa de Steinbeck y da forma al destino de sus protagonistas: George y Lennie.

John Steinbeck: el cronista de la América olvidada

Steinbeck nació en 1902 en Salinas, California, y desde joven tuvo contacto con el mundo de la agricultura y los jornaleros migrantes, una realidad que luego plasmaría en su obra con una sensibilidad y un compromiso social notables. De ratones y hombres forma parte de su trilogía social junto con Las uvas de la ira y Al este del Edén, novelas en las que denuncia la explotación laboral y la desigualdad de clases, sin perder de vista la dignidad de los personajes y su profunda humanidad. Su obra tiene un estilo directo, realista y con gran capacidad para capturar la realidad de la gente sencilla, de los explotados. En De ratones y hombres, combina el lirismo con una estructura casi teatral, lo que la hace especialmente efectiva tanto en el formato literario como en sus adaptaciones escénicas y cinematográficas.

Sueños y desesperanza en la América rural

La historia sigue a George Milton y Lennie Small, dos trabajadores itinerantes que sueñan con tener su propia granja, un sueño que los mantiene a flote en un mundo hostil. Lennie, un hombre con discapacidad intelectual y una fuerza descomunal, depende de George, quien actúa como su protector y guía. Entre los dos hay una relación casi fraternal. Ambos llegan a un rancho en California donde buscan trabajo con la esperanza de ahorrar lo suficiente para comprar un pedazo de tierra y vivir "como hombres libres". Es este el motivo que les mueve, a todos esos trabajadores, alcanzar la libertad a través de la realización del "sueño americano", ese sueño que parece resistírseles. Steinbeck nos presenta un universo marcado por la brutalidad y la exclusión: Crooks, el mozo de cuadra afroamericano, sufre el racismo de sus compañeros; Candy, el viejo peón, teme ser descartado cuando deje de ser útil; y la esposa de Curley, el capataz, busca desesperadamente atención en un ambiente dominado por hombres que la ven como una amenaza o una tentación.

SE DESVELA EL FINAL

La tensión crece hasta llegar a su trágico desenlace cuando Lennie, incapaz de controlar su fuerza, mata accidentalmente a la esposa de Curley. Conscientes de que no hay escapatoria, George toma una decisión desgarradora: acaba con la vida de Lennie para evitarle un destino aún peor a manos de una multitud enfurecida. Tal vez, el final de la novela, con George mirando el río tras haber disparado a su mejor amigo, básicamente un hermano, es uno de los momentos más desgarradores de la literatura estadounidense. En un trágico segundo se refleja toda la injusticia del mundo.

Los hombres, como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. Llegan a un río y trabajan hasta que tienen un poco de dinero, y después van a la ciudad y malgastan su dinero, y nos les queda más remedio que ir a molerse los huesos en otro rancho. No tienen nada que esperar del futuro [...] Con nosotros no pasa así. Tenemos un porvenir. Tenemos alguien con quien hablar, alguien que piensa en nosotros. No tenemos que sentarnos en un café malgastando el dinero sólo porque no hay otro lugar donde ir. Si esos otros tipos caen en la cárcel, pueden pudrirse allí porque a nadie le importa. Pero nosotros, no.

De ratones y hombres
ha sido interpretada de diversas maneras: como una novela proletaria, un drama existencial y una fábula sobre la fragilidad de los sueños. Steinbeck consigue, en pocas páginas, crear personajes inolvidables y un microcosmos que refleja las injusticias de su tiempo. Uno de los aspectos más destacables es su estructura casi teatral: los diálogos directos, los escenarios delimitados (el rancho, la orilla del río) y la evolución dramática recuerdan más a una obra de teatro que a una novela convencional. Esto ha facilitado su adaptación al cine y al teatro con gran éxito. Su impacto cultural y su relevancia social la han consolidado como un clásico fundamental de la literatura contemporánea.

Las adaptaciones cinematográficas

La novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones principales:

  1. "La Fuerza Bruta" (1939): Dirigida por Lewis Milestone y protagonizada por Burgess Meredith (George) y Lon Chaney Jr. (Lennie). Esta versión en blanco y negro es fiel a la novela y captura el espíritu de Steinbeck con una interpretación conmovedora de Chaney como Lennie.

  2. "De Ratones y Hombres" (1992): Dirigida y protagonizada por Gary Sinise (George), con John Malkovich en el papel de Lennie. Esta adaptación, más reciente y accesible para el público moderno, mantiene la esencia de la historia y destaca por la actuación de Malkovich, quien aporta una profundidad emocional extraordinaria a su personaje.

Ambas películas han sido aclamadas por su capacidad para transmitir la fuerza y la tragedia de la historia original, tal vez la segunda adaptación sea más fiel a la novela original.

A casi un siglo de su publicación, De ratones y hombres sigue siendo una obra de referencia por su retrato descarnado de la vida de los trabajadores migrantes y su reflexión sobre la soledad y la esperanza. Steinbeck nos recuerda que, en un mundo despiadado, los sueños pueden ser efímeros, pero la compasión y la amistad son lo único que nos redime.

Pocas novelas han logrado conmover y hacer reflexionar tanto en tan pocas páginas. Es una novela corta, pero según avanzamos en su lectura vemos como la tragedia y la desesperanza lo van dominando todo, solamente la humanidad y la esperanza en una vida mejor nos ayuda a continuar. De ratones y hombres es una historia que se queda con el lector mucho después de haber cerrado el libro.



8 de junio de 2025

La Fragilidad de la Libertad: Creían que eran libres de Milton Mayer

Para comprender por qué el horror nazi perdura en la conciencia colectiva, es fundamental analizar no solo las acciones de sus líderes, sino también la compleja red de complicidades que facilitó su ascenso y permanencia en el poder. En este contexto, la obra "Creían que eran libres. Los alemanes 1933-45" de Milton Mayer es un documento excepcional. Su propósito no era estudiar a la élite nazi, sino entender a quienes, desde la cotidianidad, respaldaron y permitieron la consolidación del régimen. Publicado originalmente con dificultades, este libro explora la mentalidad de diez ciudadanos alemanes comunes que fueron miembros del Partido Nacionalsocialista, ofreciendo una perspectiva íntima y perturbadora sobre cómo una sociedad entera pudo deslizarse hacia la barbarie. 

Para valorar la profundidad de la investigación de Mayer y la relevancia de sus hallazgos, es esencial situar la obra en su contexto histórico: un periodo de fragilidad institucional y desesperada búsqueda de estabilidad tras las devastadoras secuelas de la Primera Guerra Mundial. La República de Weimar, asolada por crisis económicas, desempleo, huelgas y una inflación descontrolada, generó el caldo de cultivo perfecto para el auge del nacionalsocialismo, que prometía orden y recuperación. El miedo al comunismo también desempeñó un papel clave, hábilmente explotado por Hitler, quien incluso permitió la participación de los comunistas en las elecciones para debilitar a los socialdemócratas. En este ambiente de incertidumbre y temor, la propaganda nazi encontró terreno fértil, atribuyendo a los judíos la responsabilidad de los males de Alemania y prometiendo restaurar el orgullo nacional tras la humillante derrota en la Gran Guerra. La llegada de Hitler al poder marcó un punto de inflexión: muchos alemanes, buscando soluciones inmediatas a sus problemas, depositaron su confianza en un régimen que, poco a poco, erosionó las libertades individuales.  

La investigación de Mayer se sitúa en la posguerra, en 1951, cuando el periodista estadounidense se instaló en una pequeña ciudad alemana con la obsesión de entender el nazismo no solo como la tiranía de unos pocos, sino como un fenómeno de masas. Su objetivo era desentrañar cómo tantos ciudadanos alemanes pudieron apoyar o, al menos, tolerar un régimen como el nazi, una pregunta que, casi un siglo después, sigue resonando con inquietante actualidad. Para ello, se sumergió en la vida cotidiana de ciudadanos que vivieron bajo el nacionalsocialismo, buscando comprender "al hombre monstruoso, el nazi" y enfrentarse a la posibilidad de que, en circunstancias similares, él mismo podría haber seguido el mismo camino. Un episodio particularmente revelador es la quema de la sinagoga de Kronenberg en 1938, presenciada o conocida por los diez entrevistados, ninguno de los cuales hizo nada para evitarlo. Este hecho se convierte en un símbolo escalofriante de la pasividad y la complicidad que Mayer trataba de comprender. En este contexto de crisis y adoctrinamiento, su investigación se convierte en un intento por iluminar las razones, a menudo sutiles y profundamente humanas, que condujeron a una nación a la barbarie.  

La singularidad de Milton Mayer como autor radica en su enfoque personal y en su trasfondo, que moldearon tanto su método de investigación como la naturaleza de sus hallazgos. Como estadounidense de ascendencia alemana y origen judío, se sentía personalmente interpelado por el horror del nazismo: "Como estadounidense de ascendencia alemana, me sentía avergonzado. Como judío, me sentía anonadado. Como periodista, me fascinaba". Este conflicto lo llevó a abandonar la mera curiosidad periodística para enfrentarse al problema de manera directa, buscando comprender la mentalidad de quienes apoyaron el régimen. Su afinidad con el movimiento cuáquero, basado en principios protestantes, le otorgó una perspectiva particular: la creencia de que en cada individuo reside "una pizca de Dios". Esta convicción le permitió acercarse a sus entrevistados, a quienes llamó sus "diez amigos nazis", con la disposición de comprender su complejidad humana. En cada uno de ellos veía una mezcla de impulsos buenos y malos, reflejados en sus actos cotidianos.  

En 1951, Mayer se trasladó con su familia a un pequeño pueblo alemán, presentándose como un estadounidense de ascendencia germana interesado en documentar la vida de los ciudadanos corrientes bajo el nazismo. A través de largas conversaciones informales sobre distintos temas, logró ganarse la confianza de diez hombres que habían sido miembros del Partido Nacionalsocialista. Sus profesiones eran variadas: ebanista, conserje, soldado, oficinista en paro, panadero, cobrador, sastre, aprendiz de sastre, profesor de secundaria y policía. Su "método" consistió en visitas regulares a los hogares de los entrevistados, donde compartían té, café, vino y comidas. A menudo iba acompañado de su esposa e hijos, lo que fomentaba la espontaneidad y permitía la participación de las esposas de los entrevistados, enriqueciendo las perspectivas obtenidas. Cada entrevista duraba entre dos y tres horas, acumulando entre doce y cuarenta horas por persona. En una época de escasez, Mayer incluso llevó pequeños regalos, que fueron evolucionando de gestos simbólicos a provisiones más sustanciales, principalmente alimentos.  

Sin embargo, Mayer ocultó dos datos esenciales a sus entrevistados: que era judío y que poseía información confidencial sobre sus antecedentes, proporcionada por la oficina de desnazificación del ejército estadounidense. Esta decisión, criticada posteriormente, fue justificada por el autor como necesaria para obtener testimonios sinceros. Su intención no era juzgar, sino "ver al hombre monstruoso, el nazi. Quería hablar con él y escucharlo. Quería intentar entenderlo". Para ello, partía de una premisa inquietante: si rechazaba la doctrina de la superioridad racial nazi, debía admitir la posibilidad de que él mismo, en otras circunstancias, podría haber tomado el mismo camino. Esta mezcla de empatía y rigor periodístico define a Mayer como un investigador atípico, cuyo interés radicaba en comprender la dimensión humana de la adhesión al nazismo.  

El resultado de su investigación, "Creían que eran libres", es un ejercicio periodístico de gran alcance que, aunque no es un ensayo académico riguroso, desvela con inquietante claridad las razones que algunos alemanes ofrecieron para su involucramiento, activo o pasivo, en la barbarie nazi. Su mayor fortaleza radica en la honestidad y la ausencia de juicios en los testimonios recogidos. Mayer consigue generar un clima de confianza con sus interlocutores, a quienes se refiere como "mis amigos nazis", permitiendo que expresen sin reservas sus justificaciones, miedos y recuerdos de la época nazi. De sus conversaciones surge un panorama complejo, donde la crisis económica, el temor al comunismo, la percepción de Hitler como un benefactor y la negación del Holocausto (o la creencia de que era "propaganda del enemigo") se entrelazan con una sensación de falsa autonomía. Muchos afirmaban que "uno no tenía tiempo para pensar. Pasaban demasiadas cosas", reflejando la progresiva renuncia a la reflexión crítica y la adaptación a las verdades impuestas por el régimen.  

No obstante, la obra no busca eximir de culpa a sus entrevistados. Al contrario, al presentar sus relatos sin filtros, Mayer obliga al lector a extraer sus propias conclusiones y a enfrentarse a una pregunta fundamental: ¿qué habríamos hecho en su lugar? Su escritura, junto con una destacada traducción al español, genera un impacto profundo. Cada capítulo cierra con una sensación de desasosiego y reflexión. Sin embargo, la obra no está exenta de críticas. Se ha señalado la ausencia de mujeres en la muestra, pese a su relevante papel en el régimen nazi, así como la limitada representatividad estadística del pequeño pueblo estudiado.  

A pesar de ello, "Creían que eran libres" trasciende el mero reportaje para convertirse en un clásico que no solo ilumina el pasado, sino que también ofrece valiosas advertencias sobre los peligros del autoritarismo y la complicidad social en la actualidad. Como señala Richard J. Evans en el epílogo, el libro nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de la libertad y la facilidad con la que una sociedad puede deslizarse hacia la intolerancia. En última instancia, la obra de Mayer es una lección de periodismo y una invitación a la introspección, recordándonos que la libertad no es un derecho asegurado, sino una conquista constante que requiere vigilancia y compromiso.