4 de agosto de 2025

La tragedia del Hindenburg: el trágico final de los zepelines

En la primavera de 1937, el mundo parecía caminar por la cuerda floja del tiempo. Europa era un continente que respiraba con ansiedad: el fascismo avanzaba en Italia y Alemania, la Guerra Civil devastaba España, y el eco del crac del 29 todavía resonaba en los Estados Unidos. La ciencia, sin embargo, parecía marchar al compás de un progreso sin freno. En los cielos, grandes titanes de aluminio y seda se deslizaban majestuosos sobre continentes y océanos. El más célebre de todos era el LZ 129 Hindenburg, orgullo del Tercer Reich y emblema flotante de una era que aún creía en la elegancia del aire.

Este zepelín no era sólo una máquina voladora. Era un símbolo: de lujo, de poder, de modernidad. Medía más de 245 metros de longitud —más que tres Boeing 747 en fila— y estaba impulsado por cuatro motores diésel Maybach que lo transportaban a velocidades cercanas a los 130 km/h. Su capacidad para cruzar el Atlántico en apenas tres días lo hacía la alternativa más rápida —y glamurosa— a los trasatlánticos de vapor. En sus entrañas no había filas de asientos estrechos, sino camarotes privados, salones con pianolas, comedores con vajilla de porcelana, y hasta un salón para fumadores, herméticamente sellado, en medio de una nave llena de hidrógeno.

La ingeniería del Hindenburg combinaba estructura rígida de aluminio, recubierta por una piel de algodón y celuloide, y compartimentos de gas divididos por celdas internas. Aunque el plan inicial era usar helio, las tensiones entre Alemania y Estados Unidos impidieron su venta, por lo que se utilizó hidrógeno, altamente inflamable, pero mucho más ligero y barato.

Operado por la Deutsche Zeppelin-Reederei, el Hindenburg era una maravilla tecnológica y un vehículo propagandístico. Con él, el régimen nazi sobrevoló ciudades y eventos, como los Juegos Olímpicos de Berlín, esparciendo panfletos e imágenes de un poder aéreo sereno, elegante y casi futurista. Sin embargo, su ruta más famosa era la transatlántica: Frankfurt a Lakehurst, Nueva Jersey. Un viaje reservado para las élites, pero que comenzaba a hacerse habitual.

Fue precisamente esa ruta la que marcaría su destino final.

El vuelo de mayo

El 3 de mayo de 1937, el Hindenburg despegó de Frankfurt con 97 personas a bordo —36 pasajeros y 61 miembros de tripulación— rumbo a su primer vuelo trasatlántico de la temporada. Había expectativas y entusiasmo: se esperaban más de diez viajes hacia América ese año, y este era sólo el comienzo. A bordo viajaban empresarios, periodistas, turistas acomodados y varios miembros de la tripulación aún en formación.

El cruce del océano fue, en términos generales, tranquilo. Aunque los fuertes vientos de primavera retrasaron ligeramente su llegada, el zepelín se mantenía firme. Desde sus ventanales los pasajeros observaban el Atlántico y el avance majestuoso sobre el continente americano. Muchos escribieron cartas durante el trayecto, y algunas llegaron a enviarse desde el propio dirigible en paradas intermedias.

Fue el 6 de mayo cuando la nave se aproximó a su destino final: la base aérea de Lakehurst, en Nueva Jersey. Eran las siete de la tarde. El cielo estaba cubierto, pero no tormentoso. Se trataba de una maniobra rutinaria: los dirigibles descendían mientras lanzaban cuerdas de amarre, ayudados por tripulantes en tierra. Pero ese día, la historia no seguiría el guion esperado.

Un instante para la eternidad

Mientras la tripulación preparaba el descenso, algo cambió en el aire. Se registraron pequeñas variaciones en la dirección del viento, lo que obligó a reajustar la maniobra. Algunos testigos afirmaron haber visto un resplandor en la parte trasera de la nave, otros escucharon un crujido seco, como una chispa de electricidad. Y entonces, sin previo aviso, estalló el infierno. Una llamarada surgió de la parte superior de la cola y, en cuestión de segundos, el fuego se extendió como una cascada furiosa a lo largo del fuselaje. El hidrógeno, al contacto con el oxígeno y posiblemente con una chispa electrostática, convirtió al majestuoso coloso en una antorcha de 245 metros de largo. El descenso lento previsto se transformó en una caída precipitada, envuelta en fuego, gritos y confusión.

En apenas 34 segundos, el zepelín se consumió casi por completo. Algunos pasajeros saltaron desde las ventanas, arriesgando piernas rotas por evitar una muerte ardiente. Otros fueron rescatados por la tripulación o arrojados por la explosión lejos de las llamas. Murieron 36 personas, incluyendo un trabajador de tierra. La mayoría de los sobrevivientes quedaron con quemaduras o traumas graves, aunque milagrosamente más de la mitad se salvó.

En tierra, el periodista Herbert Morrison transmitía en vivo para la radio WLS de Chicago. Su narración desgarradora —“Oh, the humanity!”— se convertiría en una de las frases más recordadas del siglo XX. La tragedia fue recogida en imágenes fotográficas y cinematográficas que recorrieron el mundo con una inmediatez sin precedentes. Era la primera catástrofe aérea globalmente televisada.

Teorías, causas y consecuencias

¿Qué causó realmente el desastre del Hindenburg? Hasta el día de hoy, la respuesta sigue siendo objeto de debate. La teoría más aceptada apunta a una chispa electrostática, generada por una tormenta eléctrica lejana o por fricción durante la maniobra de amarre. La chispa habría prendido una fuga de hidrógeno en la parte trasera, posiblemente causada por daños en una válvula o por fatiga del material.

Otra hipótesis sugiere que el recubrimiento del zepelín, hecho con materiales similares a los de los fuegos artificiales (aluminio pulverizado y óxido de hierro), podría haber contribuido a la rápida propagación del incendio. También hubo teorías más conspirativas —sabotaje, ataque extranjero, fallos de diseño deliberadamente ocultos— pero ninguna logró sostenerse con pruebas concluyentes.

Lo cierto es que el accidente marcó el fin de la era de los dirigibles. Aunque se intentó mantener en vuelo al Graf Zeppelin II, el prestigio de los zepelines se había desplomado. La imagen del coloso ardiente sobre Nueva Jersey quedó grabada a fuego en la memoria colectiva. La opinión pública ya no podía confiar en esas naves, por muy lujosas o modernas que parecieran.

Al mismo tiempo, la aviación con alas fijas —los aviones— empezaba a consolidarse como el transporte del futuro. Más rápidos, más pequeños y, en muchos casos, más seguros. Lo que fue el símbolo del futuro se convirtió, casi de inmediato, en una reliquia del pasado.

El legado del desastre

El accidente del Hindenburg no fue solo una tragedia aérea; fue un acontecimiento que redefinió los límites de la modernidad, la seguridad y la confianza tecnológica. Representó, en cierto modo, el final de una visión romántica del aire: los vuelos lentos, elevados, silenciosos, que surcaban los cielos como naves de un mundo mejor. También supuso un duro golpe para la propaganda nazi. El Hindenburg era no solo un medio de transporte, sino un emblema nacional. Su destrucción, retransmitida por todos los medios internacionales, empañó la imagen de eficiencia y dominio que el Tercer Reich buscaba proyectar. Pocos meses después, los recursos se volcaron en la aviación militar, y el sueño de los dirigibles quedó relegado a los libros de historia.

Hoy, el nombre Hindenburg resuena más por su tragedia que por sus logros. Su historia es enseñada en escuelas de ingeniería y comunicación, analizada en documentales y reconstruida en museos. Su huella perdura no por haber llevado a cientos de pasajeros a través del Atlántico, sino por haber enseñado, con crudeza, los límites del progreso cuando se ignora el riesgo.

A veces, la historia no se escribe con tinta, sino con fuego.




Día de mercado, día de júbilo

Paseo por Boñar -cabeza de comarca del valle del mismo nombre- el día de mercado. Día de júbilo y bullicio, donde el olor de encurtidos se mezcla con el de quesos y con el de perfumes falsos de marcas de renombre. La mezcla es auténtica, como la del mercado semanal en un pueblo de pasada tradición de tratantes de ganado.
Paseo sin rumbo, entre las ofertas únicas, las señoras regateando y los turistas extranjeros que se mueven como si aquello fuera otro planeta. Por estos lares se me pasa el tiempo rápidamente, ese bien tan preciado.

3 de agosto de 2025

Cuando los que nos administran pierden el rumbo

De viaje por Castilla he leído una noticia que afirmaba que los gestores del gobierno de Castilla y León van a pagar a un famoso 605.000 euros para que publicite esta región en la carrera de coches y motos del Dakar. Ciertamente no se puede pedir mejor forma de gestionar el dinero público. En el mismo viaje he visto pueblos casi congelados en los años 70 (del pasado siglo), o pueblos muertos demográficamente hablando, o carreteras de dudosa calidad, o industrias desmanteladas hace décadas, y un largo etcétera de "deconstrucciones" (que dirían los postmodernos) de Castilla. Lo más seguro es que todas estas calamidades se deban a que no se ha publicitado bien esta región en tan famosa prueba deportiva. Tranquilos, nuestros políticos saben lo que hacen.

Una fanega colgada de la pared

Hubo un tiempo en el que las diferentes regiones españolas utilizaban sus propios sistemas de medida de longitud, volumen y peso. Hoy, al viajar y parar a comer en un restaurante de carretera de nuestra maltrecha Castilla, una fanega colgada de la pared me ha recordado el final del antiguo régimen y el comienzo de la modernidad en España. En el mismo viaje por la España postmoderna y postindustrial, he pasado por pueblos con poca gente, casas en ruinas y carreteras de paso, donde ya nadie se queda. Tal vez esa fanega es un objeto que representa tiempos pasados, tiempos más florecientes para Castilla, quién sabe. El caso es que en 1880 España asumió el Sistema Métrico Decimal, y la modernidad desbordó y trastocó todo. Gracias a este sistema podemos comerciar sin grandes problemas con gran parte del mundo, y no tenemos que explicar qué una fanega son 55,5 litros o 6459,6 metros cuadrados. Cosas de la historia.

2 de agosto de 2025

Vuelvo a la Guerra de Vietnam con un libro

El verano da para mucho, y una de sus ventajas es el poder leer. Ahora estoy con un libro magnífico, duro y crudo por lo que describe, pero realmente bueno: The Things They Carried (Las cosas que llevaban) de Tim O’Brien. Es una colección de relatos cortos entrelazados sobre soldados estadounidenses en la Guerra de Vietnam. O’Brien, que fue veterano, mezcla ficción y memoria para narrar:

  • Objetos físicos que los soldados llevaban (armas, cartas, fotos, amuletos, comida, etc.). Lo importante de estos objetos como realidades materiales de su vida pasada, de su hogar, de sus recuerdos. Tal vez mucho más importantes que su equipo de combate.

  • Cargas emocionales como el miedo, la culpa, la nostalgia o la esperanza. En sus propias carnes, vive en una de las historias su intento de huida a Canadá para evitar la guerra.

  • Anécdotas y escenas tanto en combate como en los momentos de descanso, en la jungla o en el regreso a casa. Sin caer en sensiblerías, crudo y real, como la guerra misma.

El libro no es puramente un informe histórico; es profundamente humano, con un tono que combina realismo, poesía y crudeza. Si quieres leer un retrato vívido de la experiencia de los soldados y su mundo cotidiano, es probablemente la obra más recomendada para adentrarse en lo que vivieron los jóvenes soldados useños a tantos quilómetros de sus hogares.

Las guerras son un asco, la de Vietnam mucho más

He terminado la lectura de "Breve historia de la guerra de Vietnam" de Raquel Barrios Ramos, un libro que supone una primera aproximación al conflicto que marcó al país dominante en aquella época: los EE.UU. El libro no destaca por su orden cronológico, ni por el cuidado a la hora de ir organizando de forma ordenada la historia, es un libro confuso -va y viene- y por tanto desordenado, pero tiene algo muy interesante: muy buen contexto de lo que pasó antes de la llegada de los USA al conflicto, es decir, el colonialismo francés. El resto ya es historia, 2 millones de vietnamitas asesinados en bombardeos indiscriminados, contaminación química y destrucción de la selva, numerosos huérfanos, 58.000 jóvenes useños muertos, los que regresaron a su país discriminados y traumatizados, etc. etc. Las guerras son un asco.

En estos días el globalismo atlantista y los negocios armamentísticos están apretando para que los países gasten más dinero para la guerras. Mi pregunta es simple ¿Cuántas madres españolas están dispuestas a sacrificar a sus hijos para garantizar la integridad territorial de Estonia? Pues eso, las guerras son un asco......






1 de agosto de 2025

Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuscinski

 (de su viaje a la India)

Aprendí que una cultura distinta no nos desvelaría sus secretos tan sólo porque así se lo ordenásemos y que antes de encontrarnos con ella era necesario pasar por una larga y sólida preparación



11 de julio de 2025

The Last of Us: Una Adaptación que Falló el Tiro, de pleno

Desde su anuncio, la adaptación de HBO del aclamado videojuego The Last of Us generó una expectación desmesurada. Como suele pasar, cuando un globo se hincha mucho, suele terminar mal, en este caso muy mal. Tras dos temporadas que se han hecho eternas, el entusiasmo inicial se ha desvanecido, revelando una serie que, lejos de capturar la profundidad y el impacto del videojuego, se ha desinflado en una experiencia televisiva que oscila entre lo meramente pasable y el auténtico fiasco. Si bien la primera temporada logró algunos aciertos, la segunda se ha hundido en una aburrida espiral de acción floja y casi ausencia total de terror, que han terminado por matar la serie y la conexión con sus personajes, dejando al espectador con una sensación de profunda decepción.


La primera temporada: un inicio irregular con varios capítulos de relleno

La primera temporada de The Last of Us fue recibida con cierto bombo, y es cierto que intentó ser respetuosa con el material original. Presentó su puesta en escena muy cinematográfica. Incluso, se alabó el trabajo de Pedro Pascal como Joel, en las redes sociales y demás webs de expertos se alabó mucho su interpretación. Todo ello exagerado e inflado, un actor limitado que interpreta a un personaje complejo al que no se le sabe sacar el suficiente partido. Ya empezamos a inflar las críticas en las redes sociales, y luego pasa lo que pasa, que la realidad es la que es.

No obstante, esta temporada no estuvo exenta de problemas que sentaron las bases para las deficiencias futuras. A pesar de los elogios generales, la serie no consigue alejarse de una comparativa simple y limitada con el videojuego. Hubo episodios que se sintieron como puro relleno, con historias irrelevantes y muy aburridas, con el mensaje woke tan de moda hoy en día. Ya en esta temporada el espectador que lleva muchas jornadas de cine y series a sus espaldas comienza a tener esa sensación de "esta protagonista es un fiasco ¿Cuándo se la comerá un infectado?". Porque esa es la sensación que despierta la protagonista: absolutamente insufrible. Esta primera temporada dejó al espectador sin ninguna gana de más, pero parece que el guionista es el único animal que tropieza dos y hasta tres veces en la misma piedra, y atacaron con una segunda temporada.


La segunda temporada: un auténtico fiasco y el declive definitivo

Si la primera temporada presentaba grietas de gran tamaño, la segunda ha sido un auténtico colapso creativo. Los siete episodios de esta entrega, que han costado mucho dinero, no lograron justificar su elevado presupuesto con una calidad narrativa o interpretativa que estuviera a la altura. La temporada ha sido un auténtico fiasco, desorganizado, sin trama, con episodios muy flojos. Solamente se salva el ataque de los infectados al poblado, el resto es prescindible, muy prescindible.

La serie ha sacrificado el terror y la tensión característicos del videojuego en favor de una acción aburrida y muy predecible. Los momentos importantes de infectados se limitan a un par de ataques y nada más, dejando el resto de la serie con una notable falta de tensión. La banda sonora también ha sido una decepción y carente de inspiración.

El gran problema radica en que, tras el impactante y brutal asesinato de Joel, la temporada no logra mantener el nivel. Los episodios posteriores son aburridos, se hacen largo y predecibles, incapaces de alcanzar un mínimo de altura dramática y lo más importante, un mínimo de terror.

Ellie: la protagonista que nadie quiere seguir

El mayor lastre y, sin lugar a dudas, el principal punto de fracaso de la serie es la representación de Ellie a través de la actuación de Bella Ramsey. Aunque la serie se esforzó por ser fiel en localizaciones y secuencias, la elección de casting y la dirección actoral de la protagonista han sido un despropósito. Hay momentos en los que el espectador, frustrado, desearía que "se la coma un infectado", un sentimiento que, aunque drástico, encapsula la desconexión generada por el personaje. Cero empatía del espectador con ella, lo peor que puede pasar en una obra de cine.

Bella Ramsey no es capaz de interpretar al personaje, es una adolescente caprichosa y mal criada, más bien sacada de un barrio pijo, que de una apocalipsis zombi, donde se supone que la realidad ha curtido a las personas. Sobreactuación, falta de expresión, etc. La misma cara si está besando que si está matando a golpes a una persona. En definitiva, un desastre. Parece mentira que sea una serie de HBO, sí, la misma de True Detective.

Conclusión: un legado empañado

En resumen, The Last of Us de HBO, especialmente en su segunda temporada, es una serie con serios problemas de calidad. Si bien cuenta con elementos visuales impresionantes, una que otra escena de acción bien ejecutada y algunas actuaciones secundarias destacables, estas no logran compensar las deficiencias narrativas, el ritmo irregular y, sobre todo, la fallida y en ocasiones desagradable representación de su personaje central, Ellie. Es un desastre progre, especialmente la segunda parte, destruyendo una gran idea. Es una pena que una historia con tanto impacto emocional y complejidad moral en su formato original, haya encontrado en su versión televisiva una ejecución tan floja y, en ocasiones, irritante. Busquen otra serie si no han empezado a verla.



4 de julio de 2025

El día que los gorriones callaron: una lección olvidada del Gran Salto Adelante

China, 1958. Una nación destruida por la guerra civil y sacudida por el sueño utópico del comunismo se preparaba para reinventarse desde sus raíces. Mao Zedong, líder indiscutido del Partido Comunista, no se conformaba con haber unificado el país; quería demostrar que la revolución no solo era política o militar, sino también económica, agrícola y cultural. El país entero se embarcó en una transformación titánica: el Gran Salto Adelante, un plan para catapultar a China hacia la modernidad. Acerías comunales, cultivos colectivos, represas, canales y una férrea voluntad de superar a Occidente con las propias manos del pueblo. Pero dentro de ese impulso desbordante, una idea aparentemente menor —exterminar a los gorriones para proteger las cosechas— acabó convirtiéndose en uno de los errores más devastadores del siglo XX para China.

La guerra contra las “cuatro plagas”

En el corazón de esta historia se encuentra una campaña lanzada con entusiasmo revolucionario: la erradicación de las “cuatro plagas” —ratas, moscas, mosquitos y gorriones— que, según los "técnicos" del régimen, afectaban gravemente a la salud del pueblo y, en particular, la producción de grano. Los gorriones, en concreto, "fueron acusados" de comerse una cantidad alarmante de cereal, y la solución que se impuso desde el gobierno fue tan sencilla como brutal: eliminarlos por completo. Un claro ejemplo de una visión reduccionista de la naturaleza.

La población fue movilizada en masa. En las ciudades, en los pueblos, en las aldeas remotas, millones de personas salieron a las calles y los campos armadas con tambores, palos, panderetas, cacerolas y cualquier objeto ruidoso. La técnica era despiadada: asustar sin tregua a las aves hasta que, exhaustas, cayeran muertas. Se destruyeron nidos, se aplastaron huevos, se mataron polluelos. Las cifras son difíciles de confirmar, pero algunas fuentes estiman que se aniquilaron más de mil millones de gorriones en todo el país. No hubo rincón seguro para estas pequeñas aves que, durante milenios, habían compartido los campos chinos con campesinos, cultivos y estaciones.



Una primavera sin cantos

Durante un tiempo, pareció que la estrategia funcionaba. Se alzaban informes optimistas, se celebraban mítines donde se exhibían montañas de gorriones muertos como trofeos de guerra. Se repetía con fervor: “Cada gorrión muerto significa más arroz para el pueblo”. Las estadísticas del Partido parecían confirmar que las pérdidas de grano disminuían, y el experimento era presentado como una victoria de la voluntad humana sobre las fuerzas naturales. De nuevo una visión reduccionista, que traería consecuencias devastadoras.

Pero la realidad es terca, y pronto se impuso con violencia. Al eliminar a los gorriones —que no solo se alimentan de granos, sino también de insectos—, se desató una verdadera plaga de langostas, orugas y saltamontes. Sin sus principales depredadores naturales, las poblaciones de insectos se dispararon, arrasando los cultivos con más eficacia que cualquier ave. El remedio, en lugar de salvar las cosechas, había sembrado la semilla de una catástrofe.



El precio de la ignorancia ecológica

Entre 1959 y 1961, China sufrió la peor hambruna del siglo XX. Las cifras estremecen: entre 20 y 45 millones de personas murieron como consecuencia directa de la escasez de alimentos. Comunas enteras quedaron devastadas. Las tierras de cultivo, ya maltratadas por prácticas agrícolas erradas e improvisadas en nombre de la eficiencia comunista, no lograban producir lo suficiente. En muchas regiones, los habitantes recurrieron a la corteza de los árboles, al barro cocido o incluso al canibalismo.

La desaparición del gorrión fue solo uno de los muchos factores, pero simboliza con claridad el pensamiento simplista y autoritario que guio aquellas políticas. El ecosistema, complejo y lleno de interacciones complejas, fue tratado como una máquina que se podía ajustar con una palanca. Bastaba con eliminar a un “enemigo del pueblo” alado para que la producción aumentara. Pero los ecosistemas no entienden de eslóganes, y el resultado fue un colapso que el propio Mao reconocería demasiado tarde.



Cuando la ciencia habla y el poder escucha (a medias)

En 1960, el ornitólogo chino Tso-Hsin Cheng presentó al gobierno una serie de datos reveladores: los gorriones, lejos de ser una amenaza absoluta, eran esenciales para el equilibrio del ecosistema agrícola. Eliminarlos solo había favorecido la proliferación de plagas aún más dañinas. Mao, al parecer convencido por estos argumentos, decidió frenar la campaña contra los gorriones. Los sustituyó por chinches en la lista de “plagas” a exterminar. Incluso se importaron aves desde la Unión Soviética para repoblar algunas regiones. Pero el daño ya estaba hecho. La catástrofe ecológica había desatado una crisis humana. Y, más allá de las consecuencias agrícolas, esta historia dejó al descubierto algo aún más preocupante: cómo una visión reduccionista del mundo natural, combinada con un poder político absoluto, puede derivar en desastres de proporciones inmensas.

Conclusión: la fragilidad de la arrogancia humana

La campaña contra los gorriones no fue solo un error de cálculo. Fue el reflejo de una actitud que sigue vigente en muchos rincones del mundo: la creencia de que la naturaleza puede ser sometida sin consecuencias, de que los sistemas vivos pueden rediseñarse desde un despacho, de que basta con una orden para cambiar la realidad. Pero la historia tiene sus propios mecanismos de justicia. El silencio de los gorriones fue seguido por el zumbido de las langostas, y el hambre de los campos no tardó en llegar a las puertas de las ciudades. Lo que comenzó como una campaña ecológica se transformó en una tragedia nacional. Y aún hoy, en tiempos de crisis climática y pérdida de biodiversidad, la historia del gorrión chino debería servirnos como advertencia.

Cuando se actúa contra la naturaleza sin comprenderla, no solo se pierden especies. Se pierde el equilibrio, se pierde el sustento… y, finalmente, se pierde la vida.

Bibliografía académica

Shapiro, Judith (2001) Mao's War Against Nature: Politics and the Environment in Revolutionary China. Cambridge University Press.

Dikötter, Frank (2010) Mao's Great Famine: The History of China's Most Devastating Catastrophe, 1958–1962. Walker & Company.

Smil, Vaclav (1999) China’s Environmental Crisis: An Inquiry into the Limits of National Development. M. E. Sharpe.


1 de julio de 2025

Creían que eran libres de Milton Mayer

Los Hitler, Stalin, Mussolini son arribistas salidos del pueblo llano, y el semi-alfabetizado Hitler es el más corriente del grupo